5.8. El sentido del peregrinaje

Creo que lo que voy a contar me sucedió en el trayecto de Portomarín a Palas del Rey pero no estoy del todo seguro. La etapa me estaba resultando realmente dura. Me faltaban, más o menos, unos 11 kilómetros para llegar al final de la misma y prácticamente no podía caminar. Volvía a tener mucho dolor en un tendón o en un músculo de la parte posterior de la espinilla derecha. El caso es que llevaba varias horas caminando con mucha dificultad. Viajaba solo y, si podía seguir caminando, era únicamente gracias a mi bordón que, a estas alturas del camino, era ya mi hermano, mi guía y mi soporte. Había ido perdiendo, no sabía muy bien si por delante o por detrás de mi, a todos mis compañeros y compañeras de camino.

A lo lago de la etapa me habían pasado o yo mismo había ido adelantado a muchos peregrinos, pero con ellos no había tenido un especial contacto más allá del saludo de quien sabe compartir camino o destino. En un momento determinado me doy cuenta de que no puedo más. Me duele mucho la pierna y necesito pararme a descansar. Deben ser las 17 o 17’30 horas. Me tiendo a un lado del camino. Tres chicas que había visto paradas más atrás, mientras yo caminaba a duras penas, pasan ahora por una senda frente a mi. Me preguntan que cómo estoy y que a dónde me dirijo. Les digo que pretendo llegar a Palas del Rey. Aunque ya han visto las dificultades por las que estoy pasando me animan a continuar mi camino y siguen adelante.

No han pasado ni cinco minutos cuando las veo desandar el camino y volver hasta donde yo estoy parado. Me dicen que han pensado que, en las condiciones en las que estoy, no voy a poder llegar al albergue así que una de ellas va a darme un masaje en la pierna dolorida.

Durante unos 10 o 15 minutos estuvo masajeándome la pierna con una crema de árnica que llevaba. Después me dijo que continuara caminando y que ya nos encontraríamos en el albergue de Palas. Me dijo también que, antes de dormir, me daría otro masaje en la pierna.

Dudo que sin el masaje hubiera podido llegar. Me llevó todavía mis buenas dos horas alcanzar el albergue. Cuando llegué me encontré a las tres chicas esperándome y me dijeron que ya se estaban planteando salir a buscarme ya que les extrañaba que me costara tanto llegar.

Pensé que esa era la magia que producía el camino. Tres horas antes éramos absolutamente desconocidos y ahora ya se estaban preocupando por mi y pensando en desandar el camino por si necesitaba ayuda. Ese es el sentido del peregrinaje: la humanidad compartida y las necesidades comunes nos hermanan y nos llevan a pensar en el otro y a compartir con él o con ella aquello que tenemos.

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