5.12. La luz en el camino

La historia que voy a contar comienza mucho más atrás en el camino; concretamente en el albergue de Nájera. Pero ahora, al transcribir las notas del diario, me he dado cuenta de que no la anoté. Es extraño porque es algo que, después de tantos años, sigo recordando con claridad y, si alguien me hubiera preguntado, hubiera afirmado, sin ningún género de duda, que la había recogido en mi diario del camino. No fue así por lo que la cuento ahora.

Encima de la litera en la que iba a dormir en el albergue de Nájera me encontré una pequeña linterna que daba una luz muy potente para el tamaño que tenía. Era de color negro y, aun siendo pequeña, pesaba mucho. Tenía la forma de un bolígrafo, aunque un poco más gruesa y, al igual que aquellos, disponía de un aplique de metal para sujetarla en el bolsillo del pantalón o la camisa.

Estaba dejada encima y en el centro de la litera como si, de verdad, fuera para mi. Recuerdo que lo comenté con Xavi y con Joan, los valencianos, y luego pregunté por ella al hospitalero y a los peregrinos que había en el albergue. La linterna no era de nadie. Después de consultarlo con el hospitalero decidí quedármela. Los valencianos me comentaron que eso era, seguro, una cosa del “santo” y que la guardara porque en el camino podría necesitarla.

No volví a pensar en ella, guardada en un bolsillo de la mochila, hasta que, efectivamente, la necesité.

Se nos había hecho muy tarde. Había sido una etapa muy relajada. Estuvimos caminando en grupo y más atrás y más adelante de nosotros habían ido quedando diferentes peregrinos. Algunos porque querían ir más deprisa y otros porque querían caminar todavía más relajados.

El caso es que las catalanas Olga y Gema están caminando conmigo y se nos está haciendo de noche. No recuerdo muy bien desde dónde decidimos continuar camino pero nuestro propósito es llegar hasta el pueblo de Rua porque en el anterior albergue, en el que pretendíamos quedarnos a dormir, estaba cerrado. Nos vemos obligados a seguir hasta el albergue de Rua porque es la única opción posible para dormir a cubierto.

El clima también se está complicando mucho. Se ha levantado un aire muy fuerte y está empezando a llover. Los tres avanzamos envueltos en nuestros chubasqueros y nos vemos obligados a caminar por una carretera por la que circula mucho tráfico. Hemos perdido la ruta y tampoco estamos muy seguros de estar siguiendo la dirección correcta.

Vamos muy incómodos e inseguros. La noche ha caído y cuando la carretera pasa por algún grupo de casas todo parece estar cerrado y sin ninguna luz. Los tres estamos asustados. Viendo que la cosa se está poniendo fea intento tranquilizarlas diciéndoles que seguro que en algún momento vamos a llegar a algún sitio; que no se preocupen.

Llevo la linterna encendida sujeta a mi bordón para que los coches y los camiones que pasan la vean y no nos atropellen. Enseguida tuve claro que eso era lo que tenía que hacer y fue una de las cosas que más nos ha tranquilizado a todos. Somos visibles en la desapacible oscuridad que nos rodea.

Avanzamos por el arcén de la carretera en fila india lo más rápido que podemos y casi no podemos ni hablar entre nosotros. Yo camino por delante. También tengo miedo y estoy inseguro respecto a si vamos o no en la buena dirección pero siento que estoy fuerte y protegido. Quizá fuera de contexto parezca una tontería pero la sensación que yo tenía en aquel momento era la de que el “santo” estaba conmigo, me guiaba y me protegía. Era lo que yo sentía y aún hoy recuerdo aquella sensación con claridad. Sé con seguridad que, al final, todo va a salir bien. Y así se lo hago saber a Olga y a Gema que caminan tras de mi.

Al final, a las 10’30 horas de la noche llegamos, calados de agua y agotados de cansancio, a un albergue en el que había luz. Todo el mundo dormía. Nos abrió el hospitalero y nos dijo que sólo quedaban dos camas. Ellas deberían compartir una en la zona de chicas y yo la otra en la de chicos. Recuerdo que fue una sensación un tanto extraña para mi. Yo hubiera preferido haber tendido los sacos en el suelo y haber dormido los tres en el comedor.

La sensación que tuve al entrar al albergue no me gustó.  Sentí que al hospitalero le molestaba que hubiéramos llegado tan tarde. Una sensación totalmente diferente a la que estábamos acostumbrados al llegar a los albergues del camino. Lo normal era que los hospitaleros y hospitaleras nos recibieran con los brazos abiertos y nos ayudaran en todo. En este caso la sensación fue justo la contraria; estaba claro que habíamos llegado a deshora. No habíamos comido nada y ni tan siquiera nos dio opción. Las dos chicas a la habitación del piso de arriba y yo a una que estaba en la planta baja en la que había muchas literas. Fue como romper el vínculo que habíamos establecido en el difícil momento que acabábamos de pasar.

Después de haber caminado tanto rato por la carretera a merced del aire y el agua, iluminados nada más por la linterna y por los faros de los automóviles y camiones que pasaban, la luz del albergue me pareció pálida y mortecina. Tengo el recuerdo de aquel momento pegado a la piel y no sé muy bien porqué pero no es un recuerdo agradable.

Al día siguiente, de vuelta en el camino, tanto Gema como Olga me dieron las gracias y me dijeron que lo habíamos conseguido gracias a mi y que conmigo se habían sentido seguras. Ni que decir tiene que me sentí pletórico. Comentamos lo de la linterna y ni a una ni a la otra les cupo la más mínima duda de que la linterna nos la puso allí el “santo”.

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