6.3. El sentido de la determinación: de Santiago a Finisterre

Solamente Olga y Felipe se apuntan a continuar hasta Finisterre. Del resto de peregrinos hay posturas para todos los gustos, desde quienes dicen que el camino se ha acabado para ellos hasta quienes apuestan por iniciar el viaje hacia el “fin de la tierra” al día siguiente o dos días mas tarde.

En el camino cada uno toma sus propias decisiones y todas son válidas si son elegidas. Todos sabemos que cada uno tenemos nuestro propio camino y que la manera en que se va a desarrollar es decidida siempre por el peregrino. Si nuestros caminos coinciden viajamos juntos, si no, lo hacemos separados y todo está bien.

Yo he decidido llevar mi camino hasta Finisterre; hasta que no pueda dar un paso más porque el agua del mar me lo impida. Quiero experimentar esa sensación de una forma física: quiero bañarme en Finisterre. Sentir que es imposible caminar más allá: non plus ultra”. Ese es ahora mi objetivo y el impulso que me guía.

Nos vamos a comer y planeamos lo que sabemos que van a ser los tres últimos días de nuestro camino. Ni Olga ni yo tenemos muy claro cómo llegar hasta Finisterre. Yo propongo que lo más fácil es ir trazando la ruta sobre la marcha y yendo de pueblo a pueblo siguiendo las indicaciones que nos den los lugareños. Es Felipe quien lo tiene todo más pensado. Su idea, desde que inició el camino, era llegar hasta Finisterre –Fisterra, como dicen los gallegos- así que estuvo mirando el mapa y estudió la ruta que hay que seguir. Aunque vayamos preguntando cuando lo necesitemos –para asegurar el tiro– está decidido: él va ser quien nos guíe.

Era el año 1996 y no existía un camino trazado hasta Finisterre. No teníamos, por tanto, las familiares flechas amarillas que nos señalaban el rumbo. He podido saber que fue en el año 2000 cuando se urbanizó esta zona del camino y ahora, además de estar todo marcado, hay abundantes albergues que ofrecen refugio a los peregrinos al igual que en el resto del camino. De todas maneras este tramo del camino ha sido considerado siempre como parte del camino pagano, esotérico y por eso ha estado más abandonado por las administraciones religiosas y políticas. El camino propiamente religioso se acaba en Santiago.

He estado intentando ubicar en el mapa los lugares en los que transcurren mis recuerdos y me doy cuenta, con una cierta desazón, que no soy capaz de hacerlo. Estoy seguro, por otra parte que, si pasara por allí, reconocería sin dudar aquellos sitios. Las que siguen a continuación son algunas de las impresiones y secuencias que me vienen a la cabeza si pienso en aquellos día de camino pagano.

Negreira: Nos pusimos en camino sobre las 15 horas y recuerdo que caminamos toda la tarde por carreteras y sendas. El camino hasta Negreira debió ser apagado porque no me ha quedado prácticamente nada del mismo en la memoria. Ni siquiera el lugar exacto en el que dormimos, que supongo debió ser en el mismo pueblo.

Lo único que guardo de aquella tarde son flashes deslavazados de imágenes y sensaciones que difícilmente puedo ubicar en un relato coherente.

  • Caminando junto a una carretera y pasando junto a una parada de autobuses hecha con placas de plástico transparente. Yo voy en primer lugar y tras de mi Olga y Felipe….
  • Una carreterita muy estrecha por medio de un prado de hierba bastante alta. El verde es predominante. Felipe camina en primer lugar, por delante de mi………
  • El cruce con un lugareño que va conduciendo a dos vacas con una vara y un perro pequeño que se acerca a olerme las piernas con curiosidad. No me da miedo y no me aparto……
  • Un ambiente nebuloso y obscuro que nos hace pensar que podemos acabar el día calados de agua……… Aunque finalmente no llovió.
  • Dos señoras mayores vestidas de negro y con un pañuelo también negro en la cabeza frente a la puerta de una casa. Están sentadas en una silla, acharrancadas con dos cunachos llenos de panochas secas de maíz. Les preguntamos y nos indican la ruta a seguir……..

Minerales pulidos: Fue en los primeros kilómetros de la segunda etapa y estoy seguro de que era después de una subida muy pronunciada. El lugar al que me refiero estaba alto. Alguien nos dijo que allí había una antigua mina y una fábrica donde se procesaba en tiempos el mineral. Creo recordar que un muro impedía la entrada pero se veían por encima del mismo algunas torres de hierro. Mi interés por las piedras me llevó a rebuscar por los alrededores y, efectivamente, obtuve un premio.

No sé muy bien qué tipo de minerales se extraían pero me hubiera llevado la mitad de las piedras que había tiradas junto al camino. Recogí algunas y las guardé en la mochila. Recuerdo sobre todo dos que regalé a mi familia. Eran, más o menos, del tamaño de un puño y de un color verde aceitunado. La particularidad que tenían es que debían haber estado sometidas a unas temperaturas sumamente elevadas porque su textura era muy lisa, al punto que en algunos lugares parecía que hubieran sido pulidas. Eran dos piedras muy originales.

Cada vez que voy a la casa de mi familia en Logroño sigo viendo una de ellas encima de la chimenea y me acuerdo de este momento.

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