5.1. Jato de Villafranca del Bierzo

Había hecho muy pocos kilómetros pero me encontraba bastante mal. Jorge, el “romántico cochambroso” y yo llegamos a Villafranca y, aunque vimos un cartel que señalaba hacia el albergue municipal, nosotros buscábamos la casa de Jato. Estaba ubicada junto a una pequeña pero preciosa basílica. De ella lo único que recuerdo es que era muy bonita pero muy oscura, como si fuera de color negro o como si la rodeara un aura de oscuridad. He buscado por curiosidad en Internet y, en las imágenes que he encontrado, no es, para nada, negra. Quizás la han limpiado o restaurado pero yo la recuerdo pequeña, bonita, negra y sucia.

Muy cerca de ella una especie de nave o tienda de campaña grande muy cochambrosa hecha con maderas y plásticos. Mi primera impresión fue la de entrar en un lugar muy cutre.

Pasada la puerta de entrada, a la izquierda, un panel de madera separaba los servicios en cuya puerta estaba escrito peregrinos/peregrinas. Entrando un poco más uno estaba ya en la sala principal de la nave. A la izquierda una larga barra de madera hacía de mostrador de bar. Tras ella un hombre como de unos 50 años estaba fregando unos platos. A la derecha varias mesas largas de madera con bancos continuos a cada lado se ubicaban perpendiculares a la barra.

La curiosidad por conocer a Jato me llevó a preguntarle al hombre tras la barra si era él. Me dijo que no que luego más tarde lo conocería. Me dijo que el se llamaba José Mari y que era de Donosti.

Al principio yo no entendía nada. Había varias personas en el albergue que entraban y salían, dentro y fuera de la barra, y, también, de una puerta junto a los servicios, que supuse conducía a la cocina, como si todo fuera suyo. Mientras me tomaba un café con leche, que José Mari me preparó, yo trataba de componer la situación. Lo más fácil hubiera sido preguntar. José Mari era una persona muy campechana y abierta y, como pude comprobar a lo largo de la tarde, también muy marchoso y divertido.

De lo que sucedió a lo largo del día conservo recuerdos vagos. Me acuerdo de que fueron llegando peregrinos y peregrinas que yo conocía. Aparecieron Klaus, Felipe, Olga, Gema, Lorena y muchos otros. Nos juntamos allí un grupo grande y lo pasamos muy bien. Comimos la comida que nos preparó la mujer de Jato. Sirviendo las mesas estaban sus hijas y otras personas que, como he dicho, yo no sabía situar.

En la charla de la tarde entendí que aquella era una casa abierta a la que venían personas y se quedaban a ayudar de diferentes maneras. Por ejemplo José Mari me contó que él disponía de tres días libres y se había venido desde Donosti a pasarlos con Jato en el Albergue. A lo largo del día lo vi ocupándose del bar y en algunos momentos de la cocina.

Junto al albergue vi los fundamentos de un edificio de piedra en construcción. Había paredes levantadas a una altura de metro o metro y medio. Más tarde Jato me explicaría que allí estaba construyendo su nuevo albergue: un albergue de piedra que construía con sus manos y con las de todos los peregrinos y peregrinas que le ayudaban. A veces había peregrinos que se quedaban varios días en el albergue para ayudarle en la construcción.

Jato era un hombre –me pareció aunque, como ya he dicho, no soy nada fiable en esto de las edades- de unos 50 o 55 años.  Fue muy interesante la impresión que me causó. Los relatos de los peregrinos que me habían hablado de él habían despertado mi curiosidad y lo habían convertido más en un personaje que en una persona de carne y hueso.

Lo estuve observando bastante rato antes de presentarme y hablar con él. Me dio la impresión de ser un hombre que sabía dónde estaba; que estaba donde quería estar y que ese era su lugar. Me pareció una persona con una clara determinación; una persona que es consciente de lo que tiene que hacer y lo hace. No podría decir que fuera un hombre abierto, al menos, esa tarde no estuvo especialmente comunicativo. Lo que vi meridianamente claro es que era un hombre dedicado al camino. El albergue y el camino eran su lugar, su misión y su vida.

A media tarde aparecieron tres mujeres, creo recordar danesas o alemanas de entre 40 y 50 años. Llegaron muy sudorosas y una de ellas cojeando ostensiblemente. Al ver cómo se acercaba renqueando a uno de los bancos, con el pie alzado sin poderlo apoyar, Jato, que estaba junto a la barra, se acercó a ella para ver qué le pasaba. Con un castellano bastante defectuoso le explicaron que hacía algunos meses que le habían operado del pie y que tenía los músculos totalmente contraídos y doloridos.

Yo recuerdo haber comentado con Felipe que no acababa de entender cómo se podía continuar en el camino en esas condiciones. Era evidente para mi que, de la manera que había llegado, no iba a poder continuar. Pero también pude ver en ella la fuerza de la determinación. Me las volvería encontrar –calculo que unos- tres o cuatro días más tarde y fue entonces cuando me dijeron que se veían obligadas a abandonar el camino.

Jato se fue detrás de la barra y sacó un recipiente de vidrio muy grande. Un bote de esos en los que se suelen poner conservas de melocotones en vino. Dentro, una solución transparente llena de pétalos pequeños de color amarillento y ocre. Jato nos explicó que eran flores de árnica macerándose en alcohol.

–       Lo mejor para los músculos –dijo-.

Es cierto que luego, en muchas ocasiones, busqué la composición en las cremas de farmacia y  la mayoría de las que se utilizan para los dolores musculares, llevan una buena proporción de árnica en su composición.

Jato se sentó en una banqueta baja y llenándose las manos del líquido del recipiente le dio unas friegas en la pierna a la mujer que cojeaba. El masaje que le dio fue muy fuerte. Yo pensé que le iba a acabar de fastidiar el músculo. Se me ocurrió que actuaba como esos curanderos que te cogen el brazo como si fuera la pata de una oveja, dan un tirón que parece que te lo van a arrancar y, de repente, te das cuenta que, no solamente no te lo han arrancado sino que notas que –increíblemente- ya no te duele.

Por la noche cenamos todos juntos, cantamos, explicamos historias y nos reímos abundantemente. Todos fuimos aportando cosas al grupo. Yo les hice una de las pocas gracias que sé hacer de mis tiempos de estudiante y actor de pantomima: moví el cuerpo independientemente de la cabeza y viceversa. Les expliqué que unas veces la cabeza se escapa del cuerpo y otras es éste ultimo el que va a su bola pasando de la cabeza. Les divirtió y se rieron.

Al día siguiente, cuando me paré a almorzar en un bar del camino, apareció José Mari. Un poco más y no lo reconozco. Llevaba un traje de cuero negro de motorista y afuera le esperaba una moto BMV muy grande. ¡Una imagen totalmente diferente de la que había tenido de él el día anterior en el albergue de Jato! Nos dimos un abrazo como si fuéramos amigos desde siempre. Me dijo que volvía a Donosti con la familia y me apuntó en mi diario su dirección y este pequeño texto relativo a las risas de la noche anterior:

A mi amigo “ser humano” de La Rioja con el deseo de que, en sus contorsiones, no pierda la cabeza y termine como yo.

Te quiero. 

José Mari

En la red he podido ver que el albergue de piedra de Jato está acabado.  Se llama del Ave Fénix, un nombre en extremo apropiado dada su historia. He visto también que tras él hay una asociación de amigos del camino que lleva el mismo nombre.

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