6.7. El último día del camino: hacia el faro del fin del mundo

Felipe, Olga y yo habíamos decidido, desde el primer día del viaje de Santiago a Finisterre, que haríamos la última etapa del camino por separado; cada uno por su lado. Era el fin de nuestro camino y los tres coincidíamos en querer hacerlo solos. Pensábamos -o quizá más bien deseábamos- que fuera un día especial. Un día para el reencuentro con nosotros mismos y con nuestros particulares caminos y, sobre todo, un día de preparación para el final.

Se acababa el camino. Para mi eso significaba casi el final de una forma de vida; de una manera especial de vivir; de una vida sin más preocupaciones que el camino. No me acababa de hacer a la idea de que era el último día y que ya no habría más días como aquel. En aquellos momentos me preguntaba cómo sería mi retorno a lo que era “la vida normal”.

Llevaba 40 días de un camino que inicié el día que cumplí los 40 años. No había sido ni buscado ni premeditado, pero me gustaba pensar que quizás significaba algo. Me apetecía mucho hacer mi última etapa solo, sin nadie que me acompañara, pensando en las cosas que me habían sucedido en aquellos 40 días de contacto con el camino, con la gente, con los peregrinos y con la vida. Algo que repetidamente me había mostrado el camino es que la soledad facilita y estimula la introspección y eso era lo que yo deseaba experimentar en mi último día de camino; el camino que me conducía al final del mundo conocido, al non plus ultra. Recuerdo que mi sensación era la de querer retener, la de saborear al máximo los últimos momentos para luego poder rememorarlos.

No consigo recordar el orden en el que abandonamos Oliveira, pero sé que decidimos salir con diferencias de 20 ó 30 minutos entre nosotros. De aquel camino en solitario hasta el pueblo de Finisterre guardo pocas cosas. Fue un día muy nebuloso y obscuro y anduve muchos kilómetros bajo la lluvia y entre la niebla. Hubo momentos en los que caminaba sin ver mucho más allá de los próximos 3 o 4 metros frente a mi, confiando que no perdería mi camino. Fue un día en el que no me crucé prácticamente con nadie; ni peregrinos ni lugareños.

Lo que recuerdo claramente es haber pasado por una zona de Galicia especialmente bonita. Ya me habían hablado de ella y para mi fue un auténtico placer reconocerla: “la pequeña Cuba”. Yo había estado el año anterior pasando las navidades en Cuba y descubriendo los paisajes caribeños de la isla. Parecía como si hubiera trasladado aquellos paisajes a Galicia. Me descubrí pensando que si me hubieran llevado allí sin enterarme y me hubieran despertado preguntándome que donde me encontraba hubiera respondido sin dudar que en Cuba.

El paisaje era realmente precioso y, aunque era por la mañana, la sensación que tuve es la de un atardecer en el campo cubano después de una tormenta. La luz, las palmeras en la lejanía, el ambiente y el olor a campo mojado eran exactamente los mismos que había tenido el placer y el privilegio de experimentar en la isla.

Debían ser las 16 ó 17 horas de la tarde cuando llegué al pueblo de Finisterre. Me molestaban bastante las plantas de los pies. Me descalcé y comprobé que me habían salido dos grandes ampollas, una en cada pie. Era sorprendente que me ocurriera eso, precisamente, en el último día ya que ese era un problema que no me había ocurrido en todo el camino. La verdad es que en aquel momento no lo pensé; fue después cuando especulé con la posibilidad de eso fuera el resultado del abandono de las presencias. Podría ser que hubiera perdido la protección y el cuidado que me estuvieron dispensando a lo largo de todo el camino.

Pregunté por el faro y me dijeron que me quedaban dos kilómetros de camino así que me tomé un café en un bar y me encaminé hacia allí por una estrecha carreterita.

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