4.27. Ritos templarios y reflexiones fílmicas: de Rabanal a Molinaseca

13/8/1996.

26ª Etapa. 7’10 h. Rabanal del camino –  18 h. Molinaseca

(22 kms.)

 Está amaneciendo. Me encuentro muy bien y camino con paso muy rápido. La carretera asciende, a media altura, zigzagueando por las laderas de los montes. El paisaje montañoso es ahora totalmente verde. Nuevamente ha vuelto a cambiar el paisaje del camino. Los helechos que pueblan los lados invaden la carretera con su frondosidad. Veo que en algunos lugares los han tenido que segar. Se me ocurre que mientras en Castilla la naturaleza es austera, parca, y tímida aquí empieza a desbordarse.

Sigo ascendiendo. La guía dice que, si hasta Rabanal se han subido 300 metros a lo largo de 20 kilómetros, aquí se vuelve a ascender lo mismo pero en sólo 6 kilómetros.

No sé muy bien porqué pero el nombre de Foncebadón tiene para mi resonancias antiguas, medievales e, incluso, oscuras. Es un pueblo que está completamente en ruinas y el paso por su única calle, dejando a los lados casas derruidas, me resulta muy inquietante. No ayuda para nada el ladrido de los perros que oigo en la lejanía y, tampoco, uno grande de color negro que me parece ver pasando entre los muros derruidos.

Probablemente fruto de mi imaginación pues no llegué encontrarme con él. Ahora ya tengo experiencia con estas cosas. El camino me ha enseñado que nuestros miedos pueden encarnarse para hacernos ver lo que no existe así que, aunque no resulte fácil, hay que luchar para no dejarse poseer por ellos.

La cruz de hierro: Después de una dura ascensión que hago muy a gusto llego a la Cruz de Hierro. Está situada en lo alto de un mástil de roble de unos cinco metros de altura. Un inmenso promontorio de piedras en su base da cuenta de la ingente cantidad de peregrinos que han pasado por allí. Esa es la costumbre que yo ya conocía y que los peregrinos que me he ido encontrando por el camino me han comentado. Todos los peregrinos traen piedras de su camino a este promontorio.

Hay piedras de todos los colores y tamaños. Las hay talladas; las hay con nombres, fechas y símbolos grabados. Hay algunas muy grandes y a uno le cuesta pensar cómo las pudieron llevar o arrastrar hasta allí los peregrinos. Es posible que el tamaño vaya en relación con la promesa, el voto o el sacrificio prometido al santo.

Cuando estuve en Yagüe, en mi casa de Logroño, yo también cogí varias piedras pequeñitas pensando en este momento. Las lanzo a la inmensa pila y sigo mi camino.

El Acebo: El siguiente pueblo es Manjarín. Una campana suena cuando me acerco al refugio. Luego me dirán que esa es la forma de recibir a los peregrinos. Tomás, que se define a sí mismo como el último templario, es el hospitalero del lugar. Es un sitio especial; eso es algo que se capta enseguida.

Allí me encuentro a todo el grupo. Cada vez que nos juntamos nos abrazamos y besamos con gran alegría. La familiaridad de los encuentros en el camino nos está día a día hermanando. Me cuentan que me he perdido una noche maravillosa; con tirada de cartas y lectura del porvenir incluida. También que, por la mañana, a las 9 en punto, Tomás ha hecho un ritual templario con una espada. Me da rabia habérmelo perdido pero pienso que, si puedo, esta no será la única ni la última vez que haga el camino, así que no me importa demasiado.

Me tomo un café con leche y me pongo a trabajar en el bordón al agradable sol de la mañana. Estoy tan a gusto que, cuando el grupo se pone en marcha, les digo que tiren, que ya les alcanzaré. Lorena también se queda. Quiere ayudar trabajando unas horas en una casa que están construyendo. Dice que quiere hacer algo por el camino.

Cuando alcanzo al grupo los encuentro sentados en lo alto de un collado, junto al camino. La panorámica es, de verdad, impresionante: Un valle rodeado por altas montañas que compiten con diferentes tonalidades del verde. Al verme llegar me dicen:

–       Esto es parada obligatoria.

–       Ya lo creo –les digo, mirando el paisaje-.

Me siento con ellos y compartimos la comida. Hay una chica rubia, nueva, muy jovencita con ellos. Es Helena, tiene 21 años y es hermana de Javi, el atleta de Madrid. Es muy pícara y atrevida y tiene unos ojos azules encantadores.

Otra vez en el camino. Todo es bajada; estamos descendiendo de la montaña.

El Acebo es un pueblo del Bierzo precioso. El camino pasa por la calle principal. Nos paramos en una fuente a la entrada. Allí nos reagrupamos, bebemos, y nos disponemos a continuar. Pero, al llegar a la mitad de la calle, un letrero capta nuestra atención: Aquí se sellan credenciales. Entramos y yo, que me siento pleno y muy expansivo, pido vino y unos tacos de queso para todos.

