ANEXO: VIRTUDES PEDAGÓGICAS DEL CAMINO DE SANTIAGO (1998)

 …el precioso regalo de la habilidad de aprender de las experiencias….. (Dewey, J.)[1]

Hace años que se habla de educación a lo largo de la vida. Se dice que la educación se ha desbordado en el espacio para significar que ya no se produce sólo en la escuela sino en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Por ejemplo, en los hospitales, en las empresas, en el tiempo libre, en Internet, en la televisión, en los barrios, etc. Este desbordamiento educativo se ha producido, también, en el tiempo. La educación y lo educativo ya no son el patrimonio exclusivo de la infancia y de la juventud, sino que las personas nos formamos y educamos a lo largo de todas las etapas de nuestra vida. Nunca dejamos de aprender. El aprendizaje está indisolublemente ligado al conocimiento y a la vida.

No es que piense en el Camino de Santiago como contenido o actividad escolar aunque es evidente que podría ser ambas cosas. Lo que quiero mostrar es que el camino puede ser un espacio de aprendizaje personal y social, un itinerario formativo, vital y experiencial, que nos puede llevar no sólo a recorrer las tierras y las idiosincrasias de nuestro país, sino, sobre todo, a descubrir o redescubrir nuestra propia geografía interna. En el primer recorrido podemos aprender, disfrutar o sufrir la inmensa riqueza natural y cultural de los pueblos, los paisajes y las gentes que vamos a conocer a lo largo de nuestro recorrido. En el segundo, serán nuestros propios límites y posibilidades -en forma de miedos, ansiedades, debilidades, deseos, cualidades y/o defectos- los que nos obliguen a encontrarnos y enfrentarnos con nosotros mismos y con la realidad de nuestra vida.

De este segundo recorrido, conscientemente realizado, podemos aprender mucho sobre quiénes somos, cómo somos y de qué manera llevamos nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Esto constituye, desde mi punto de vista, el núcleo de cualquier tipo de educación. En otros términos, pienso que el Camino de Santiago puede ser una magnífica escuela de aprendizaje y formación personal y social. En él se aúnan muchos de los valores que se defendemos cuando hablamos de educación y de pedagogía en nuestras clases y, también, muchos de los procesos educativos que pretendemos que descubran o recorran los futuros pedagogos y educadores sociales o los futuros destinatarios de sus acciones e intervenciones.

En este texto  se habla, en primer lugar, de qué es y en qué consiste el Camino de Santiago. En segundo lugar, se presentan algunos de los elementos que podrían constituir la -por así llamarla- filosofía del Camino y se muestran, también, los valores que, desde mi punto de vista, lo dotan de un tan alto poder formativo y lo convierten en escuela de humanismo, ciudadanía y solidaridad. Creo que -sea como simple experiencia o como proyecto- el Camino aporta a quien lo realiza una riqueza vivencial y experiencial extraordinaria; riqueza que fundamenta y justifica el referirnos a una “Pedagogía del camino” o al camino como una experiencia pedagógica o educativa.

  1. LOS CAMINOS DEL CAMINO

Quiero empezar señalando que el contenido de este texto obedece a una forma particular y propia de enfocar el Camino de Santiago. Es evidente que las reflexiones que siguen y los aprendizajes o las experiencias que se pueden tener en el Camino no tienen porqué ser los mismos o reducirse a los que yo voy a plantear. Ese es, precisamente, uno de los principales atractivos del camino: todo está abierto, no hay nada prefijado, más allá de las decisiones que, de salida, se puedan tomar. Decisiones referidas, por ejemplo, a con qué o con quién vamos a hacer el camino o a cuántos kilómetros nos planteamos recorrer en cada etapa. Incluso esas decisiones previas resultan ser muy pronto insuficientes o inadecuadas. Como alguien dijo hace años refiriéndose a los planes que hacemos, no existe ningún plan que resista el primer encuentro con el enemigo.  Todo adquiere otra perspectiva cuando se está en el camino y hay que aprender a reenfocar la mirada. El día a día del camino obliga a tomar decisiones “situadas” de forma constante. El peregrino se apercibe enseguida de que el día siguiente sólo puede pensarse o planificarse a partir del día de hoy.

