6.1. La llegada a Santiago de Compostela: una decepción dolorosa

Una emoción especial nos embargaba. Sabíamos que ese mismo día alcanzaríamos Santiago. No habíamos planificado nada especial. Ni tan siquiera habíamos pensado en la hora en que llegaríamos y, como se verá, eso acabaría siendo un problema.

Iniciamos la etapa como cualquier otro día normal en el camino. Yo iba con Paloma y Carolina y, a no demasiada distancia por delante y por detrás, se hallaban Felipe, Klaus, Jesús, Xavi, Joan, Olga y Gema. No habíamos salido todos del mismo albergue pero hemos ido encontrándonos por el camino.

El paisaje no está resultando especialmente bonito. La Galicia que estamos contemplando es bastante impersonal. Si no fuera por los nombres gallegos de los carteles de los bares y las tiendas por los que pasamos podríamos estar en cualquier otro lugar.

La guía ya nos había avisado de que la última etapa era bastante decepcionante. Vamos hablando del final de camino y de la llegada a Santiago y caminamos sin prisa, con un ritmo de paseo. La tarde es soleada y corre una fina brisa que nos hace caminar muy a gusto.

Nos habían dicho que en O monte do Gozo, Fraga, el presidente de la Xunta de Galicia, había hecho construir unas instalaciones muy grandes con albergues y servicios para los peregrinos. Quizá fue por el nombre pero yo esperaba algo especial, bonito. No sé muy bien qué imágenes o sensaciones me evocaba, pero el nombre de O monte do Gozo me resultaba muy sugerente.

Seguimos nuestra ruta hacia O monte do Gozo. Vamos hablando de música y de canciones, Paloma y Carolina me piden que cante algo y lo hago bajito, sólo para ellas dos. Les canto el “Ave María” de Shubert en la versión que, de esa maravillosa pieza, hizo Albano. Llegando al final de la canción aparecen al fondo las instalaciones de O monte do Gozo. La decepción es total.

Un poco más adelante nos están esperando los demás. Habíamos hablado de la posibilidad de quedarnos aquí a pasar la noche y entrar a la mañana siguiente en Santiago pero a ninguno de nosotros nos apetece. La impresión que nos producen los edificios es artificial y gris. Para nada liga con el estado de ánimo que traemos. Decidimos continuar adelante.

La entrada en Santiago es muy confusa y no está bien señalizada. Tenemos que preguntar. A ninguno de nosotros nos gusta; no es esto lo que esperábamos. Se nos contagia la imprecisión de la entrada; también nosotros estamos confusos: ¿Cómo puede ser que después de tanto camino la entrada no sea algo más, no sé, agradable? ¿atenta? ¿clara, respetuosa con el peregrino? –nos preguntamos-.

La catedral no aparece por ningún sitio y no sabemos muy bien hacia dónde tirar. Un peregrino sin mochila -pero peregrino por la pinta- se da cuenta de nuestra situación y nos auxilia.

–       Estáis muy cerca de la plaza de la catedral. –nos dice-. Sólo tenéis que subir esa cuesta y girar a la izquierda. Saldréis a la plaza del Obradoiro. Yo he llegado esta mañana y me ha pasado lo mismo. La entrada está muy mal señalizada y como no se ve la catedral no se sabe muy bien hacia donde tirar.

Le dimos las gracias y nos apresuramos a subir la cuesta con la idea de ir, lo primero de todo, a ver al santo.

La entrada en la plaza fue muy emocionante. La fachada de la catedral frente a nosotros lucía magnífica al sol de la media tarde. Cruzamos la plaza embargados por la emoción y empequeñecidos ante la magnificencia de la catedral. Ciertamente era la antesala de la gloria y hacia su pórtico nos dirigimos. En la plaza había, aquí y allá, muchos peregrinos en grupos y en parejas. Abundaban los sombreros, las mochilas y los bordones.

La noticia nos llegó antes de alcanzar la subida al Pórtico de la Gloria: la catedral está cerrada.

–       ¿Cómo podía ser? Eso era imposible -No dábamos crédito a lo que nos decían; no nos lo podíamos creer-. Tiene que haber un error. Es imposible que la catedral esté cerrada. ¿Cómo puede ser que no reciba a los peregrinos que llevan tantos días caminando; que vienen de tan lejos?

No estoy seguro exactamente de la hora a la que llegamos, pero no era, de ninguna manera, tarde. Quizás las 18 ó 19 horas; no más tarde. Creo recordar que no hacía mucho que la habían cerrado pero para nosotros estaba cerrada a cal y canto.

