6.2. El encuentro con “el santo” y los pasos del peregrino

Desayuné en un bar que había muy cerca del lugar donde nos habíamos alojado. Tenía bastantes cosas que hacer así que se imponía organizar la mañana. En primer lugar había que ir a buscar mi Compostela, el certificado de haber hecho el camino. En realidad no me importaba tanto tenerla como verla. Sentía curiosidad por saber qué pondría.

Como era pronto y acababan de abrir la oficina donde la entregaban no había mucha gente. Me habían comentado que las colas de peregrinos podían ser muy largas. Me pidieron que les enseñara mis credenciales y me dieron una hojita de color ocre donde se acreditaba mi condición de peregrino y de haber consumado el camino de Santiago. No sé muy bien qué esperaba que me dieran pero la hojita recibida no cumplió con mis expectativas.

El siguiente paso ir a una tienda y comprar tarjetas y sellos. Tenía compromisos que atender y deseos que cumplir. Con mis tarjetas me acerqué a un bar y me puse a escribir. La primera para el Posadero de Undués de Lerda, el que confió en mi cuando necesitaba que lo hicieran. Le dije que gracias a él había podido hacer el camino en unas condiciones dignas y que me sentía muy feliz por el hecho de que, en un mundo tan complicado y a veces tan hostil como el nuestro, todavía hubiera personas dispuestas a confiar en la palabra dada. Para mi estaba claro que no hay dinero que pague la confianza: a la confianza solo se puede responder –que no pagar- con confianza.

Después les escribí a mi familia y a mis amigos. Mi única intención era transmitirles mi alegría por haber llegado hasta aquí; compartir con ellos lo feliz y lleno que me sentía. Poner por escrito lo que había hecho, ver que tomaba forma en las letras escritas me levantó el ánimo. Fue como si algo intangible se encarnara a través de la magia de las palabras dibujadas sobre el papel. Escribir que había hecho el camino de Santiago hacía que lo sintiera como real; como algo que, efectivamente, había sucedido, que había pasado.

De allí me dirigí a la misa del peregrino donde había quedado que me encontraría con todos.  Primero hice la cola de rigor para poner los dedos de mi mano en la columna del pórtico de la gloria y contribuir a desgastar un poco más los cinco puntos donde se apoyan las puntas de los dedos y luego me fui a ver al santo. En la cola me encontré con Joan y subimos juntos a saludar a nuestro patrón. Tanto habíamos hablado de él y de su presencia en el camino que teníamos la sensación de ir a saludar a un viejo amigo al que hacía mucho que no veíamos.

Hace tiempo que no creo en ningún dios y, mucho menos, en las formas antropologizadas con las que nos lo hemos representado. Pero en el camino las palabras y los sentimientos de los peregrinos construyen realidades especiales que son muy difíciles de comunicar de forma creíble fuera del mismo. Son realidades tan sutiles que resulta prácticamente imposible percibirlas en la tosca, estructurada, rígida, discontinua, simple y, a veces zafia, vida social en la que se desenvuelve nuestra vida cotidiana. El santo es una presencia invisible y protectora construida y sustentada por los sentimientos, las palabras y las creencias de todos los peregrinos y peregrinas que están en el camino. Interrogarse sobre si eso es real o no, no tiene ningún sentido. Esa no es una pregunta pertinente en el camino; es, más que nada, una pregunta simple y vacía que sólo puede nacer de la desconfianza.

Creo que el camino acaba respondiendo buena parte de las preguntas que nos hacemos o que nos preocupan; al menos, las más importantes: sólo hay que darle tiempo, no tener prisa y estar atento. Pero no siempre las preguntas son la mejor forma de llegar a las respuestas. A veces simplemente hay que caminar y dejarse poseer por la confianza de que cada uno de nuestros pasos va a abrir y a configurar el futuro; un futuro. Son los pasos del peregrino los que hacen el camino: sin ellos, el camino es nada, no existe.

Es la confianza; la ayuda; la generosidad; los sentimientos y las emociones compartidas; los sufrimientos soportados, y, sobre todo, la determinación de hacer el camino que impulsa a los peregrinos y peregrinas lo que hace aparecer al santo en el camino. El santo es, precisamente, eso que no suele aparecer en la ciudad en el marco de nuestra vida diaria.

Abiertos al camino; receptivos ante lo que sucede y atentos a lo que nos pasa y a lo que les pasa a todos aquellos que están o son como nosotros -los peregrinos- nos disponemos a recibir al santo. El santo es la magia del camino que compartimos peregrinos y peregrinas.  La imagen del santo en la catedral de Santiago de Compostela es el símbolo que personaliza y encarna toda esa magia.

Joan y yo miramos al santo más allá de la iglesia y de la religión; más allá del oro y del boato; más allá de la imagen y de su significación. Frente a nosotros estaba algo o alguien conocido, que sabía lo que era y lo que significaba el camino: quizás no era otra cosa que nuestro propio reflejo. Pero, fuera lo que fuera, solamente podíamos sentir agradecimiento. Por todo, por lo bueno y por lo menos bueno; por los placeres y los dolores; por el camino hecho y por el que nos faltaba por hacer. Viendo y tocando la imagen de Santiago compartimos una emoción muy honda.

Bajando por las escaleras del palio en el que estaba la imagen y aun anonadados por la impresión del encuentro comentamos lo excesivo e innecesario que era tanto lujo y tanto oro.

La misa del peregrino fue interesante. Estaba llena de peregrinos, seguramente muchos de ellos obedientes; de los que habían salido esa misma mañana –como mandan los cánones- de O monte do gozo para llegar a tiempo a esta misa.

Uno se imagina con facilidad esa misma misa en la edad media. La catedral llena hasta los topes de peregrinos andrajosos que miran con fervor hacia el altar esperando que el santo les conceda sus deseos o que el poderoso sacerdocio les regale algún tipo de prebenda. El humo de las velas llenando de bruma la catedral y miasmas de olores rancios y concentrados enrareciendo el ambiente. El botafumeiro, que los diáconos bailan con pericia a todo lo largo del cruceiro, debía ser muy útil para confundir, enmascarar o hacer, al menos, soportable el intenso hedor de los caminos que impregnaba los cuerpos de los peregrinos.

Muchas de las miradas que se dirigen a los sacerdotes que ofician la homilía deben responder seguramente a deseos y súplicas no muy diferentes de los de aquellos peregrinos medievales. Pero hoy son otros los sentidos. Uno no puede dejar de pensar que está asistiendo a un espectáculo y que muchos de los que me rodean son turistas que asisten a una performance. Y, la verdad, no me extraña porque la danza del botafumeiro es, ciertamente, muy espectacular.

Me resulta difícil concentrarme en la misa y me dedico a mirar a los que me rodean. Creo que el ratito con el santo me ha proporcionado suficiente emoción para todo el día. Voy localizando a mis amigos y amigas del camino y les hago señas para luego poder localizarnos entre el gentío.

Acabada la misa nos encontramos en la plaza frente a la catedral. Yo ya tengo decidido lo que voy a hacer. Mi intención es comer y volver al camino. Quiero salir de la ciudad; necesito hacerlo y reencontrarme con las sensaciones de libertad del camino. He tomado mi decisión durante la misa del peregrino. ¡Ya tengo demasiada ciudad: vuelvo al camino!

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Una respuesta a “6.2. El encuentro con “el santo” y los pasos del peregrino

  1. Marisol H. Hester

    . La iglesia de Santa María de Eunate, está situada a las afueras de Muruzabal, tenemos que desviarnos de nuestro camino para llegar a ella, pero merece la pena andar 4 o 5 kilómetros más .

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