El Camino de Santiago, es una ruta de origen medieval en forma de árbol, que tiene su raíz en Santiago de Compostela; el tronco atraviesa toda Galicia, León, Burgos y La Rioja hasta Navarra, donde se bifurca en dos ramas que llevan respectivamente a Roncesvalles -el llamado camino francés- y a Somport –el llamado camino aragonés-. A partir de aquí se extiende, con frondosidad de ramaje, por toda Europa. En España existen otras dos rutas muy conocidas, el camino vasco, que bordea la costa cantábrica y la denominada ruta de la plata que atraviesa toda España en línea recta desde Sevilla hasta Santiago de Compostela.

Aunque la modernidad ha aportado la bicicleta, tradicionalmente y por su carácter religioso, el peregrino ha hecho el Camino a pie. No sé si esto continuará siendo así ahora, 15 años después de mi camino pero, cuando yo lo hice, el ciclista era un ciudadano de segunda en el Camino: solamente podía acceder a litera o cama en los albergues si no había peregrinos de a pie que la necesiten. De hecho había albergues en los que solamente se liberaban las literas para los ciclistas a partir de las 22 horas.

A pesar de la tradición e importancia religiosa del camino, la lectura que voy a hacer del mismo es laica. Prescindo, por tanto, de los planteamientos y valores religiosos, dado que no forman parte del análisis, estrictamente en términos experienciales, educativos y, en definitiva, humanísticos que me interesa realizar.

1.1. La planificación del Camino

 -Cada cuál tiene su propio camino– es una frase que se escucha, a menudo, a lo largo de todo el recorrido. Esto es así en varios sentidos. Lo es, en primer lugar, en cuanto a la distancia a recorrer. El Camino aragonés tiene unos 900 kilómetros y el francés unos 800 desde su inicio hasta Santiago de Compostela. La variabilidad de recorridos puede ser extraordinariamente amplia. En mi Camino me encontré desde una persona que venía andando desde Suiza, lo que significa un viaje de unos 2.500 Kms., hasta personas o familias que hacían etapas de 100 o 200 Km. cada verano y que prolongaban su camino a lo largo de varios años.

El Camino comienza donde uno necesita, quiere o desea empezarlo. Soy yo mismo quién decido la distancia que deseo, puedo o me veo capaz de recorrer: puedo hacer el camino más largo, puedo hacer solamente los 100 últimos kms. o puedo hacer etapas concretas en años sucesivos; las posibilidades son infinitas.

Cada Camino es diferente, también, en función de las condiciones en que lo realizo. Me refiero, por ejemplo, al hecho de ir sólo o ir acompañado. Es evidente que los problemas y las experiencias, que inevitablemente se van ir presentando, y la forma de resolverlos o vivenciarlas son muy diferentes en uno y otro caso.

Otro de los elementos que otorgan singularidad al Camino que hace cada persona es el planteamiento inicial. Me refiero a los motivos, más o menos conscientes y específicos, que impulsan a cada persona a emprender el camino. En general, me parece que se puede decir que existen dos grandes planteamientos que pueden diversificarse en una multiplicidad de objetivos particulares. Estos son:

a) El Camino como experiencia. Lo que el peregrino busca o pretende, en este caso, es tener una experiencia diferente o que contraste con su vida cotidiana. La tipología de experiencias buscadas puede ser muy variada: lúdica, deportiva, educativa, religiosa, esotérica, mística, mágica, etc. Todos estos tipos de experiencias y vivencias pueden encontrarse o realizarse en el Camino de Santiago. Las llanuras desnudas, los túneles boscosos, las ascensiones agrestes, los bosques misteriosos o encantados y los senderos embarrados, -en primer lugar-; las lluvias pertinaces, los soles abrasadores, los vientos huracanados y las variables y variadas temperaturas -en segundo-; la amabilidad, la hostilidad, la indiferencia o la ayuda de las personas y los personajes -eso sí, sin olvidar a los perros, que constituyen la auténtica “tortura” del caminante- en tercer lugar, proporcionan los ingredientes necesarios para definir el Camino como una auténtica experiencia de experiencias.

