5.10. Pulpería Ezequiel

Creo que fue en Leboreiro, el primer pueblo de la provincia de A Coruña. En un precioso puentecito enlosado, sobre un arco de medio punto a través del que circula el río Seco, volvimos a juntarnos el grupo de amigos peregrinos. Habíamos estado haciendo desperdigados los últimos kilómetros. Allí fuimos llegando, poco a poco, todo el grupo de Pierre, Michel, Lorena, Klaus y Felipe, las catalanas y las aragonesas, etc.

La sensación del reencuentro siempre era curiosa. Sabes que todos están en el camino pero no sabes muy bien exactamente dónde; si quedaron atrás o si te adelantaron. Las primeras palabras del encuentro tratan también siempre sobre lo que se ha hecho desde la última vez que nos vimos: ¿Dónde te has parado? ¿En qué lugar estaba cada uno cuando los otros lo adelantaron? ¿Cómo es que no nos hemos visto si los dos estábamos allí? ¡Qué pena que te hayas perdido esto o aquello! ¿No sabías que aquello estaba en aquel sitio? Es como una especie de actualización sobre el camino que compartimos.

En otros trechos de camino nos habían hablado de la pulpería Ezequiel en el pueblo de Melide. Allí, según decían, se comía “el mejor pulpo de Galicia”. Por las redes sociales –físicas, en aquellos años- que teje el peregrinaje circulan informaciones de todo tipo y cada peregrino o grupo de peregrinos selecciona aquellas que le resultan relevantes. Yo era un buscador de noticias gastronómicas, entre muchas otras, así que anuncié que yo no pensaba quedarme sin pasar por la pulpería.

Hacia allí nos dirigimos en grupo. El lugar, tal y como lo recuerdo, producía una sensación bastante cutre. Era una nave grande. A la izquierda de la entrada una barra corrida de bar, a la derecha varias mesas largas, perpendiculares a la barra, con bancos corridos a ambos lados. Me recordó al albergue de Jato.

El pulpo que comimos fue extraordinario y nos trataron muy bien. Recuerdo que disfrutamos la comida y la compañía y que lo pasamos muy bien.

Creo que fue allí también, en la sobremesa, cuando Chus y Klaus me escribieron unas notas de recuerdo en mi diario. Esto es lo que me puso Chus:

  • Cuando empezaste este camino has dejado muy lejos, creo, algo que no te gustaba. En Finisterre comienzas de nuevo. ¡Disfrútalo!

Chus.

Klaus también me escribió unas palabras en alemán y me hizo un pequeño croquis para saber llegar hasta su ciudad. El tiempo que ha pasado desde entonces, alguna gota de agua descuidada sobre la tinta y el pudor de transcribir mal sus palabras hacen que prefiera ir directamente a lo que él me tradujo. Su nota decía:

  • Al fin del mundo solamente puede llegarse a pie.

                                                                                                         Klaus.

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