4.24. Hablarle al peregrino: de León a Villadangos del Páramo

10/8/1996.

23ª Etapa. 13 h. León – 20’30 h.  Villadangos del Páramo

(21 kms.)

Dos veces me paro a desayunar cruzando León. Empiezo a caminar a las 11, pero no será hasta las 13 horas que me ponga realmente en marcha. Me doy cuenta que no hago sino “marear la perdiz” y no acabo de volver a ”entrar” en el camino. Tengo la sensación de que la noche anterior fue un corte en mi camino y pienso que me costará volver a centrarme. Aunque he disfrutado en León no tengo claro que fuera una buena idea salir de marcha la noche anterior.

Camino, camino y camino y la ciudad no parece acabarse nunca. Visito las basílicas de San Isidoro y San Marcos, dos joyas arquitectónicas que jalonan el camino ciudadano.

La virgen del Camino: León continua en Trobajo del Camino, un pueblo obrero que le hace de periferia. Las calles, la circulación y los edificios me pesan. Ardo en deseos de sentir nuevamente el campo y los paisajes. Ese es el verdadero camino; el lugar donde el peregrino y el paisaje se funden; el espacio al que pertenecen y en el que ambos se respetan y comprenden.

La marcha de la noche anterior me gastó más de lo que pensaba. Apenas llevo dos horas caminando cuando vuelvo a tener hambre. Una carreterita y una pista de tierra dura me llevan a través de una gran zona industrial. El sol luce con fuerza pero, más fuerte aún, sopla un viento incómodo que me ataca alternativamente de frente y de costado.

“El coyote”, un restaurante mejicano, me sirve de refugio. Lo cierto es que me sorprende encontrarlo aquí en medio de una nada industrial que los domingos despueblan. Lo atiende una chica muy atenta y muy cálida. Me sirve una coca-cola, un bocadillo de hamburguesa y un café de puchero.

Tres señores –advierto con sorprensa- están hablando de religión a mi lado. Creer o no creer; la religión como opio tranquilizante; y motivos y experiencias religiosas de cada uno de ellos, constituyen el contenido de la conversación.

Entra un joven de unos 35 años -sigo con mis cálculos de edades-. Enseguida me interpela. Me explica su vida, lo harto que está de ser pastor y lo mucho que le gustaría encontrar algo en algún otro lugar. Noto que envidia la libertad –transitoria, le apunto- del peregrino. Se siente esclavo, pero me dice que las ovejas son de su propiedad y que es eso lo que le ata. ¡Curiosa esclavitud la del propietario!

Cuando salgo del restaurante voy pensando en lo fácilmente que “me entran” todas las personas. En lo fácil que resulta hablarle a un peregrino. Pienso que las personas con las que se cruzan los peregrinos ven a estos últimos como transeúntes y les presuponen buena fe. Creo que eso es lo que nos hace objeto de confesiones, confidencias y charlas que, probablemente, no se les hacen a los amigos, familiares y conocidos que forman parte de su vida cotidiana.

Con estos pensamientos llegó a La Virgen del Camino, un santuario que tiene en la fachada unas magníficas figuras esculpidas de Subirachs sobre un fondo de vitrales diseñados por Rafols Casamada. El efecto, que tiene un aire muy moderno, es muy interesante. Por la guía me entero de que la construcción es del 1961.

Subirachs es el escultor que está dirigiendo en la actualidad la construcción de la Sagrada Familia en Barcelona. Tiene muchos detractores puesto que su estilo geométrico, aristado y poliédrico contrasta de manera muy exagerada con las suaves arcadas y el estilo curvilíneo y modernista de Gaudí, arquitecto que inició las obras de la catedral hace ahora más de 100 años. A mi me encanta. Creo que sus imágenes tienen la fuerza de la austeridad y la sencillez. Y también me gusta su elección para continuar el templo de Gaudí del que, por cierto, pude admirar el edificio que tiene en León. Es precioso, pero la impresión que produce es la de estar descontextualizado.

Creo que la historia de las catedrales es una prueba fehaciente de la mezcla de estilos arquitectónicos en cada una de ellas. Seguramente también los arquitectos y escultores que empezaban a incluir elementos góticos en la sobriedad de las construcciones románicas fueron unos incomprendidos en su momento. Creo que la integración de los estilos en una obra sólo puede realmente apreciarse cuando está acabada y el tiempo le ha dado su lustre.

Entro en el santuario. La nave no me gusta nada; me parece un cine. El retablo, por el contrario, encajonado en una especie de teatro italiano iluminado por luces cenitales me subyuga.

Villadangos del Páramo: Al salir me encuentro a Susana y a Lorena durmiendo bajo un gran pino y decidimos seguir caminando los tres juntos. Pasado San Miguel del Camino paramos a tomar un refrigerio.

El camino discurre por la carretera entre campos de trigo. El sol de media tarde y el viento de cara hacen difícil caminar. Unos momentos de descanso de carretera, una senda de tierra y arena. En el suelo está escrito: “Katiuska”. Mi sorpresa es mayúscula. Les explico que ya he cantado varias veces por el camino fragmentos de esta zarzuela.

Una vez en Villadangos nos instalamos en el albergue, compramos cena  y, entre Lorena y yo, preparamos unos espaguetis a la boloñesa que devoramos con fruición.

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