Cuando yo lo hice el Camino estaba lleno de personajes muy curiosos y no me cabe la menor duda que ahora debe ser igual. A pesar de todo, parece probable que, en esta ahora pletórica sociedad de consumo, sea difícil distinguir a los personajes “auténticos” de lo que sean propiamente propuestas comerciales, por más que puedan presentarse como “típicas del camino”. La mayoría de peregrinos, informados por la abundante literatura sobre el Camino o por otros peregrinos, caminan esperando encontrar en determinados puntos a dichos personajes. Como se ha podido ver en el diario, estos son algunos de los personajes que poblaron mi camino: Pablito, de Ázqueta, que “regala bordones a los peregrinos”; Felisa, que a la entrada de Logroño,  proporciona “higos, agua fresca y un asiento a los peregrinos”; la familia Jato de Villafranca del Bierzo, que con su estrambótico y maravilloso albergue se pone al completo servicio de cualquier peregrino que llega; Tomás “el último templario” que con su amabilidad y sus extraños ritos hace las delicias de los caminantes; y el párroco de San Juan de Ortega, que comparte sus “sopas de ajo” con aquellos que de verdad buscan compartir. Todos estos personajes y muchos otros, entregados en cuerpo y alma al Camino, lo llenan de color, de vida y de alegría.

b) El Camino como proyecto. También en este caso la especificidad del proyecto puede ser de orden muy variado: religioso, de encuentro con uno mismo, de autoconocimiento, de prueba personal o grupal, de búsqueda de experiencias y emociones, de voto, de ruptura de la rutina y enfrentamiento a situaciones nuevas, de establecimiento de relaciones; las posibilidades son muy variadas. Cuando hacía mi propio camino me dediqué a preguntar a los peregrinos el “porqué” hacían el Camino. Llegué a dos conclusiones genéricas, aunque -evidentemente- no generalizables:

1) Una buena parte de los peregrinos realizan el camino a partir de una situación vital de insatisfacción básica, sea ésta del tipo que sea.

2)  También, buena parte de los peregrinos no saben definir muy bien el por qué hacen el camino. Afirman buscar algo, alguna cosa, aunque no sean capaces, en general,  de concretar exactamente cual.

Es evidente que, en función de si el planteamiento inicial obedece a un deseo de experimentación o a la realización de un proyecto personal o grupal, las decisiones previas respecto al Camino y las que iremos tomando a lo largo del mismo, serán también diferentes. Me refiero a las respuestas que el futuro peregrino se da a sí mismo ante una pregunta, por ejemplo, del siguiente tipo: ¿Qué haré cuando esté tan cansado que no pueda dar un paso más? Hay que tener en cuenta que la “tentación” (hacer auto-stop; tomar autobuses o taxis entre ciudades o pueblos, etc.) está muchas veces muy cercana y el “caer en ella” o no dependerá del planteamiento y las decisiones comentadas.

Como puede observarse, el propio inicio o planteamiento del camino supone una evaluación previa de mis límites y mis posibilidades. Requiere, por otra parte, una cuidada planificación de las etapas que voy a realizar (¿Serán de 15 o de 30 km.? ¿Las aguantaré?); de los materiales y recursos que puedo necesitar; de cómo voy a organizar la economía; de cómo voy a resolver los imprevistos que se me presenten; y del tiempo que voy a emplear en el Camino, entre muchas otras cosas.

Todas estas y otras decisiones previas son las que el pedagogo o el educador social tienen que pensar cuando han de diseñar e implementar un proyecto en un grupo o en una comunidad. En el Camino los educadores y, en general, los profesionales de la educación pueden experimentarlas en propia carne, con lo que sin duda van a obtener unas experiencias muy útiles para transferir a sus futuras intervenciones profesionales. Eso siempre que sean capaces -tal y como sostenía Malraux- de transformar la mayor gama de experiencias posible en campo de pensamiento consciente sobre uno mismo y sobre su entorno. De esta forma podrá sacar el máximo provecho de sus vivencias. Ésta es una de las razones por las que pienso y propongo el Camino de Santiago como escuela de humanismo, ciudadanía y solidaridad.

