4.26. Un cocido maragato y algunas confidencias a la sombra de una encina: de Astorga a Rabanal del Camino

12/8/1996.

25ª Etapa. 12 h.  Astorga  –  21 h.  Rabanal del camino

(22 kms.)

Nos levantamos, hacemos la colada, nos preparamos y vamos a desayunar a un bar. Tomamos un café con leche y, por supuesto, mantecadas de Astorga.

Las chicas, Lorena y Susana, quieren visitar la ciudad y yo quiero escribir, así que me quedo en el bar cuidando las mochilas. Al cabo de un rato aparecen Pierre y Michel con dos chicas y dos peregrinos más. Una es la novia de Michel, que ha venido para hacer el resto del camino con él. Cuando llegan Lorena y Susana  emprendemos la marcha todos juntos.

Castrillo de los Polvazares: Mi intención es desviarme dos kilómetros del camino para ir al que dicen que es el pueblo más bonito de la maragatería, Castrillo de los Polvazares, a comerme un “cocido maragato”. Uno de los peregrinos ha dicho que se viene conmigo, las chicas no lo tienen tan claro; dicen que decidirán sobre la marcha.

Cuando estuve en el albergue de Hornillos fueron los hospitaleros, Miguel y Juncal, quienes me recomendaron que me parara aquí. También me dijeron que a unos dos kilómetros volviendo al camino hay una magnífica encina que me daría sombra para la siesta que necesitaría después de comerme el cocido. Todo resulto ser una muy buena recomendación.

Al llegar al desvío las chicas deciden continuar; quieren llegar a Manjarín. Uno de los peregrinos y yo nos dirigimos hacia Castrillo.

A la entrada del pueblo, muchos coches con matrículas de toda España. Pienso que es una buena señal. El pueblo es realmente precioso. Todo está muy limpio. Las calles están empedradas con cantos rodados y las casas están construidas con piedras talladas de manera irregular. Los colores de las piedras abarcan todas las tonalidades del ocre. El efecto es muy hermoso.

En el mesón “El Arriero” preguntamos si pueden darnos de comer. Si no hubiéramos sido peregrinos estoy seguro de que no nos hubieran atendido. Cuando me pregunta si tenemos reserva le digo que somos peregrinos, que difícilmente hubiéramos podido hacerla porque estamos en el camino.

Para empezar el primer plato de nuestro cocido maragato, una gran fuente de cerámica con  tocino, jamón cocido, costilla adobada, morcilla y otros productos del cerdo. También dos platos más; uno lleno de garbanzos y otro de berza cocida.

Aunque es una comida muy fuerte, para el calor que hace, está sabrosísima y la devoramos con pasión regada con un buen tinto leonés. De segundo plato, la sopa, hecha a partir del caldo de la cocción de todo lo que nos acabamos de comer.

Cuenta la leyenda que, a principios del siglo XIX, durante la guerra de la Independencia, los franceses estaban a punto de atacar y que los leoneses, por si no les daba tiempo a acabarse la comida antes del ataque, comenzaron por la carne que es lo que consideraban más substancioso. De aquí la tradición del orden de los platos en el cocido maragato que, por lo que sé, es única en el conjunto de España. En La Rioja, por ejemplo, se come todo mezclado en un único plato mientras que en Cataluña se toma primero el caldo con una pasta que se llama “galets” y con un único producto de la cocción, la “pilota”, carne picada con ajo y perejil.

De postre todavía nos queda hueco para unas sabrosas natillas. Mientras comemos comentamos que es una suerte que el camino nos permita “quemarlo todo” porque de aquí vamos a salir totalmente cargados de energía; una energía que se transformaría en grasa y en kilos de no estar en el camino. Acabamos nuestro festín con un café y un orujo.

Rabanal del Camino: Cuesta caminar con el sol de la tarde y la barriga llena. La encina que nos espera nos motiva. De hecho, con lo que nos encontramos es con dos encinas a un lado de la carretera, que ofrecen un sombra muy fresca al peregrino.

A lo largo de una hora descansamos y charlamos. Entre otras cosas el peregrino me confiesa que es homosexual. Me comenta que es un católico convencido y que ese es su gran problema con la Iglesia, que no acepta la diferencia sexual. Me dice también que se ha atrevido a contármelo por que cree que en la universidad somos abiertos y que no me voy a asustar por eso. Se equivoca totalmente. Conozco profesores universitarios que se hubiera horrorizado o asustado y le hubieran tratado, a partir de ese momento, de una manera substancialmente diferente.

Refrescados, después de un buen descanso a la sombra, continuamos camino a través de magníficos robledales. Un valle verdi-amarillo entre collados nos acerca a Rabanal.

A la entrada del pueblo hace guardia un roble gigantesco, el más grande que he visto en toda mi vida. Hay que pararse necesariamente a contemplarlo. Tiene un porte muy majestuoso. Inevitablemente me acuerdo de los relatos de ciencia-ficción de Philip Jose Farmer. De sus árboles de hierro del mundo del río y, sobre todo, del mundo-árbol de su novela “El dios de piedra despierta”,  una idea que me pareció de lo más sugerente cuando la leí hace ahora 20 años. Ramas por las que circulan torrentes y en las que habitan civilizaciones.

Un gran cuesta arriba nos lleva al refugio que, por la hora a la que llegamos, ya está lleno. Allí nos dicen que las chicas acaban de salir para Manjarín. Nosotros ya hemos decidido quedarnos.

Nos envían a otro refugio donde la hospitalera, muy amable, me cose una pequeña ampolla que me ha salido. Estoy sorprendido de no tener problemas ni con los pies ni con las ampollas. Hasta hoy no he sido consciente de ello.  Es realmente una suerte. Ritos de limpieza y sueño.

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