6.4. Adios a los muertos; adios mi compañía

Fue en el segundo día del camino de Santiago a Finisterre y, aunque he intentado de forma repetida localizar el lugar exacto a través del Google maps y de los relatos de otros peregrinos en la red, no estoy seguro de que mis intentos hayan dado los frutos que esperaba. Puedo recordar y describir el sitio donde me sucedió lo que voy a contar, pero no sé si lo que he identificado corresponde exactamente al lugar al que me quiero referir. Creo que debo desconfiar también de la exactitud de los detalles relativos a la configuración física del lugar ya que, lo que realmente me quedó grabado de aquel día, fueron las sensaciones que experimenté. Esas sí que me quedaron registradas con todo lujo de detalles.

En una web he visto el perfil de la etapa y parece plausible que lo que voy a relatar sucediera en el castro circular que hay a la salida del pueblo de Vilar de Castro. Pero, como he dicho, no puedo estar del todo seguro sin haberlo comprobado con mis propios ojos.

Acabábamos de recoger los minerales pulidos de la antigua mina y llevábamos un rato caminando por una senda que descendía ligeramente. El día es claro y luminoso y vamos alegres y a buen paso. El sol calienta pero una brisa muy agradable hace que casi no lo sintamos.

Íbamos los tres, Olga, Felipe y yo con otros peregrinos de los que no consigo acordarme. No sé muy bien, tampoco, quién fue la persona que nos habló del lugar al que nos estábamos acercando. Pero recuerdo bien que nos dijo que era un antiguo lugar de culto pagano sobre el que se había construido antiguamente un castro –un castillo- que tenía forma circular. Nos contó que era un lugar muy especial en el que se concentraban y actuaban fuerzas telúricas.

Llegamos al castro, que se adivina por los dos muretes de piedras que parten de lo que debió ser la puerta de entrada. Ni siquiera existen ya ni las jambas ni el dintel; los dos muretes, de poco más de un metro de altura, se extienden a derecha e izquierda cerrando un perímetro, más o menos circular, en el que la hierba y los matojos campan por doquier. El centro del castro, todo lo que es la superficie interior, está más hondo que el nivel de la entrada y para acceder a él hay que descender por unas rampas.

Junto a ambos muretes hay sendas plataformas, de piedra y hierbas, por las que, probablemente, debían circular en el pasado los centinelas que vigilaban la seguridad del castillo. Hay muchos sitios en los que las plataformas se han desmoronado y se unen con el suelo del castro en toboganes irregulares poblados de hierba y pequeños matorrales.

El murete de la izquierda da al valle y desde él puede obtenerse una buena vista. El de la derecha da a una zona de matojos y árboles que no tiene mayor interés. A lo lejos, frente a lugar por donde hemos entrado y dentro del mismo castro, hay una construcción de piedra  de cuyo techo sale una especie de tejabana. Desde el suelo, en el plano más bajo del castro, se accede por una rampa de tierra al enlosado de piedra que hay bajo dicha tejabana.

El castro es lo suficientemente amplio para que los peregrinos nos distribuyamos por dentro y lo exploremos de forma independiente, aunque en ningún momento perdemos el contacto visual entre nosotros. El centro herboso del castro es como la base interna de una gran cacerola y, estando en él, se nota más el calor ya que no circula tanto el aire.

Aún lleno con la sensación de alegría y ligereza que traigo del último tramo recorrido cuesta abajo accedo, en primer lugar, a la base del castro. Desde allí observo al resto de peregrinos que se van moviendo por dentro del castillo. Algunos han seguido el murete derecho y otros el izquierdo. Hay un grupo de chicas bastante exaltadas y alegres que veo ir riéndose y bromeando de un lugar a otro del castro. Olga y Felipe me llaman para que vea la panorámica del valle. Así que me acerco a ellos y estamos un ratito contemplándola y comentando lo chulo que es el sitio y lo bien que se está allí.

Vuelvo a bajar al centro del castro y me voy acercando hacia la construcción de piedra que hay frente a la entrada. Bajo ella, cerca de la pared me llama la atención ver que hay como un pequeño altar sobre unas piedras como a un metro de altura. A mi izquierda queda la rampa por la que se accede a dicha construcción y, en concreto, al enlosado que hay bajo la tejabana.

El altar es muy curioso porque es de piedra y tiene forma de cuenco. Frente a mi y apoyada en el borde más lejano del cuenco hay un piedra extraña que podría representar una imagen, aunque no tiene una forma definida. Apoyado en ella hay un ramito de hierbas que parecen aromáticas y, esparcidos por el fondo del cuenco, unos pétalos de rosa extraordinariamente rojos que contrastan con el tono grisáceo de la piedra.

Cuando me acerco y los miro, me quedo anonadado por la visión. Es como si hubiera sido golpeado; como si algo hubiera sido pulsado dentro de mi. La visión del conjunto, disparada por el fuerte contraste del rojo de los pétalos, me deja pasmado.

