5.6. Los perros en el camino gallego

En la guía que llevaba ponía que en la etapa de Triacastela a Sarria volvían a aparecer los perros, aunque tengo que decir que, en realidad, yo no me llegué a enterar de que hubieran desaparecido en ningún momento. En concreto decía: Los hay en cada casa y salen, aparentemente bravíos, al encuentro del peregrino. No hay que temer. Por allí han pasado ya cientos de caminantes y nuestra pierna no va a ser la preferida para morder.

Hubo dos hechos que me intranquilizaron especialmente. El primero, que esa información estuviera escrita en la guía. El segundo, la manera como estaba escrita. Uno tendía a no tener claro si el escritor nos advertía de un peligro o si, por el contrario, iba de valiente. En cualquier caso: ¿de qué iba?

A mi los perros no me habían dejado del todo tranquilo en el camino, quizás porqué, como se suele decir, olían mi miedo. Pero, fuera por lo que fuera, las relaciones entre ellos y yo no eran todo lo fluidas que, al menos, yo hubiera deseado. El hecho es que, como resultado de la información de la guía, tuve que pensar qué hacer, si asustarme o por el contrario, envalentonarme. Decidí que ignoraría a los perros. Fue una buena decisión.

En Galicia me encontré perros en todos los pueblos y tengo que decir que eran, en general, perros grandes. Pero no tuve ningún problema con ellos. Los perros me pagaron con la misma moneda que yo y me ignoraron totalmente, cosa que agradecí sobremanera.

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