5.11. Una velada llena de historias en la cátedra de ecología

La guía que tenía del camino hablaba de un bosque a la salida de Melide y lo caracterizaba como una cátedra de ecología. El lugar era efectivamente magnífico; de esos que parece que ya no deben existir en ningún sitio porque nuestra civilización consumista y derrochadora ha degradado todos los que quedaban. Eucaliptos, robles, pinos y unas aguas claras y límpidas componían un cuadro idílico y casi irreal de tan perfecto.

Llegamos allí a media tarde. El lugar nos gustó tanto que comentamos la posibilidad de quedarnos a dormir al raso. Pensábamos en hacer un fuego, en compartir nuestra cena y en dormir a su alrededor. Ahora bien, si deseábamos hacer fuego no nos podíamos quedar donde estábamos, porque el lugar era demasiado perfecto y temíamos estropearlo, así que se imponía encontrar algún sitio más apropiado.

No muy lejos de la cátedra había una amplia campa entre los árboles que daba al río. Comentamos que, en el centro mismo de la campa, no habría ningún peligro de que el fuego se pudiera extender puesto que la distancia hasta los árboles era lo suficientemente amplia. Creo recordar exactamente todas la personas que elegimos quedarnos a pasar allí la noche: Gema y Olga, las catalanas; Felipe el vasco; Klaus el suizo; Margarita, la australiana; Jesús el madrileño, su hermana Paloma y su amiga Carolina; Lorena, la argentina; Joan y Xavi, los valencianos; Chus, la burgalesa; y, por último, yo mismo, riojano de nacimiento y catalán de adopción. El mosaico de personas y de orígenes era diverso y variado así que la noche prometía ser muy interesante.

Nos ubicamos en el centro mismo de la campa. Todavía había luz de día pero sabíamos que no duraría mucho tiempo. Íbamos hacia el final de agosto y comenzaba a notarse que amanecía más tarde y anochecía antes. Yo dirigí los primeros pasos en la organización de la acampada. En un paraje tan bello como aquel no teníamos derecho a estropear nada. La idea era que, cuando nos fuéramos por la mañana, todo quedara exactamente igual como lo habíamos encontrado.

Años atrás, cuando estaba haciendo la tesis doctoral, pasé los meses de verano de tres años consecutivos en el monasterio benedictino de Valvanera, en la Rioja. Fueron los monjes, en las salidas que hacíamos los fines de semana a caminar por el monte, los que me enseñaron cómo hacer fuego en la montaña.

Mientras unos cuantos iban al río, en busca de piedras lo más planas posible, otros marcaron un círculo en el suelo del diámetro aproximado del fuego que pretendíamos hacer. Con las navajas cortaron y levantaron el manto de hierba y lo dejaron apartado a un lado. La idea era volver a colocarlo por la mañana para que todo quedara como si no hubiera pasado nada.

Rellenamos el hueco de tierra desnuda con las piedras planas que habíamos cogido en el río e hicimos el fuego encima de ellas. Es la técnica que los monjes me explicaron para evitar que la humedad del suelo impidiera hacer y mantener el fuego. En este caso nos serviría también para no dañar el prado. Al día siguiente recogeríamos las cenizas, devolveríamos las piedras al río y volveríamos a colocar el círculo de hierba que habíamos retirado.

Charlando acerca del saber popular del campo, Jesús nos contó una historia que le explicaba su abuelo para evitar la lluvia cuando te cogía, solo y sin protección, en mitad del campo. El truco era muy sencillo.

–       Si ves que empieza a llover –nos contó, que le decía su abuelo-. Quédate en calzoncillos o, todavía  mejor, desnudo. Busca una piedra, si es grande mejor, dobla la ropa bien doblada y siéntate encima de ella para que no se moje. Después de la lluvia tu estarás mojado pero tendrás la ropa seca.

Cuando cayó la noche el fuego crepitaba con fuerza en el centro del círculo que habíamos hecho a su alrededor. Un cielo limpio y estrellado nos cubría y pasamos buena parte de la velada mirando la vía láctea, que era perfectamente identificable en las alturas. Estuvimos comentando cosas de las estrellas e intentamos poner nombres a las constelaciones, aunque pronto quedó claro que ninguno de nosotros éramos otra cosa que simples aficionados.