Me quedo quieto frente al altar sintiéndome muy raro; algo extraño me está sucediendo. No sé lo que me pasa pero de repente me noto débil; necesito sentarme y que me dé el aire. Como atontado subo a duras penas por la rampa y me siento en las losas del suelo bajo la tejabana. Ya no veo el altar, que ha quedado abajo, oculto por la altura a la que me encuentro. Y es entonces, en ese mismo momento, cuando lo siento. Es como un río saliendo de mi; es como si de repente me estuviera vaciando, me quedara sin nada. Ha sido algo instantáneo pero le he percibido con suma claridad. La sensación ha sido muy potente.

Sé perfectamente lo que me ha sucedido, lo he comprendido justo en el momento en el que lo sentía. Se han ido. Todos se han ido. Las presencias sutiles que me han acompañado a lo largo del camino se han marchado. Lo he sentido físicamente. Me había ido acostumbrando tanto a ellas que casi ni las sentía pero he notado claramente como se iban; cómo me abandonaban. Aún no me lo puedo creer.

Me levanto. Me pongo de pie observándome; intentando ver cómo me encuentro; buscando si algo ha cambiado en mi. Ha sido un instante de vacío, de sentimiento de abandono, incluso de pánico, pero ahora ha desaparecido. Estoy bien. Me siento bien. Camino inseguro hacia la plataforma del murete que da al monte. No sé muy bien qué tengo que hacer ahora si es que tengo que hacer algo. Sólo sé que quiero estar un rato solo. Necesito pensar. No quiero hablar con los peregrinos. Quiero mirarme por dentro para ver si escucho algo, si siento algo o si noto algo diferente o algo raro.

–       ¡Lo he sentido! -me repito una y otra vez a mi mismo como si no me lo pudiera creer-. No me lo esperaba. No he tenido ningún aviso ni premonición. Simplemente ha sucedido.

Sentado sobre las piedras, en el murete del castro que da al monte, sigo medio estupefacto por la sensación que acabo de experimentar. Me pregunto porqué aquí; porqué en este sitio en concreto. Me pregunto, asimismo, si ellos, las presencias de los muertos que me acompañaban, sabían desde el principio que venían aquí o si, simplemente, lo supieron al llegar a este lugar.

–       ¿Qué hay aquí? ¿Qué pasa en este sitio? ¿Porqué se han quedado aquí? – Son preguntas que recuerdo haberme hecho en aquellos momentos. También recuerdo haber pensado que probablemente nunca llegaría a saberlo.

Miraba a diferentes puntos del castro intentando ver algo extraño, algo diferente que me diera alguna pista de porqué allí, pero nada me parecía ni especial ni diferente. Era un lugar como tantos otros.

Estuve un rato allí sin hacer nada. De hecho, no pasaba nada; no sentía nada especial. Había sido un instante y, aunque lo había percibido con una fuerza muy intensa, fue tan breve que ahora mismo me estaba preguntando si, efectivamente, había sido algo real o me lo había imaginado.

Hoy, quince años después, sigo recordando en la piel la debilidad que experimenté al ver el intenso color de los pétalos de rosa; cómo me arrastré, caminando como un zombi, y me senté en el suelo bajo la tejabana;  y, sobre todo, sigo sintiendo la fuerza instantánea y profunda con la que me abandonaron las presencias que me acompañaban. Lo que sentí fue como un río naciendo a partir de mi; escapándose de mi.

Luego lo he pensado muchas veces. La sensación con la que me quedé, después del abandono de las presencias, fue parecida a lo que uno siente después de un orgasmo. No sé si lo que he ido haciendo con el tiempo ha sido racionalizarlo pero esa ha sido la mejor manera de explicármelo a mi mismo. No sé porqué ni cómo pero sé que sucedió.

Es algo muy curioso. Quizá uno siempre intenta crear un relato coherente que dé cabida a todas las cosas que le pasan, por más extrañas que puedan ser o parecer. Ese mismo día, por la tarde, experimentaría una de las sensaciones más intensas de fuerza y, también, de seguridad en mi mismo que he tenido a todo lo largo del camino y, probablemente, también de toda mi vida. Quizás fue una simple casualidad pero no puedo dejar de relacionarlo con la experiencia de transcendencia que tuve esa mañana. Creo que las presencias me dejaron un gran regalo que todavía hoy disfruto.

Al día siguiente, con casi mil kilómetros en los pies sin haber tenido prácticamente ninguna ampolla, me salieron dos ampollas tremendas, una en cada planta del pie. No pude dejar de pensar que había pasado todo el camino protegido y que la desprotección del último día se había reflejado de una manera física en mis pies.

Volví a iniciar el camino con Olga y con Felipe como si no hubiera pasado nada. En realidad me sentía bien y todo acompañaba: el sol, la brisa y una mañana radiante que me llenaba de alegría.

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