6.6. Una noche en Oliveira intentando ni ver ni sentir a los fantasmas

Llegamos a Oliveira pasada la media tarde. Pronto oscurecería y no teníamos ningún lugar en el que refugiarnos a pasar la noche. Se lo comentamos al primer lugareño que nos encontramos; un señor mayor de edad indefinida. Nos respondió que no había ningún sitio en el pueblo pero que él tenía una casa vacía y que si queríamos nos dejaba la llave para que durmiéramos allí.

Recuerdo que nos miramos con alivio entre nosotros y le dijimos que sí, que se lo agradecíamos mucho. Lo seguimos hasta su casa y lo esperamos en la puerta mientras él entraba a coger las llaves.

Cuando salió llevaba en la mano una llave grande de hierro de las que yo recordaba de cuando era pequeño en el pueblo de mi madre. Además de usarlas para abrir las pesadas puertas de madera de las casas, mi abuela utilizaba esas llaves cuando a alguno de sus nietos nos salían orzuelos en los ojos.

Mientras caminábamos hacia la casa, les comenté lo de la llave. Mi abuela la dejaba toda la noche “al fresco”; es decir, la colocaba en el alfeizar de la ventana y dejaba que el frío de la madrugada actuara sobre el hierro. A la mañana siguiente tomaba la llave y la apretaba durante un ratito sobre la hinchazón del párpado. El efecto era curioso ya que en el orzuelo se produce una gran concentración de calor. El contraste con el hierro frío –de haber estado toda la noche al aire- y quizá también la acción de sus mismas propiedades minerales hacía disminuir en poco tiempo la hinchazón. El aldeano nos dijo que ellos también utilizaban ese mismo remedio contra los orzuelos.

La casa estaba a las afueras del pueblo. Era de dos plantas y, efectivamente, tenía una gran puerta de madera con herrajes de una sola hoja. La casa era de piedra, aunque había algunos trozos que habían sido rellenados con ladrillos. No parecía estar en muy buen estado pero era, al fin y al cabo, un techo y eso nos permitiría dormir a cubierto.

Al abrir la puerta accedimos a una especie de vestíbulo pequeño y oscuro. Frente a nosotros una puerta daba paso a unas escaleras que ascendían hasta el primer piso. Solo nos alumbraba la escasa luz del atardecer que entraba por la puerta de la calle y el ascenso por las escaleras, aunque corto, fue un poco agobiante. Luego, los tres coincidimos en que, en aquel momento, estábamos pensando qué ¿en dónde nos habíamos metido?. Tal era la inquietud que nos producía el sitio.

De la escalera se accedía a una sala. El lugareño, que iba por delante, pulsó un interruptor que dio luz a una bombilla desnuda que colgaba del techo en el centro de la habitación. Por dentro la casa parecía o abandonada o a medio construir. Las paredes eran de mortero de un color grisáceo y áspero que dejaba huecos por donde aparecía el rojo de los ladrillos o el gris terroso de las piedras.

El lugareño nos mostró la cocina, un lavabo mínimo y sucio y una pequeña habitación que había a un lado. Después de desearnos que durmiéramos bien, nos dijo que a la mañana siguiente dejáramos todo como estaba que él ya pasaría a cerrar.

Cuando se marchó nos miramos entre nosotros y comentamos lo extraño que era el sitio en el que estábamos. En la sala  central, iluminada por la resistencia roja de la bombilla desnuda, había una mesa con una única silla; un colchón pequeño bastante cutre a un lado en el suelo; y un arcón antiguo de madera lleno de polvo. Encima del arcón había dos muñecas pequeñas de porcelana, una con la cabeza aplastada y la otra mirándonos con unos ojos sin vida que resultaban de lo más terroríficos. La verdad era que el efecto resultaba bastante sobrecogedor.

A Olga le faltó tiempo para coger las muñecas y abrir el baúl para meterlas allí y quitarlas de la vista. El baúl estaba lleno de objetos sueltos de lo más diverso: desde cacerolas a crucifijos pasando por fotos antiguas enmarcadas o trapos de cocina pringosos y rígidos como si estuvieran petrificados. Había también más muñecas de porcelana pero lo que más nos impresionó fueron las fotos enmarcadas. Eran antiguas y parecían de personas muertas: hombres y mujeres vestidos de negro con los ojos cerrados y las manos una sobre otra apoyadas sobre el pecho.

Cerramos el baúl e intentamos sobreponernos a las malas vibraciones que nos estaba dando la casa. Planificamos cómo íbamos a dormir y nos dispusimos a cenar. Quedamos que yo dormiría en el colchón de la sala del baúl y Olga y Felipe dormirían en la habitación de al lado, donde había un colchón más grande, también en el suelo.

