6.8. Ritos de vida y de renacimiento: un nuevo yo

Los dos últimos kilómetros hasta el faro fueron sorprendentes. Cuando pienso en aquel tramo del final de mi camino me lo imagino como un río en el que cada pocos metros van confluyendo numerosos afluentes. La carreterita y yo éramos el río y los afluentes eran sendas forestales por las que, a ambos lados de la carretera, iban apareciendo peregrinos y peregrinas que había ido encontrando y conociendo a lo largo del camino. Así es como se sucedieron aquellos dos últimos kilómetros. Un tramo que, en condiciones normales, me hubiera costado hacer, como mucho, 15 ó 20 minutos se demoró más de una hora.

Recién salido de pueblo me alcanzó Michel, uno de los franceses. El encuentro siempre se producía de la misma manera; grandes abrazos y gran alegría.

–       ¿De dónde sales? Pensaba que ya habías acabado el camino. No sabía que venías también a Finisterre. – les decía yo-. Y las respuestas podían ser variables:

–       No pensaba llegar hasta aquí pero al final me decidí. Como sabía que muchos de vosotros veníais. –Decían algunos-.

–       ¡Habíamos quedado así! –Me decían otros-. Lo que no sabía es cómo hacer para encontrarnos. No tenía ni idea de si ya habíais llegado al final o todavía no.

–       Es o el destino o el propio camino el que nos une. Está claro que nos teníamos que encontrar –respondía yo-.

También me encontré con personas que ni siquiera sabía que estaban haciendo el camino.

–       ¡Pero, ¿qué haces aquí? No tenia ni idea de que estabas haciendo el camino! ¿Cómo es que no nos hemos encontrado antes? ¡Qué pena! – Me dijo una amiga de Barcelona que me encontré ese último día.

Fueron apareciendo muchos y muchas de las peregrinas que había conocido o con las y los que había ido coincidiendo a todo lo largo de mi camino. Fueron dos kilómetros de un río desbordado de encuentros y de emociones. Chus, Lorena, Michel, Xavi, Joan, Pierre, Paloma, Carolina, Klaus, Felipe, Jesús, Carmen, Olga y muchos otros y otras fuimos haciendo un grupo que avanzaba por la carreterita hacia el faro.

Todos estábamos exultantes. Ninguno de nosotros había planificado el encuentro pero el encuentro se había producido. El camino volvía a mostrarnos su fuerza y su magia. ¡Tantas veces que habíamos comentado la posibilidad de llegar juntos al final! Pero casi siempre concluíamos que eso era muy difícil de conseguir porque, como todos sabíamos bien, cada uno de nosotros tenía su propio camino y no tenía porqué coincidir ni en ritmos ni en tiempos con los de los demás. El camino y el santo, sin embargo, habían obrado el milagro y allí estábamos muchas y muchos de los peregrinos que habíamos compartido nuestro peregrinaje.

La sensación de grupo, de hermandad, de comunidad era muy presente entre todos nosotros. Nos tocábamos, nos cogíamos los unos a los otros, nos besábamos y nos abrazábamos. Todos nosotros éramos vínculo y, en aquel momento, nada había en el mundo más importante que eso. Cualquiera de nosotros hubiera dado todo por cualquiera de los demás. Era algo que se sentía, que se palpaba en el grupo de peregrinos y peregrinas que nos acercábamos al faro del fin del mundo.

Cuando llegamos a las rocas que había frente al faro yo dije que me había propuesto llegar hasta el agua del mar; que pretendía llegar hasta el agua, hasta el sitio desde el que ya no pudiera continuar caminando.

Eso significaba que había que descender por las rocas hasta los rompientes donde se estrellaban las olas. No era fácil bajar hasta allí pero se podía hacer y yo pretendía hacerlo. Felipe y Klaus dijeron que ellos bajarían conmigo. El resto de peregrinos esperarían a que  volviéramos a subir y, al atardecer, con la puesta de sol, haríamos el rito del renacimiento.

La bajada no era fácil pero tampoco demasiado peligrosa. Con mucho cuidado fuimos poco a poco descendiendo los tres. Abajo, tocando el agua, había una roca con una plataforma inclinada hasta donde podíamos llegar sin demasiada dificultad. Aunque hasta allí también llegaba la fuerza de las olas había espacio suficiente para mojarnos sin que nos arrastrasen mar adentro.

Cuando empezamos a descender por las rocas no sabíamos exactamente qué nos encontraríamos ni si podríamos realmente llegar a bañarnos así que la visión de la plataforma fue una bendición. Llegamos junto a ella pero, antes de pisarla, nos tuvimos que desnudar puesto que el agua la iba cubriendo a medida que las olas rompían. Entrar en ella significaba calarnos de agua. Dejamos la ropa encima de unas rocas, a resguardo del viento un poco más arriba y, uno a uno, fuimos accediendo a la roca.

