6.5. Un lugar en el mundo

Otra de las impresiones que guardo de la segunda etapa, es una tremenda cuesta arriba caminando por una carretera que transcurría en medio de un bosque de eucaliptos. La subida, muy pronunciada, se prolongaba a lo largo de varios kilómetros y era muy dura. Es algo que sucedió por la tarde del mismo día en el que las presencias que me habían acompañado a lo largo del camino me abandonaron.

Iniciamos la subida a buen paso caminando los tres juntos, Felipe, Olga y yo.  Debía ser media tarde y los inmensos eucaliptos a ambos lados del camino configuraban un alto y amplio túnel boscoso. El aroma fresco y profundo de los inmensos árboles llena el ambiente e invita a deleitarse respirándolo. A pesar de que los rayos directos del sol no penetraban el arco de ramas y hojas, la luz era brillante, limpia y de un verde claro muy luminoso.

Yo me sentía fuerte como no me había sentido en todo el camino. La subida, muy pronunciada, invitaba a la lucha. Me sentía como si me dijera: ¡Venga! ¡A ver si puedes! A lo largo del camino me había ido encontrando con subidas largas y empinadas pero ninguna tan larga y tan empinada como esta. Y tampoco ninguna de ellas me había interpelado y retado de la manera que lo hacía ésta.

Seducido por mi propia fuerza y por el desafío de la subida les digo a Felipe y a Olga que me siento fuerte y que me apetece aumentar el ritmo; que los esperaré arriba. Muy rápidamente los voy dejando atrás hasta que llega un momento en el que ni los veo. Mis piernas son como dos máquinas de devorar kilómetros. El bordón es una extensión de mi propio cuerpo y se aferra al asfalto con la misma presión, fuerza y seguridad con que lo hacen mis pies.

Ni sudo ni me canso y en ese momento noto que podría prolongar esto indefinidamente. Estoy disfrutando mucho con la subida y me regocijo pensando que las sensaciones que estoy teniendo van a persistir dado que la cuesta arriba parece no acabarse nunca. Cada recodo del túnel arbóreo me descubre otro largo tramo que asciende hasta que el verde del follaje se funde en la lejanía con el gris oscuro del asfalto. Otro tramo en el que experimentar y disfrutar de la fuerza de mis piernas.

Nunca antes en el camino había tenido esta sensación de poderío. Es como si hubiera hallado en este momento del camino mi lugar en el mundo. ¡Es así como quiero estar! ¡Es así como quiero ser! No es algo solamente físico; soy todo yo el que desbordo fuerza y seguridad. Son sensaciones de encuentro, de encaje, de perfección; sensaciones que no por efímeras dejan de tener ese aire de finalidad, de cierre de ciclo. Es la comunión con la situación: el ambiente, el lugar, el momento y yo. Estoy en mi medio haciendo lo que deseo y sintiendo que lo hago de la manera que quiero.

Son momentos efímeros en los que uno siente –profundamente- que todo tiene sentido y que haber tenido el privilegio de vivirlos hace que todo valga la pena. Uno podría nacer o morir en esos momentos y el nacimiento y la muerte sería bienvenidos. La plenitud sentida en esos instantes es como un orgasmo vital que te conecta con todo en el tiempo y en el espacio.

Después de más de 900 kilómetros de camino todo yo soy fuerza, empuje y seguridad. He llegado a mi Santiago. Éste es el Santiago de mi camino; la respuesta a la constancia de mis pasos, a mi confianza y a mi falta de preguntas.

El mensaje que me estoy enviando a mi mismo es límpido como el agua clara: si he llegado hasta aquí, si estoy pudiendo con esto, nada me va a asustar. Es el saber que puedo hacer algo lo que me da las herramientas y el empuje para seguir haciendo eso u otras cosas. Estoy preparado para aceptar lo que la vida me depare.

Recuerdo que al llegar arriba, imbuido todavía en las sensaciones de fuerza, de conexión y de destino que había experimentado, tuve un pensamiento muy práctico y mundano. Me acordé de Induráin y de los años en que yo seguía el tour ciclista a través de la televisión. Creo que, en aquel momento, podía entender perfectamente la imagen del ciclista pedaleando, con esfuerzo, sufrimiento y placer a partes iguales,  llegando en solitario a la cima de la alta montaña.

Viendo la retrasmisión del tour en la televisión yo siempre buscaba la expresión de la cara de los corredores para intentar entender los sentimientos, las motivaciones y los impulsos que los guiaban o que les producían sus propios logros. Para mí, que no me gusta especialmente el ciclismo, siempre había sido un misterio lo que podían sentir y experimentar en esos momentos. Ahora creía entenderlo perfectamente.

Felipe y Olga me encontraron sentado en un mojón  a un lado de la carretera. Les dije lo que me había sucedido y estuvimos un rato comentándolo. Para ellos la subida había sido demasiado dura y no la habían acabado de disfrutar.

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