Cada uno aportó al grupo la comida que llevaba y compartimos una cena diversa y abundante. Felipe era el encargado de ir alimentando el fuego para que no se consumiera. La provisión de madera que habíamos traído del río era suficiente y nos duró toda la noche. Más de una vez nos sorprendió o asustó a todos saliendo del círculo de luz y lanzando al fuego, desde fuera y cuando menos nos lo esperábamos, alguna rama que impactaba con fuerza y despedía constelaciones de chispas sobre todos los que estábamos estirados alrededor. El juego entonces estaba asegurado. Le increpábamos diciéndole de todo y Klaus incluso una vez le lanzó una bota que, para su sorpresa y la nuestra, le dio de lleno en la cara y consiguió que todos nos desternillásemos de risa.

Después de cenar, unos sentados, otros recostados sobre las mochilas y otros, por último, ya embutidos en los sacos de dormir, nos pusimos a explicar historias. El trémulo reflejo de las llamas danzaba sobre las caras de todos los que estábamos alrededor del fuego y el efecto era sencillamente mágico. Un mar de sensaciones y sentimientos se bordaron aquella noche bajo el manto de un cielo sereno, profundo y estrellado. Al ritmo de las historias sentimos el placer de compartir la magia de la vida.

Fue una velada con muchas historias de las que, lamentablemente, sólo unas pocas han quedado en el recuerdo. A lo largo de los años, más que las historias concretas, he atesorado imágenes y sentimientos de aquella velada tan especial.

Una de las que me quedaron grabadas la explicó Xavi e iba de escritores españoles de la llamada generación del 98. La verdad es que no recuerdo bien cual de los dos, si Miguel de Unamuno o Ramiro de Maeztu, había escrito la obra de teatro que se estaba representando. Tampoco me acuerdo, en consecuencia, quien era, de los dos, el que la estaba viendo sentado en la platea. Xavi nos dijo que los dos escritores se tenían mucha inquina y que eso fue lo que motivó la anécdota. Iba más o menos así:

–       El teatro estaba lleno ya que el autor estrenaba la obra que acababa de escribir. Todo Madrid había acudido a dicho estreno. Pues bien, resulta que el personaje que estaba en el escenario describía a una mujer diciendo de ella que “…..iba vestida de seda y tenía nervios de acero”.

–       Se ve que en ese momento el otro escritor, sentado en las primeras filas de la platea y con evidentes ganas de fastidiar a su rival, se puso de pie y a voz en grito dijo: “Eso no es una mujer: es un paraguas”

Xavi nos dijo que se montó una buena en el teatro y que eso encendió todavía más las riñas y discusiones entre los dos escritores. A todos nos hizo mucha gracia la anécdota.

Klaus era la persona que, con diferencia, más tiempo llevaba en el camino y más kilómetros había recorrido. No sé muy bien cómo pero se puso a explicarnos el porqué y el cómo de su camino. Nos dijo que estaba harto de su trabajo y de la vida que llevaba y que un día, sin pensárselo demasiado y sin preparar prácticamente nada, cerró con llave la puerta de su casa y se puso a caminar.

Tampoco recuerdo muy bien a qué se dedicaba. Creo que nos explico que realizaba a algún tipo de trabajo técnico relacionado con la electricidad y, también, que utilizaba sus conocimientos para hacer algún tipo de arte, aunque no puedo estar seguro.

Con un castellano vacilante nos explicó que todo fue muy mal en su camino hasta entrar en España; que lo pasó realmente mal.

–       Ni en Suiza ni en Francia entienden lo que es y lo que significa hacer el camino de Santiago – nos dijo-. Cuando me preguntaban qué hacía y a dónde iba y yo les respondía que estaba en el camino, me miraban como si estuviera loco de atar. No entendían nada.