1.2. En el Camino

A lo largo del camino se escucha muchas veces que el camino es como la propia vida y que haces el camino como vives. Siempre he pensado que dos de las estrategias básicas para aprender a vivir son la autoobservación y la observación de los demás. Ambas constituyen, desde mi punto de vista, importantes instrumentos para la autorregulación de las actitudes y las conductas personales. En el Camino, estas estrategias nos permiten conocer cómo nos enfrentamos a las dificultades, cómo resolvemos los problemas que -de forma esperada o inesperada- se nos presentan y cómo responden o reaccionan los demás ante nuestras acciones.

El Camino proporciona un tiempo para la observación y la reflexión que difícilmente podemos obtener en nuestra atareada vida cotidiana. Es por eso que a menudo se ha equiparado el Camino con un viaje interior. No hay que olvidar que el peregrino, aunque viaje acompañado, dispone de muchas horas de camino. Horas que le permiten charlar y compartir con sus acompañantes o con otros peregrinos, pero también ensimismarse para pensar y reflexionar sobre su historia y su propia vida. Por otra parte, los diferentes paisajes y la propia dinámica del caminar son actividades que propician la contemplación externa e interna. En este sentido, entendemos el Camino como un laboratorio de experimentación personal y relacional.

Coincido con Postman[2] en que no hay expertos en vivir la vida; sólo es posible aprender a vivir nuestra vida, viviéndola, sin renunciar a cada uno de sus instantes. En el Camino -igual que en la vida- se nos ofrece muchas veces, por ejemplo, la posibilidad de elegir entre la satisfacción inmediata de una necesidad, que podemos sentir como muy urgente (agotamiento), y su retraso en orden a una satisfacción mayor (llegar caminando). La decisión siempre será nuestra y tendremos que justificarnos o explicarnos a nosotros mismos las razones o el porqué de nuestra decisión.

Construimos nuestra vida en función de las decisiones que, expresa o tácitamente, vamos tomando. Los lugares a los que llegamos siempre dependen de los pasos que hemos dado y de la forma en que hemos caminado. Nosotros construimos nuestro propio camino y aunque los demás pueden ayudarnos dándonos pistas (cómo caminar, con qué calzado, por qué sendas, etc.) son nuestros pies los que tendrán ampollas y nuestros músculos los que estarán cansados. En el Camino cada instante es el resultado de un proceso del que sólo nosotros mismos somos responsables y protagonistas. En este sentido, el Camino de Santiago es también el camino de la responsabilidad.

El Camino nos ayuda a hacernos conscientes de que el verdadero maestro siempre está en nuestro interior, en nosotros mismos. Poner atención en lo que nos está pasando, en cómo nos sentimos; ser conscientes de nuestra situación, de nuestros límites y posibilidades; y escuchar, lo que nos dicen el cuerpo y los sentimientos, para actuar en consecuencia, constituyen, desde mi punto de vista, algunos de los principales aprendizajes que proporciona el Camino. Aprendo de mi mismo y de los demás a partir de poner mi conciencia y mi capacidad reflexiva y emotiva en mis propias experiencias. Creo que solamente las propias experiencias pueden ser objeto de aprendizaje; las de los demás son pistas, pautas, avisos, guías, pero no objetos de aprendizaje susceptibles de una verdadera integración personal.

Dice Jacquard[3] que hoy no permite prever mañana y es cierto, pero no es menos cierto que si el hoy es consciente, atento, reflexivo y, sobre todo, respetuoso con uno mismo, es más fácil intuir o preparar mejor el mañana. En el Camino -y también en la vida cotidiana- el mañana dependerá de la forma en que te hayas tratado a ti mismo y a los demás en el hoy. Si te fuerzas a ti mismo más allá de tus límites por llegar al lugar que te has propuesto; o por ir junto a unas personas que están físicamente mejor preparadas que tú y que caminan más rápido; si no cuidas tu cuerpo y tus pies después de cada etapa; si no ayudas a otros peregrinos que lo necesitan; etc. Todo esto se volverá inevitablemente contra ti. Es posible, por ejemplo, que tu cuerpo se queje o se rebele y no te permita seguir caminando. Éste es, desde mi punto de vista, otro de los aprendizajes del Camino. Todo está conectado, el tiempo es continuo no discreto. Eso significa que mañana disfrutarás la moderación o la ecuanimidad del hoy o sufrirás por el exceso o la falta de respeto a ti mismo y a tu cuerpo o a los demás.

