4.25. De Villadangos a Astorga: ¡no se puede ser romántica!

11/8/1996

24ª Etapa. 7’15 h. Villadangos del Páramo  – 20’45 h.  Astorga

(27 kms.)

Cada vez amanece más tarde. Veinte días atrás ya haría una hora que el sol estaría levantado. Hace una mañana preciosa y me encuentro fuerte. Parece que he vuelto al camino. Salgo solo, disparado. Lorena y Susana justo se acaban de levantar. Les digo que nos veremos en el camino y me voy.

Los primeros pasos, con el fresco de la mañana son los que más me gustan. La soledad matutina del camino me llena el alma de una sensación de libertad que me hermana con todo lo viviente. En esos momentos me siento lleno de vida, de alegría y de felicidad.

Hospital de Órbigo: Los once kilómetros hasta el puente de Órbigo los hago, casi totalmente, por carretera. Voy muy rápido, pero enseguida me canso de tanto coche, de tanto ruido y de tanto alquitrán. Empiezo a sentirme mal y busco un sitio apropiado para parar.

Los pasos se van sucediendo sin que aparezca el lugar deseado y cada vez me encuentro peor. Me llamo la atención a mi mismo y me digo que, a pesar de todo, es imposible que me sienta mal. Hace una magnífica mañana para caminar y, lo que es aun más importante, estoy fuerte y no me duele nada. ¿De qué me estoy quejando?

Es otra vez el maldito deseo que me estira y me urge. Me tienta con llegar, con el desayuno, con un cigarrito. No tengo que hacerle caso. Debo concentrarme sólo en caminar. Con todas estas disquisiciones abandono la carretera y tomo una senda que me conduce a Hospital de Órbigo a través del puente del Paso Honroso.

Cuentan que Don Suero de Quiñones, un caballero del medievo, presentó sus amores a una dama y ella los rechazó. Don Suero, afrentado, resolvió salvar su honra retando a justas a cuanto caballero quisiera  cruzar el puente. Dicen que derrotó a 68 caballeros y que después hizo la peregrinación a Santiago de Compostela.

El puente es muy original ya que se bifurca y tiene un ramal que desciende en rampa hacia un prado; lugar donde veo un restaurante. Los peregrinos que iban por delante de mi ya se encuentran en él. Yo les saludo a todos y ocupo una de las mesas de la terraza, desde donde se divisa perfectamente el puente. Quiero ver si llegan Lorena y Susana.

Me tomo dos cafés con leche y una palmera endulzada tremenda de grande. La noche anterior, en Villadangos del Páramo, estuve charlando un rato con uno de esos peregrinos que hacen gala de su “peregrenitud” y la proclaman a los cuatro vientos. De esos que te muestran su credencial para que veas que no te están engañando. Eso me hizo desconfiar. Normalmente los peregrinos que me he encontrado no van así. Ahora lo veo llamar a un taxi para que lo lleve a Astorga. Cuando me ve mirándolo nota que me he dado cuenta y se justifica:

Es que estoy machacado. Ya he sufrido bastante. Total, por cuatro duros me lleva a Astorga.

No le digo nada. ¡Cómo si fuera una cuestión de dinero! Seguro que -para que no le vean- dejará el taxi antes de llegar al albergue y, seguro también, que ocupará una de las camas disponibles. Es muy posible que a algún peregrino que llegue tarde y que realmente haya hecho el camino a pie, le toque dormir en el suelo.

Me estoy casi una hora en el bar trabajando la vara con la navaja. Como veo que las chicas no aparecen decido seguir mi camino.

Astorga: A la salida de Hospital dos sendas alternativas conducen a Astorga. Una por carretera, la otra por un camino que pone “bien señalizado”. No lo dudo; tomo el camino.