Comentamos que eso debía ser así porque en esos países no están acostumbrados a encontrarse personas haciendo el camino y porque allí esa tradición no existe. Klaus nos lo confirmó y continuó:

–       La gente me trataba como si yo fuera o un pobre diablo o un delincuente y la mayoría se apartaban de mi. Yo para ellos no era nadie y eso me obligó, en más de una ocasión, a pedir como si realmente fuera un pobre. Aunque…… ¡¡Ya veis que lo soy!! –Añadió con un gesto que hizo que todos nos echáramos a reír-

–       Tú lo que tienes es mucha cara –Le apostilló Felipe-.

Prácticamente todos le empezamos a vacilar con bromas relativas a la pinta de pobrecito que tenía y a lo mucho que debía sufrir. Después de unas buenas risas, Klaus continuó explicándonos:

–        Las cosas cambiaron totalmente al entrar en España. Aquí el camino existe y ser un peregrino es ser alguien. Todo el mundo lo entiende. No tiene nada que ver hacer el camino aquí o hacerlo fuera de España. Aquí el peregrino tiene un estatus y todo está pensado para ayudarle.

Todos coincidimos con él en eso y más de uno y de una comentó algunas situaciones del camino en las que personas de muy diferente tipo les habían ayudado sin “poner caras raras” ni pedir nada a cambio. Estuvimos de acuerdo en que esa era, precisamente, la magia del camino.

Yo también les expliqué una historia; la de Paco, el niño que quería hacer de Rin-tin-tín.  Les dije que es algo que me sucedió cuando yo tenía 20 años y empecé a trabajar en Barcelona en una escuela de niños y niñas con problemas de salud mental. Así se la conté:

–       Me encargaron una clase en la que había unos diez niños y niñas de entre 7 y 12 años. Las discapacidades que sufrían eran variadas e incluían niños diagnosticados como mogólicos, autistas, psicóticos y otros tipos de problemas relacionados con la salud mental. El encargo era el de ocuparme de ellos cada día de la semana durante una hora después de la comida. Con el director del colegio acordamos que yo trabajaría con ellos temáticas relacionadas con la expresión artística. En aquella época –les expliqué- yo estaba estudiando en la escuela de teatro y eso me daba la oportunidad de aplicar lo que estaba aprendiendo al mismo tiempo que me ganaba la vida.

En la primera sesión de clase con los niños y niñas les expliqué las cosas que íbamos hacer en esa hora diaria y les planteé la posibilidad de acabar montando una obra de teatro que representaríamos para el resto de la escuela. Los niños y niñas de la clase se entusiasmaron. Recuerdo que todos empezaron a saltar a mi alrededor manifestando la alegría y la ilusión que les hacía. Aunque todavía no los conocía hubo un niño mogólico, gordito y con gafas que se llamaba Paco, en el que me fijé especialmente. Él también saltaba a mi alrededor pero lo que me llamó más la atención fue que él levantaba el dedo, como hacen los alumnos en clase para llamar la atención del profesor, y luego se señalaba a sí mismo y con una voz gutural decía:

-¡¡ Yo Rin-tin tín!! ¡¡Yo Rin-tin-tín!!- Y lo repetía una y otra vez saltando, levantando el dedo y señalándose a sí mismo con gran entusiasmo.

Al principio no le preste mucha atención. Simplemente le dije que sí, que ya lo haríamos y ahí quedó la cosa. Al día siguiente comenzamos a hacer juegos y enseguida Paco me insistió en que él quería hacer de Rin-tin-tín. Tal fue su insistencia que al final le dije que de acuerdo, que él podía hacer de Rin-tin-tín.

Se le ilumino la cara y con la celeridad del rayo se puso en el suelo a cuatro patas y empezó a correr por la clase y a ladrar. Me quedé estupefacto. Nunca en mi vida había visto nada igual. No lo hacía como los perros: ¡¡¡era un perro!! Corría a cuatro patas, sacaba la lengua jadeando exactamente igual que hacen los perros y se paraba delante de mi mirándome como esperando que yo le diera órdenes o le lanzara un palo para ir a buscarlo.

Era algo alucinante; yo no lo podía creer. Lo más divertido era que, si veía algunos niños haciendo tonterías y yo les reprendía, corría enfadado hacia ellos ladrándoles y los llegaba a arrinconar contra la pared cercándolos como si fueran ovejas. Cuando yo le decía que parara volvía corriendo a cuatro patas hacia mi e intentaba lamerme las manos.