Nos sentamos un rato a la sombra en los soportales del edificio que hay frente a la fachada de la Catedral. Nos quedamos allí sentados, mirándola como tontos; sin saber muy bien qué hacer. Estuvimos un buen rato sin decir nada. Ninguno de nosotros hablaba. Estábamos literalmente desolados. No podíamos dar crédito a lo que nos había sucedido. No lo entendíamos: ¿Cómo era posible que la catedral estuviera cerrada? Lo hubiéramos entendido, sin duda, si hubiera sido de noche. Pero no era el caso.

Nos costó mucho reaccionar. Fue el choque del camino con la vida; de la regla decidida y compartida con la regla impuesta; de la amplitud y libertad del campo con la cerrazón y rigidez de la ciudad.

–       Ahora no estáis en el camino, -parecía decirnos la situación- estáis en la ciudad, en la organización, en el sistema; donde para que todo funcione hay que obedecer normas, reglas y jerarquías. ¿Queréis visitar el santo y la catedral? Bien, pues tendréis que hacerlo en horario comercial. –Este era el mazazo que nos había dado la realidad de nuestra llegada a Santiago-. Dolía, de verdad dolía, saber que en realidad nada había cambiado.

Más tarde comprendimos lo que nos había pasado. Nuestro error había sido no hacer lo que habían planificado para nosotros los gestores, los administradores y políticos que pretendían regular el camino e imponer lo que se puede y se debe hacer. Deberíamos habernos quedado a dormir en O monte do Gozo. ¿Porqué? Porque de esa manera nos hubiéramos despertado al día siguiente, hubiéramos hecho unos pocos kilómetros y hubiéramos llegado a tiempo para la misa del peregrino; la del mediodía. Y todo hubiera sido maravilloso.

El castigo por tener la osadía de decidir nuestro camino fue no poder ver al santo y –quiero repetirlo-: ¡Eso nos dolió! Habíamos seguido nuestro propio guión y ahora pagábamos las consecuencias de nuestra decisión. El camino, al fin y al cabo, no era la vida y volver a ella significaba entrar otra vez en el río de las normas y regulaciones que estructuran la vida cotidiana en nuestras sociedades; reglas que no han sido decididas por los que las vivimos.

Pero, en realidad, no era verdad que nada hubiera cambiado. Nosotros, los peregrinos, lo habíamos hecho. Llevábamos a la espalda kilómetros y kilómetros de experiencias, de vivencias, de sensaciones y de aprendizajes ¿Cómo era posible no cambiar con tal bagaje?

Ninguno de nosotros era el mismo que cuando inició el camino y por muchas ciudades, reglas, jerarquías o catedrales cerradas que nos encontrásemos eso no cambiaría. Nosotros seguiríamos siendo peregrinos y estando en el camino. Al menos a eso sí que podíamos aferrarnos para seguir adelante. En realidad, no importan ni la iglesia ni la ciudad; los que importamos somos nosotros. Nosotros los peregrinos somos el centro; todo lo demás es accesorio. El camino es el centro; mi camino de peregrino y los pasos que voy dando aprendiendo día a día a sortear los obstáculos, a disfrutar los placeres y a encajar las decepciones y disgustos.

Con el regusto agrio de la decepción y el ánimo reforzado por sabernos peregrinos más allá de cualquier regulación externa, tenemos que volver a lo práctico y pensar cómo resolver nuestra estancia en Santiago. Decidimos tomar como punto de reunión el lugar donde estamos y nos separamos para intentar encontrar alojamiento para pasar la noche.

Cuando nos reagrupamos elaboramos un plan. Vamos a tener que dormir en subgrupos en casa de particulares que alquilan habitaciones puesto que los dos albergues que hay en la ciudad están lleno a rebosar. Así que decidimos cómo repartirnos y quedamos a una hora para ir a cenar. Nuestro plan es cenar a base de tapas, pescado y marisco. ¡Vamos a enterrar las penas en la mejor Galicia gastronómica!

Yo me alojé en una casa particular con Paloma, Carolina y Jesús.  Duchados y preparados nos acercamos al punto donde habíamos quedado todos para ir a cenar. Una cena compartida y una copa después donde comentamos lo que íbamos a hacer al día siguiente. Teníamos una cita inexcusable: la misa del peregrino en la catedral a las 12 del mediodía.

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