Nos íbamos tranquilizando entre nosotros diciéndonos lo bueno que era poder dormir a cubierto y que sólo nos quedaba un día de camino antes de llegar al fin del mundo. Nos sentamos en el colchón en el que yo iba a dormir y allí, a la escasa luz de la bombilla, compartimos todo lo que teníamos para cenar.

El peor rato fue sin duda cuando Felipe y Olga se fueron a la habitación de al lado y yo me preparé el saco en el colchón de la sala para meterme a dormir. Aunque íbamos haciendo bromas entre nosotros -de habitación a habitación- sobre lo larga que iba a ser la noche, sobre las visitas nocturnas que nos iban a hacer los muertos de las fotos y sobre si volveríamos a encontrarnos sin problemas por la mañana, yo no las tenía todas conmigo: estaba asustado. Era consciente de que tenía mucho, mucho miedo.

Una vez todo estuvo preparado tuve que acercarme al interruptor de la luz para apagarla,  volver hasta el colchón a oscuras y meterme dentro del saco. La perspectiva simplemente me horrorizaba pero no me quedaba otro remedio que hacerlo. El interruptor estaba junto a las escaleras que descendían al vestíbulo de entrada y quedaban perpendiculares al colchón sobre el que, al otro lado de la sala, estaba mi saco de dormir. De hecho, solo tenía que dar dos o tres pasos a oscuras pero yo lo sentía como una distancia suficiente para que sucedieran todo tipo de cosas y, por supuesto, todas ellas terroríficas.

No sé muy bien lo que me imaginaba pero lo que sentía era puro horror. Apagué la luz y con una celeridad increíble me acerqué a oscuras al colchón. Todo fueron dificultades para meterme dentro del saco de dormir: la prisa y los miedos que me atenazaban -encarnados en contactos, roces, fricciones o desgarraduras que mi imaginación desbordada proyectaba- no me dejaban ni ponerme dentro ni subir la cremallera salvadora que me aislaría del mundo.

Hoy estoy seguro que para un observador externo la situación hubiera sido de lo más cómica. Yo forcejeando a oscuras con el saco de dormir para conseguir meterme dentro a la máxima velocidad posible.

Cuando me vi dentro y con el saco cerrado mi corazón latía como un caballo desbocado, pero el miedo no se había acabado. ¿Como dormir en ese lugar?¿Cómo abstraerme de los muertos, los crucifijos y las muñecas de porcelana con sus vacuas miradas? En cualquier  momento esperaba que algo o alguien me tocara; que metiera la mano, la garra o lo que fuera por el hueco abierto del saco; por el lugar donde va la cara. Yo lo había fruncido lo máximo posible con el cordón para que el espacio que comunicaba el interior con el exterior del saco fuera lo más pequeño posible pero aún así yo era consciente de que quedaba un agujero suficiente para que entrara algo o alguien.

Mi terror no era solo psicológico; era, además, físico. No sólo me podían asaltar presencias fantasmagóricas o infernales, también podía haber ratas en aquel lugar que me entraran al saco por el hueco que quedaba abierto.

Mi imaginación desvariaba y, de repente, fui consciente –igual que me paso en el bosque con los perros a la salida de Estella- de la situación en la que estaba: encogido en posición fetal dentro del saco, tenso como una cuerda de guitarra y casi sin poder respirar por la falta de aire. Tuve que tranquilizarme: ¡No pasa nada! ¡No me va a pasar nada! ¡Sólo soy yo, que me dejo ir! ¡Sólo es mi imaginación que me arrastra y que me puede! ¡Aquí no hay nadie! ¡Sólo es una casa deshabitada!

Me obligué a sacar la cabeza por el hueco del saco de dormir. El miedo seguía estando pero luchaba para que no me bloqueara. Empecé a inspirar hondo por la nariz repitiéndome: ¡Tranquilo, tranquilo: no pasa nada; no hay nada; no hay nadie! Lo que el cuerpo me pedía a voces era que volviera a meter la cabeza dentro del saco pero aguanté.  Poco a poco me fui tranquilizando.

Luchando conmigo mismo por mantener la calma me acorde de “Dune”, la epopeya ecológica y mesiánica de ciencia-ficción que Frank Herbert escribió hace ahora tantos años. En ella escribió la letanía que formaba parte del proceso de aprendizaje de las mujeres que querían entrar en la orden guerrera de las “Bene Gesserit”: No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mi y a través de mi. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.” Pensando en ella y repitiéndola conseguí, finalmente, quedarme dormido. Dormí la mar de bien.

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