El Camino, como la vida, te sorprende constantemente. Cada etapa, como cada día, es una sorpresa; un paisaje curioso, una persona interesante, un nuevo dolor o molestia o una sombra bajo un castaño especialmente agradable. Nunca se sabe qué esconde cada curva del camino o cada accidente geográfico ni cómo vas a acabar o ni tan siquiera si vas a acabar la etapa.

El peregrino puede planificar previamente todas las etapas de Camino o -lo que es habitual- planificar, de manera aproximada, las dos o tres siguientes y la noche anterior preparar la del próximo día. Eso es lo que llamo un plan situado, es decir, resultado de una evaluación actualizada de las posibilidades y recursos para la acción de la persona o el grupo y del análisis, también actualizado, del contexto físico (geográfico) y sociocultural más inmediato.

Esto significa que, diariamente, el peregrino ha de evaluar sus posibilidades en relación a sus deseos y a sus oportunidades. El deseo está siempre presente. Cuando no hay un grupo de personas interesantes con las que se desea caminar -que, por cierto, pueden llevar un ritmo mucho más fuerte que el propio-, el albergue en el que nos gustaría dormir está diez kilómetros más allá de lo que nos vemos capaces de andar o, por el contrario, queda demasiado cerca. También en el Camino, cualquier decisión implica “perdida” y una decisión equivocada puede significar tener que reducir en demasía el ritmo o incluso abandonar el Camino, algo que resulta extraordinariamente duro para el peregrino que se ha propuesto llegar al final.

El peregrino aprende que es preferible respetar el propio ritmo al caminar y “perder”, si es necesario, a una persona interesante que se ha conocido y que va más rápida de lo que uno es capaz de ir. El Camino, como la vida, está lleno de personas interesantes.

El peregrino aprende también flexibilidad; a ser flexible. Si me empeño en hacer los 50 kilómetros que me había marcado para hoy es fácil que mañana sólo pueda hacer 10 o ni siquiera eso. La planificación flexible de cada día, en función de nuestro estado, nuestras posibilidades y los posibles imprevistos que se puedan plantear, es una de las claves del Camino o de cualquier proyecto de acción o intervención que podría diseñar o implementar un pedagogo o un educador social. La flexibilidad se hace posible, fundamentalmente, a partir y desde procesos de evaluación continua. Son los resultados puntuales y constantes de dicha evaluación continua los que posibilitan la introducción de correcciones o modificaciones en lo previamente planificado.

 2. LAS FILOSOFÍAS DEL CAMINO

Las filosofías del Camino las hacen los peregrinos. Cada uno tiene una historia interesante que contar y una forma particular de enfocar su camino y andar con un ritmo que le es propio. El camino y, sobre todo los albergues, son los puntos de encuentro donde se comparten las historias y se elabora lo que podríamos llamar la Filosofía del Camino; la forma de pensar y vivir el Camino de Santiago.

Hay que tener en cuenta que el peregrino difícilmente puede mantener un ritmo de camino constante ya que los imprevistos (tendinitis -el fantasma del camino-, ampollas, rozaduras o aconteceres climáticos) le llevan a hacer determinadas etapas largas y otras cortas o muy cortas. Esto significa que de forma continua y recurrente va encontrándose con nuevos peregrinos o con otros que pensaba haber dejado ya atrás. Es normal, por ejemplo, que unos peregrinos se vayan dejando a otros notas, sobre su ritmo de camino o sobre dónde estarán tal día, en los libros o tablones de anuncios que hay en cada albergue.

