5.3. O Cebreiro y la red de peregrinos del camino

De Vilafranca a O Cebreiro todo fue cuesta arriba. Me paré a comer en Herrerías y allí me encontré con Paloma y Carolina –la hermana jovencita de Jesús el madrileño y su amiga- por lo que continuamos caminando juntos. Lo mas remarcable de la etapa es que se entra en Galicia y que se produce, nuevamente, un cambio de paisaje muy importante. Recuerdo la empinada senda entre grandes castaños y enormes piedras por la que ascendimos hasta el pueblo de La Faba.

Es curioso porque me han quedado flashes muy vívidos de aquellos momentos. La ascensión era muy dura porque el firme alternaba sendero embarrado con grandes piedras y el desnivel era muy elevado en pocos metros. El día de descanso en el albergue de Jato, sin embargo, me había hecho recuperar las fuerzas.

La salida de la senda oscura y boscosa por la que ascendía era abrupta y se abría al pueblo de La Faba, que estaba desierto. La cuesta arriba daba a un pequeño claro entre dos casas y no se veía nada más aunque, justo al emerger entre los castaños, vi pasar a un lugareño montado en un burro. Una sensación de lo más rural.

Nada más llegar nos sentamos a descansar. Al poco apareció, saliendo de un recodo tras una de las casas, Felipe el vasco y nos pusimos a charlar. El resto de la etapa hasta el alto de O Cebreiro lo hicimos por unas sendas despejadas, sin árboles que no paraban de ascender. Era media tarde y, además de Felipe y las dos chicas jovencitas, caminaban con nosotros otros dos o tres peregrinos.

La charla durante la ascensión me fue confirmando cosas que ya sabía y que, en más de una ocasión, había comentado con otros peregrinos. Me dijeron que a partir de O Cebreiro el camino hasta Santiago se hacía multitud y que era muy difícil volver a estar o a caminar sólo. La razón era que, desde ese punto hasta Santiago, había, aproximadamente, unos 100 kilómetros y esa era la distancia mínima exigida de camino al peregrino para darle la Compostela. Había muchos peregrinos que comenzaban desde aquí su camino.

La Compostela o , también, Compostelana, es la acreditación que el peregrino obtiene de las autoridades eclesiásticas de Santiago de Compostela conforme ha peregrinado hasta allí. Si no justificas con sellos en tu credencial que has hecho al menos 100 kilómetros no la obtienes.

El albergue de O Cebreiro era muy grande y allí nos encontramos buena parte de los peregrinos que habíamos ido coincidiendo en las últimas etapas. Estaban prácticamente todos: las chicas catalanas, las aragonesas, Jesús el madrileño, Klaus, Los valencianos Xavi y Joan, Lorena y el grupo de Michel y Pierre, Chus la burgalesa y muchos otros.

Los encuentros, como siempre, una alegría. Ya tuve esa impresión en León, pero aquí todavía se hizo más evidente. Habíamos ido conectado unos con otros y haciendo una red muy amplia de amistades y compañerismo. La red de peregrinos del camino. Cada uno de nosotros, fuera solo o en grupo, sabía que contaba con todos los demás, que nos ayudaríamos y nos cuidaríamos si lo necesitábamos. Los lazos estaban y ahí y creo que todos los sentíamos muy fuertes. No sabía cuánto o si durarían pero en aquel momento yo formaba parte de algo muy grande. Era y me sentía peregrino.

La sensaciones que tenía eran muy potentes. Me sentía muy lleno y muy orgulloso de ser peregrino y de estar en el camino. Todos los peregrinos y peregrinas eran mis hermanos y, en aquellos momentos, sentía que haría cualquier cosa por ellos. De aquella etapa me ha quedado, sobre todo, la fuerza con que sentía mis emociones.

Antes de ir a cenar fui a la iglesia a solicitar una nueva credencial de peregrino puesto que había llenado la que me dieron en Villalcázar de Sirga. La nueva credencial es igual que la última.

La iglesia de O Cebreiro, pre-románica, era una preciosidad. Cuando llegué estaba anocheciendo y dentro todo estaba muy oscuro. Había una iluminación muy débil a base de velas y el ambiente tenía una calidez trémula que te transportaba a la antigüedad, al medievo. Uno casi esperaba ver aparecer en cualquier momento a monjes y templarios. Aquello todavía acentuó más el sentimiento de ser peregrino y de estar en un camino intemporal, eterno. Me deje llevar por el ambiente y estuve un rato con los ojos cerrados disfrutando de las sensaciones.

Volví al albergue a buscar al resto de peregrinos y con los que todavía estaban allí nos acercamos a un mesón cercano donde nos estaban esperando todos los demás. Allí cenamos todos juntos.

Esa noche, antes de dormir y ya estirado en un jergón, estuve pensando que el camino, tal y como yo lo estaba haciendo, podía llenar una vida. Realmente era afortunado por estar haciéndolo. Tenía una misión: ir a Santiago; una tarea diaria: caminar; disponía de los recursos que me permitían no tenerme que preocupar por nada: tenía dinero para comer y para dormir y en el camino no faltaban lugares donde poder hacer ambas cosas; era libre de decidir qué hacer en cada momento: caminar o pararme, acompañar a unos peregrinos o esperar a otros; estaba abierto a la vida y a las sorpresas, fueran de paisajes o de personas; nada ni nadie me retenía o me empujaba; y disfrutaba, por último, de la solidaridad, la compañía, el calor y la ayuda de los peregrinos. Ahora mismo no sabría que más se le puede pedir a una vida.

Una vez acabado el camino supe que la vetusta iglesia de O Cebreiro era el resto de un antiguo monasterio. Leí, asimismo, que había leyendas que situaban en ella un milagro de transustanciación que convirtió el pan eucarístico y el vino misal en auténticas carne y sangre y que los Reyes Católicos donaron unas patenas de oro y plata como relicarios para conservar aquellas divinas pruebas.

Tradiciones espirituales y esotéricas apuntan que el cambio alquímico de la transubstanciación se relacionaba simbólicamente con el cambio interior operado en el peregrino. Es a partir de este momento y de este lugar, pasadas ya las más duras pruebas del camino –la llamada  iniciación–  cuando y donde el peregrino puede dar comienzo a su verdadera transformación interior.

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