Mientras degustamos las delicias del Bierzo nos fijamos en unos carteles colgados de la pared. Uno resalta con letra grande en negrita: DERECHOS FUNDAMENTALES DE LA MUJER. Otro, explica de una manera muy divertida la versatilidad del castellano utilizando una multiplicidad de acepciones del término: COJONES. Todos nos reímos mucho al leerlo.

Molinaseca: De nuevo en marcha. Sole, Javi y yo nos adelantamos mientras Jesús, Helena y Susana se van quedando rezagados. Caminamos con paso vivo mientras charlamos. Es Sole quien marca el paso; va muy rápida. Hablamos de poesía; ambos escriben poemas, aunque dicen hacerlo de forma muy esporádica. Javi nos recita uno suyo. Más adelante nos ponemos a cantar canciones los tres juntos. La sensación es muy, muy reconfortante. Hasta ahora siempre he cantado sólo en el camino.

El paisaje es cada vez más arbolado. Pasado el pueblo de Riego, una pequeña campa con unos enormes castaños que producen una gran sombra nos atraen.

–       Señores –les digo- éste se para aquí.

–       Todos nos paramos –responde Sole, descargándose de la mochila y tirándose en la hierba con un suspiro-.

No sé muy bien de qué manera empezó la conversación pero acabamos hablando de la película “El club de los poetas muertos”. Como era previsible, a los dos les había cautivado. Iniciamos una discusión en la que Sole defiende de manera enfática y aferrizada la película mientra que yo me dedico, sistemáticamente, a desmontar cada uno de sus argumentos.

En síntesis, ella defiende al profesor que anima al estudiante adolescente a romper con todo y a hacer lo que quiere pasando por encima de todo y de todos. Yo le digo que es una película ideológicamente falsa y engañosa. Como película es interesante, entretenida y uno se lo pasa bien viéndola. Pero desde el punto de vista ideológico no me gusta nada. El profesor encarna el revolucionario o al antisistema que todos  -o muchos- llevamos dentro. Pone en sus labios el lema –que, por cierto, se hizo famoso a partir de la película- del Carpe diem, que literalmente significa aprovecha este día o, en otros términos, vive el momento, aprovéchalo. Le hago notar, sin embargo, que dicho profesor tiene una vida muy poco “revolucionaria” y que me parece que proyecta sus sentimientos y su propia historia –sin tener en cuenta las posibles consecuencias- sobre unos adolescentes muy influenciables y, especialmente, sobre uno de ellos que la película dibuja como emocionalmente muy vulnerable. En la película este adolescente acabará suicidándose.

Cuando llega el resto del grupo la discusión ha terminado y Sole me dice que ha disfrutado mucho con ella porque le ha hecho pensar. Susana me pide que le repita mis argumentaciones pero me escapo diciéndole que, para conseguir determinadas cosas, uno ha de estar en el lugar adecuado en el momento exacto.

Aún nos relajamos un rato en la campa a la sombra de los castaños. Pronto vemos aparecer a la chica australiana. ¡Australia! -la llamo-. Se acerca y comentamos cómo le va el camino. Luego continúa.

Seguimos descendiendo por una senda irregular y pedregosa que nos machaca las piernas y las rodillas. La dinámica del camino ha vuelto a separarnos en dos grupos. Sole, Javi y yo volvemos a ir en cabeza.

En un momento determinado admiramos, desde un promontorio, una parte de Molinaseca, el próximo pueblo. Ya nos lo había dicho Jesús, la vista de las torres de la iglesia y algunos tejados entre dos montes verdes es preciosa. Nos ha dicho, también, que, aprovechando el río Meruelo a su paso por el pueblo, han construido unas piscinas naturales que invitan a bañarse. Todos soñamos con quitarnos de encima los calores de la tarde.

Una vez reagrupados a la entrada del pueblo y a la vista de las piscinas yo les digo que me quedo. Después de algunas vacilaciones todos deciden hacer lo mismo.

Cruzamos el pueblo, que es muy bonito y nos instalamos en el albergue. Al volver al pueblo para bañarnos y comprar la cena, que vamos a hacer comunitaria, aparece Lorena.

El baño resulta de lo más estimulante. El agua está helada y eso favorece la circulación de la sangre en nuestras piernas cansadas. Un músculo en la parte delantera de la espinilla izquierda me está molestando bastante. Tengo claro que es el resultado de tantas horas de bajada. Las bajadas les sientan a mis piernas bastante peor que las subidas.

Los ritos de cura y de limpieza; la colada y una buena cena comunitaria en el albergue ponen fin a otra jornada.

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