A lo largo de todo el recorrido, las anécdotas, las historias y las frases -referidas al propio camino, a sus pueblos y paisajes o a los peregrinos- corren de boca en boca. La filosofía del camino es dinámica, cada año es reconstruida por los peregrinos que lo hacen y por los personajes que lo pueblan que, como ya se ha señalado, constituyen el alma del Camino. A los pocos días de Camino me sorprendía a mi mismo diciéndome que repetiría el Camino. Luego encontré un número muy elevado de peregrinos que hacían su segundo o tercer viaje, incluso encontré a una persona que lo hacía por treceava vez.

2.1. La cultura del esfuerzo

Todos, en el Camino, somos peregrinos. Eso nos hace iguales. Todos nos cansamos, todos sudamos, a todos nos salen ampollas en los pies. El esfuerzo personal nos iguala y lo mismo da que uno sea torero, trapecista o profesor. Nos encontramos en aquello que nos es más propio: en una humanidad que nos desborda. Esto, que resulta tan simple, tiene una serie de consecuencias muy curiosas en la tipología de relaciones que se establecen en el Camino.

El peregrinaje elimina las barreras comunicativas con las que tan acostumbrados estamos a convivir en nuestra vida diaria. La convivencia y la comunicación resultan extraordinariamente fáciles. Incluso con la gente que no está haciendo el Camino. Al peregrino se le sabe transeúnte y se le supone “buena fe” eso le hace objeto -si es que se muestra receptivo a la charla-, en muchas ocasiones a lo largo del camino, de confesiones y explicaciones que, probablemente, no se les hacen ni a los vecinos ni a los amigos.

El Camino posibilita una gran riqueza relacional; la lengua, la procedencia, el estatus o los motivos no son importantes, tan solo que se está en el camino. El compartir la charla, la comida, el camino, los masajes o las cremas para los dolores musculares, constituyen actitudes y actividades comunes del Camino.

Las conductas de ayuda desinteresada y la solidaridad son continuas a lo largo de todo el recorrido y eso no sólo entre los peregrinos, sino también desde mucha de la gente que se encuentra en los caminos y, sobre todo, de los “hospitaleros” y “hospitaleras” voluntarios que están a cargo de los albergues. Si te ven mal o con dificultades, la mayoría de peregrinos que te adelantan en una etapa concreta, te ofrecerán su ayuda en formas muy diversas: desde la farmaciola que llevan, hasta un masaje en los músculos doloridos o llevarte la mochila. Y si te ven muy mal y por la noche no has llegado al albergue, habrá peregrinos que saldrán a buscarte. La solidaridad es una constante a lo largo del Camino y, como se ha podido comprobar en el relato de mi viaje, tuve la oportunidad de observar y vivenciar muchas de estas situaciones.

El Camino enseña también a prescindir de todo aquello que no resulta estrictamente necesario para caminar (vivir). –Cada uno lleva su propia carga– se dice en el Camino. Esta es una frase que puede tener muchas lecturas. El tener que llevar encima continuamente todo lo que necesitamos para caminar (vivir) nos obliga, necesariamente, a ser austeros y a aprender austeridad. Tomar conciencia de lo poco que necesitamos para vivir y de la forma en que nos complicamos la existencia en nuestra vida cotidiana -con necesidades, a menudo, absurdas- es, desde mi punto de vista, uno de los aprendizajes más útiles que nos proporciona el Camino. Cuando empezamos a caminar creemos llevar sólo lo que necesitamos. Pronto descubrimos que, en realidad, necesitamos mucho menos de lo que llevamos.

Ahora bien, nuestra carga no es solamente física. Todos cargamos con nuestra historia personal y con nuestras vicisitudes. El camino de la responsabilidad es también el camino de la aceptación. En el Camino se aprende y, necesariamente se acepta, que hay gente que camina más rápido que tú, que le salen menos ampollas que a ti, que sufre –siempre desde tu propio punto de vista- menos que tú.

