4.28. El poder de Santiago, el santo: de Molinaseca a Cacabelos

14/8/1996.

27ª Etapa. 7’15 h. Molinaseca –  20 h. Cacabelos

(18 kms.)

Salgo, como siempre, sólo. Camino por una acera junto a una carretera. Está amaneciendo y parece que hará buen día. El músculo de la espinilla de la pierna izquierda late con cada paso que doy. Voy cojeando perceptiblemente.

La acera se convierte en un camino de hormigón en el que, cada pocos metros, hay pilas de losetas esperando a ser colocadas sobre el suelo. Tener que sortearlas variando la dirección obstaculiza aún más mi ya torpe caminar.

Pronto se deja a un lado la carretera y el camino se interna entre corros sembrados. Llegará hasta una carretera comarcal que me lleva a Ponferrada.

Llego destrozado; estoy pagando las horas de larga bajada de ayer. Tengo que hacer algo; así no puedo continuar. En un bar me encuentro a los franceses: Pierre, Michel y las chicas. Cuando ve como camino Pierre me da 3 pastillas homeopáticas de árnica. Es un extracto de unas plantas de flores amarillas, que crecen en las orillas de la mayoría de las sendas y caminos, que, según me dice, es lo mejor para los músculos doloridos.

Sigo caminando por la ciudad y me encuentro a las alemanas. Llevan una farmacia homeopática ambulante. Un estuche de cremallera con pequeños recipientes cilíndricos y transparentes. Están llenos de unas ínfimas píldoras esféricas de color blanco. Llevan también una hoja con las instrucciones de uso. Me dan 3 pastillas para que me las tome hoy y 3 más para el día siguiente, por si no nos vemos.

Un poco más adelante me paro a desayunar en un bar y luego voy a una farmacia donde me dan, para los dolores musculares, la misma crema que llevaba Flora. ¡Desde luego, no será por remedios y ungüentos!

A través de Ponferrada el camino es un calvario. El dolor me obliga a cojear apoyando todo el peso del cuerpo en el bordón. El sol aprieta con fuerza y el calor es insoportable. Me gustaría llegar a Vilafranca del Bierzo porque me han hablado de Jato, uno de los personajes más conocidos del camino.

En Columbrianos le pregunto a un hombre si hay refugio en el pueblo. Me doy cuenta de que empiezo a flaquear. Me responde:

–       No, pero se podía haber quedado en Ponferrada –y con un tono conmiserativo, añade- Hay que ser sufrido.

Noto que me sube la ira, la adrenalina, la bilirrubina y todas las inas que se me puedan ocurrir. Tengo ganas de decirle: ¡¡Será posible!! ¡¡Pero usted ¿quién se ha creído que es?!!! Llevo casi 700 kilómetros en las piernas. Estoy como para que venga a darme consejitos.– Sin embargo le respondo:

–       Sí, tiene usted razón.

Me voy enfadado, molesto conmigo mismo por no decirle nada, por no devolverle su paternalismo innecesario e injusto. La frase me va dando vueltas en la cabeza y darme cuenta de eso hace que se me encienda la lucecita de alarma. Empiezo a pensar que quizás me estoy centrando demasiado en mi dolor y que es eso, probablemente, lo que me está causando la mayor parte de los problemas actuales.

Decido olvidarme del dolor y empiezo a apretar el paso. El santo –pienso- ha puesto a ese hombre en mi camino para darme la ira; de ella estoy sacando las fuerzas para avanzar.

Santiago, “el santo”, ha entrado, casi sin darme cuenta, a formar parte de la vida en el camino. Aparece aquí y allá en las conversaciones que sostenemos los peregrinos. No me cabe duda de que, para muchos de ellos, tiene un sentido literal y al pensar en él o al nombrarlo, están pensado en un prócer de la iglesia con poderes para obrar milagros.

Para mi y para buena parte de los peregrinos con los que he caminado y conversado, “el Santo” es la personalización de todo lo que de misterioso, de bueno y de mágico sucede en el camino. A él atribuimos todas las ayudas que se nos dan; las solidaridades que se despiertan y cualquier evento inexplicable al que atribuyamos valor. Es gracias a él que, superamos las debilidades, las incapacidades y los miedos que constantemente aparecen en el camino. Él es quien nos acompaña y nos protege. No es una fuerza religiosa; es la fuerza de la determinación y de la confianza que acompaña a cualquiera que se sienta y se piense peregrino.