Sabíamos que el resto de peregrinos estaban más arriba intentando ver como llegábamos hasta el agua pero, desde donde estaban, no podían vernos. Gritando de excitación y de alegría y desnudos como recién nacidos, entramos en la plataforma rocosa y nos pusimos frente a los golpes de agua que empezaron a romper contra nuestros cuerpos. El agua que llegaba hasta nosotros lo hacía con poca fuerza. Era un poco más abajo, en los rompientes, donde las olas eran realmente peligrosas y, por supuesto, ni nos planteamos bajar. Eso habría supuesto jugarnos la vida.

El agua del mar que llegaba a la plataforma nos cubría más o menos hasta las rodillas y estaba bastante fría.  Allí nos colocamos los tres, con los brazos abiertos y levantados, frente al sol que atardecía. Todavía hoy siento la frialdad del agua y del viento contra mi piel mojada y la profunda e intensa sensación de plenitud que experimenté. Saberme allí era toda mi recompensa.

No estuvimos mucho rato, la incomodad de la plataforma no lo permitía; pero fue más que suficiente. Bajar hasta allí,  tocar el agua y saludar al sol también había sido un rito. De alguna manera le estábamos diciendo al mundo y a la vida:

–       He caminado. He hecho mi camino y he llegado hasta aquí. He conseguido alcanzar el punto a partir del que ya no hay camino transitable. He hecho todo lo que he podido; todo lo que estaba a mi alcance. Esta es la expresión de mi voluntad, de mi determinación  y de mi fuerza, pero es, sobre todo, la expresión de mi agradecimiento.

Nos vestimos y llegamos arriba con la ropa pegada a nuestros cuerpos todavía mojados. Los peregrinos habían hecho una pila de ropa en el suelo. Cada peregrino había dejado allí una de las prendas de ropa que había llevado en el camino. Yo añadí una de  las camisetas que llevaba en la mochila.

Xavi había comprado en Finisterre una botella de alcohol y la derramó por encima de la pila de ropa. Cuando estuvo vacía se dispuso a encender la pira ritual con una caja de cerillas que le dio Felipe.

No llegué a contar los peregrinos que estábamos allí pero calculo que seríamos unos 20 ó 25. Todos nos pusimos alrededor de la pila de ropa haciendo un círculo. Era de lo más irregular puesto que el lugar donde estábamos no era plano y recuerdo claramente haber mirado a derecha e izquierda y haber visto personas a diferentes alturas; unas sentadas sobre rocas; otras de pie sobre una superficie que descendía; y otras, por último sentadas o arrodilladas en el suelo.

El ocaso había llegado, el sol se estaba poniendo y ese era el momento especial que todos habíamos estado esperando. Nos tomamos de las manos y levantamos los brazos mientras Xavi arrojaba una cerilla encendida sobre la pila de ropa amontonada. El fuego se inició con una fuerza inusitada y Xavi corrió a integrarse en el hueco que le habíamos dejado en el círculo.

Cerré los ojos. Sólo sentía el crepitar del fuego quemando mi pasado y las manos que sostenía, una a cada lado, que acompañaban y daban calor a mis manos. El sonido del fuego y de la suave brisa marina que nos movía la ropa y los cabellos llenaba de sensaciones frescas y musicales el ambiente.

Yo me centré en mi interior y traté de visualizar una pira ardiente. Un fuego en el que quemar los dolores y los miedos del pasado. Un fuego que limpiara mi casa y la dejara abierta, oreada y limpia. Un fuego curativo y sanador del que emerger como un fénix renacido. Yo ya no era yo; era un nuevo yo que reconocía al antiguo pero que trataba de conectar con lo mejor de aquel para proyectarse hacia el futuro. Este nuevo yo era un yo consciente de sí; abierto y preparado para los pasos y el camino; pero, sobre todo, era un yo dispuesto a construirse desde la aceptación de lo que hay pero a través de la lucha por lo que deseaba que hubiera.

El silencio se prolongó unos minutos. Cuando abrí los ojos todos nos abrazábamos con emoción y ya empezábamos a despedirnos. Sabíamos que el camino, nuestro camino, se había acabado.

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2 Respuestas a “6.8. Ritos de vida y de renacimiento: un nuevo yo

  1. Que hermosa experiencia Xavier, que encantadora manera de describirla! Gracias por compartirla, pues por un momento breve sentí que estaba allí, entre esas hermosas personas, en ese increíble y mágico ritual de renacimiento al final del Camino de Santiago. Un gran abrazo! Mariella desde Caracas 😉

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