Cualquier cambio, cualquier mejora que uno desee introducir en su camino -en su vida- ha de pasar o se ha de iniciar en la aceptación realista de lo que hay, de lo que se es y de lo que se piensa que se puede o que se podría ser y conseguir. La competitividad o la competición se pagan caras en el Camino. Nuevamente el tiempo es un factor determinante. El correr hoy y “ganar” –sea lo que sea aquello que se crea que se gana-, se pagará, probablemente mañana. Cada persona tiene una manera particular de caminar, un ritmo y una velocidad que le son propios. No tiene sentido compararse con los otros. La verdadera competitividad es la autocompetencia: la autoobservación y autoevaluación del propio desempeño para introducir las modificaciones o mejoras correspondientes. Hay que decir, en este sentido, que la evolución y la mejora en la propia fuerza, el ritmo y la velocidad al caminar es algo sorprendente. A partir aproximadamente de 300 kilómetros caminados, el camino se convierte en un paseo y uno nota que se encuentra muy fuerte.

El camino nos enseña la cultura del esfuerzo. Cada acción, cada situación o cada suceso tiene su propio ritmo y su proceso. No se pueden saltar etapas impunemente y pronto se aprende que un esfuerzo dosificado y respetuoso, adaptado a cada momento, rinde mejores frutos a medio y largo plazo que uno desaforado y puntual. El premio consiste en llegar a Santiago, el final del camino, no en cumplir, aunque sea destrozado, una etapa concreta.

El Camino nos enseña el sentido y el significado del esfuerzo. El placer que uno tiene al finalizar una etapa cualquiera -mayor, si es especialmente difícil- es algo que no se puede explicar, hay que vivirlo y experimentarlo. La comodidad, la abundancia de todo, la disposición cotidiana de una cama confortable y de comida en la mesa -por poner algún ejemplo- son “privilegios” que una buena parte de los jóvenes de nuestras sociedades desarrolladas no consideran como tales, puesto que les vienen dados, sin esfuerzo y sin contraparte. La abundancia -como señala Latouche[4]– arrastra consigo su propia pérdida de sentido. En el Camino es necesario resolver diariamente toda una serie de problemas para acceder a estos “privilegios”. El esfuerzo personal para llegar a ellos contribuye a dotarlos de sentido.

La confianza, realista y consciente, en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas es otro de los aprendizajes del Camino. Ella es la que nos llevará a la meta: Santiago. A lo largo del Camino uno se siente desfallecer muchas veces. Cuando esto ocurre sólo es necesario mirar atrás y tomar conciencia de que paso a paso se llega siempre a todos los sitios; tan sólo es necesario caminar. Esta confianza se ha de hacer extensiva al Camino -a la vida-. La variabilidad de situaciones a las que uno se ve enfrentado en el camino es muy amplia. Es la confianza la que posibilita el poder salir airoso de la diversidad de acontecimientos a los que uno se ve enfrentado.

Todos estos valores, y seguramente muchos otros, forman o pueden formar parte de las vivencias que se experimentan en el Camino de Santiago. Son valores que, desde mi punto de vista, han de formar parte del bagaje formativo con el que los pedagogos y los educadores sociales acceden a la profesionalización. Esa es la razón por la que proponemos y defendemos el Camino de Santiago como ámbito de experimentación personal y aprendizaje de humanidad, ciudadanía y solidaridad.


[1] Dewey, J. (1997) Experience & Education. Pág. 48. Touchstone Book. New York

[2] Postman, (1994) Tecnópolis. Círculo de lectores. Barcelona

[3] Jacquard, A. (1994) Este es el tiempo del mundo finito. Acento. Madrid.

[4] Latouche, S. (1993) El planeta de los naúfragos. Acento. Madrid.

El texto anterior ha sido mínimamente ampliado a partir de dos publicaciones previas. La primera fue en formato de capítulo de libro. Ésta es la referencia: ÚCAR, X. (1998) “Virtudes pedagógicas del Camino de Santiago” Pp. 401-415 en PANTOJA, L. Nuevos espacios de la Educación Social. Ed. I.C.E. Universidad de Deusto. (ISBN: 84-271-2196-2). La segunda fue en formato de artículo de revista virtual. Ésta es la referencia: ÚCAR, X. (2006) “Virtudes pedagógicas del camino de Santiago” en Quaderns d’animació i educació social. Nº 3. Enero. Publicación electrónica http://quadernsanimacio.com/quaderns3.htm . Edita Mario Viché. (ISNN: 1698-4404)

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