Bajo el sol ardiente del mediodía, sudando a mares y con el latido constante del dolor en la pierna, paso Fuentes Nuevas y llego a Camponaraya. Voy pensando en parar a comer para así poder descansar. Aún habré de hacer un kilómetro largo de pueblo por la carretera hasta llegar a la plaza, donde hay un restaurante. Me pido el menú. Luego extiendo la esterilla a la sombra en la misma plaza y me tumbo a descansar.

Cacabelos: Del trayecto de este pueblo a Cacabelos sólo recuerdo el dolor y el sufrimiento. Un recorrido que hubiera podido hacer en menos de una hora me costó casi tres. Por el camino, que trascurre entre viñedos -una ruta que hubiera disfrutado en condiciones normales-, Australia me adelanta.

La tarde se ha puesto, afortunadamente, nebulosa y truenos lejanos hacen presagiar una tormenta. Pienso que eso es lo único que me falta: lluvia.

El pueblo es muy largo y todo él parece estar en venta. A ambos lados de la calle principal sendos carteles anuncian la venta de unas casas con galería de dos plantas que parecen estar bastante destartaladas.

Un aldeano muy amable me informa de que el albergue está en el polideportivo municipal y al verme cojear, me recomienda pasar previamente por la tienda a comprar sal y vinagre. Le hago caso y ya que estoy, aprovecho para comprar algo para cenar y para desayunar. Ayer se me ocurrió -¡gran descubrimiento!- que los frutos secos dan mucha energía y que estaría bien llevar en la mochila para desayunar o, simplemente, para cuando tuviera hambre en el camino. Aprovecho y compro una lata de cacahuetes fritos con miel. Los he probado y sé que son deliciosos.

En la entrada del polideportivo, que está cerrado, se encuentran Australia y un chico joven vestido con unos  vaqueros y una camisa de cuadros muy sucios. Me dicen que hasta las 19 horas no abren. Mientras esperamos van llegando chavales con atuendo deportivo. La verdad es que nos da muy mala espina y ya nos vemos preparando nuestros sacos en el suelo entre el griterío divertido de los muchachos.

Por fin aparece el encargado y, en contra de lo que nos pensábamos, no hemos de dormir en medio del gimnasio sino que disponen de una habitación con cuatro literas.

Tras una buena ducha pongo mis pies en remojo con vinagre y sal durante casi una hora. Mientras estoy en remojo mantengo una charla con Jorge, el chico joven que, según me dice, tiene 18 años. Es malagueño y tiene  pinta de romántico “cochambroso” que es como se define a sí mismo. Es evidente que lo de “cochambroso” lo añado yo a su definición. Cabello largo recortado sobre los hombros a lo “príncipe valiente” y un ligero bigote acompañado por una barba de lo más incipiente. Diría que el conjunto se asemeja bastante más a un clochard que a un romántico.

Se ducha y, sin ningún problema, vuelve a ponerse la misma ropa –sucia- que llevaba. Un atuendo que ya no se quitará ni para dormir.

Es un enamorado de Gustavo Adolfo Becquer y de todo lo antiguo. Es retraído y tiene las maneras de un joven hidalgo venido a menos. Al dirigirse a mi siempre me trata de vos.

Hablando con él pienso en lo que decía Ciorán: La juventud es fanática por definición. Jorge defiende sus ideas con la intolerancia de la falta de experiencia juvenil. Yo no puedo evitar darle la vuelta a sus opiniones mostrándole sus propias contradicciones.

–       Todo lo que no sean los románticos –me dice- es malo.

Le pregunto qué quiere decir todo y qué es lo que ha leído para poder hacer esa afirmación. Reconoce que no ha leído prácticamente nada.

Margarita, que así se llama la chica australiana, nos propone compartir la cena. Yo solo dispongo de dos yogures así que le digo que podemos compartir mesa pero no cena puesto que yo con lo mío tengo bastante y no parece que sea ni suficiente ni adecuado para compartir. Jorge ni siquiera cena.

La conversación es muy sabrosa. Cada uno explicamos el porqué de nuestro camino. Jorge cree conocer –con absoluta seguridad, afirma- su destino. Lo está haciendo por motivos religiosos. Nos dice que, en realidad, lo que él quiere es ser monje. Una idea sin duda muy romántica y muy poco realista –pienso, aunque no se lo digo-.

Margarita, nos deja entrever que ha estado o está muy enferma. Nos dice que lo hace por ella misma y también –me da la impresión- porque parece que nadie de su entorno creía que lo haría. Yo les doy también mis razones y les digo que lo más probable es todos hallemos el verdadero sentido de nuestros caminos cuando los hallamos acabado; cuándo podamos mirar hacia atrás y ver lo que han significado para cada uno de nosotros.

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