Yo estaba tan sorprendido que se lo comente al director de colegio y él me explicó la siguiente historia.

Me contó que unos cuatro años atrás le trajeron a Paco a la escuela. No era solamente que el niño fuera mogólico; el problema era que actuaba como si fuera un perro. Su familia ya no sabía que hacer con él pues por más que le riñeran o castigaran no conseguían que se comportara de manera normal.

 Los padres del niño, una familia andaluza que había emigrado a Cataluña, explicaron  al director de la escuela, el origen del problema.

Parece ser que ellos se iban cada día a trabajar y dejaban al niño con su abuela. La abuela salía a trabajar al huerto y lo que hacía, para conseguir que el niño no la molestara y la dejara trabajar, era atarlo a un árbol. El niño debía de ver algún perro cercano que estaba en sus mismas condiciones y acabó por creer que él mismo era también un perro por lo que comenzó, en consecuencia, a comportarse como tal.

Manolo, el director del colegio me contó cómo trataron el problema. Trajo su perro a la clase y durante mucho tiempo Paco, el perro y los otros niños compartieron el aula de clase. Eso hizo que, con el tiempo y por comparación, Paco fuera dándose cuenta de que él era un niño y no un perro.

Que supiera que era un niño no le impedía, sin embargo, querer hacer, sin castigos, enfados ni malas caras, aquello que mejor hacía y más le gustaba hacer: de perro.

La historia les encantó y estuvimos mucho rato comentando cosas de aquella época y del contexto en el que se desarrolló.

De allí pasamos, como no podía ser de otra manera, a hablar del camino y del significado que tenía para cada uno de nosotros. Era lo que todos y todas compartíamos y el calor del fuego hizo aparecer los motivos que nos impulsaban y los sentidos que le encontrábamos a lo que estábamos haciendo. Se habló del camino como experiencia religiosa aunque la mayor parte de los que estábamos allí aquella noche preferíamos hablar del camino como experiencia espiritual.

Veíamos claro que hacer el camino estaba produciendo cambios en nosotros. Gema comentó que los cambios eran muy sutiles y que los advertiríamos de forma más clara una vez hubiéramos acabado el camino.

Comentando los enfoques esotéricos del camino volvió a salir a colación un tema del que, desde unas cuantas etapas atrás, venía hablando con diferentes peregrinos: la continuación del camino hasta Finisterre.

–       En Santiago acaba el camino religioso –comentó Olga- pero ya sabéis que el camino que se pone de moda en la edad media sigue en realidad una ruta anterior de origen pagano que se trazó siguiendo la Vía láctea.

Esas palabras hicieron que todos miráramos hacia el cielo y comentáramos lo bien que se veía desde aquí y lo imposible que era hacerlo desde las ciudades. Alguien añadió que la vida ciudadana había cortado nuestros vínculos con la naturaleza y que en este camino tenía la sensación de estarlos recuperando. A lo que Olga añadió que para ella el camino no se acababa en Santiago.

–       Yo pienso continuar el camino hasta Finisterre– nos dijo-.

–       Yo también -apuntó Klaus-. Hay que hacer el rito del renacimiento.

A mi ya me lo habían explicado pero había algunos que no sabían a qué se refería. Fue Lorena quien nos contó el significado y la forma del rito.

–       Es un rito esotérico o pagano. Supone que el camino ayuda al peregrino a hacer una limpieza interior. Produce en él una transformación que lo convierte en una persona nueva. Esa transformación se simboliza a través de un rito que consiste en quemar alguna cosa propia al acabar el camino. Es como decir: Quemo el pasado, acabo con él y como el fénix renazco de las cenizas. Ahora voy a ser una mujer nueva.

A todos nos pareció una idea muy interesante. Creo que fue allí mismo donde decidí que yo continuaría hasta el final. Había estado dándole vueltas a la idea pero todavía no me había acabado de decidir. La mayoría de los que estábamos dijimos que llegaríamos hasta Finisterre, el “fin de la tierra”.

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