La senda es pedregosa y transcurre entre sembrados. Hace buen día, luce el sol y una suave brisa mitiga su fuerza. Al llegar al primer pueblo, un hombre mayor se pone a hablar conmigo. Ha hecho el camino y es uno de los que se ocupan de señalizarlo con las flechas amarillas. Me dice que voy a pasar por un paraje espléndido. Y no se equivoca; el camino hasta Astorga sube y baja pequeños collados solitarios con encinares plateados que hacen brillar su riqueza a luz del sol.

Es la tercera vez en el camino que me pongo a cantar como un poseso y a voz en grito. Vuelvo a Katiuska y a las baladas “Calor de nido” y “Noche hermosa”. Me siento pletórico.

Bajo por una vaguada al final de la cual un cauce seco está guardado por dos enormes chopos. Un poco más allá, a mitad de la subida, veo una sombra muy agradable y me paro a descansar.

Al cabo de un rato aparecen Lorena y Susana y se sientan conmigo. Compartimos nuestra comida y una magnífica siesta. El aire está limpio, luce el sol y el cielo, de un precioso azul marino, prende la mirada con sus profundidades.

Una chica aparece por la senda. Dice que tiene mucha sed. Le ofrezco agua pero –curiosamente- la rechaza. Nos dice que es australiana y después continúa su camino.

El encuentro nos espabila y nos ponemos en marcha a buen paso. En la subida que pone fin a la vaguada nos volvemos a encontrar con el páramo. Al cabo del mar amarillo una cruz de Santiago sobre tres piedras circulares y concéntricas ofrece, encima de ellas, una preciosa panorámica de Astorga y sus torres gemelas.

Aparece Australia, la chica que nos encontró en la siesta y nuevamente adelantamos en el páramo. Ahora sí que acepta el agua que le ofrezco. Desde la cruz una bajada nos lleva al valle.

Entramos en una alameda donde vemos muchos caballos, gente y un chiringuito montado para ofrecer bebidas.

No hacía mucho que Lorena nos había estado hablando sobre su pasión por los caballos. Se queda maravillada.

–       Esto es el camino –exclama dirigiéndose emocionada a los caballos-.

–       ¡Oiga! –Le dice a un hombre calado con un sombrero que se fuma un enorme puro- ¿Podría montarme en un caballo para que mis amigos me hagan una foto?

–       ¡Claro que sí! –Le contesta, mientras por detrás oigo a un chico refunfuñar-.

–       ¡Hay que ver! A nosotros nunca nos deja.

Luego le toca a Susana quien se monta en el caballo muy asustada. A ambas les hago una foto y, a continuación, nos tomamos unas cañas en el chiringuito a la espera de que empiece la competición que nos han dicho que va a haber.

Entre dos álamos cuelgan una cuerda de la que penden anillas  separadas como unos 40 o 50 centímetros entre ellas. Se trata de que los jinetes las inserten al galope con una vara que llevan en la mano.

Lorena, siguiendo un impulso, le da su bordón al chico que le dejó el caballo a petición del jefe. Le dice:

–       Para que te dé suerte.

El caballo se niega a pasar bajo los aros. El chico comienza a golpearlo de forma salvaje con el bordón. Lorena está horrorizada. Finalmente el bordón se astilla. Le comento:

–       No se puede ser romántica.

–       Es verdad –me dice con acento argentino-. Lo que me fastidia es que el tarado lo rompió golpeando al caballo.

El jefe nos dio otra vara, pero resultaba corta y Lorena se resistía a perder su bordón. Al final dice que entablillará la parte astillada de su bordón con la nueva vara.

En el albergue sólo quedan dos colchonetas que tendremos que compartir entre los tres.  Por cierto, como ya anticipé, el peregrino que cogió el taxi ocupa ya una cama.

Una vez instalados nos vamos a cenar y, al volver al albergue, nos encontramos con un grupo de jóvenes vestidos con los trajes típicos maragatos. Nos paramos a charlar con ellos y acaban danzando y tocando las castañuelas para nosotros en medio de la calle. Una vez más la magia hacía su aparición en mi camino.

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