4.22. Los obstáculos que nos ponemos a nosotros mismos: de Sahagún a Mansilla de las Mulas

8/8/1996.

21ª Etapa. 7:10 h. Sahagún  – 18’30 h.  Mansilla de las Mulas

(38 kms.)

Otra jornada que comienzo el camino incómodo. Circulo por carretera. Lo que me ocurre no es nada que pueda concretar. Es una especie de malestar que me hace no caminar a gusto. Una vez más pienso que el camino es como la vida. Hay días, situaciones y sensaciones que abarcan no sólo todas las gamas de los grises  sino, también, todas las gamas de todos y cada uno de los colores. Hoy parece ser uno de los grises.

En Calzada del Coto hay una cruz sobre un pie de piedra que marca el inicio de la senda peregrina. Allí me siento a descansar un rato. Un cigarrito para disfrutar del momento. Sigo pensando que no he sido capaz de dejar de fumar como me propuse. Sé que estoy en el camino; en todos los caminos; también en el de dejar definitivamente de fumar. Pero no ahora; no todavía, no en este momento. Si estoy fumando, soy consciente de lo que hago y puedo permitirme todavía disfrutarlo.

La senda tiene árboles plantados en su orilla izquierda. La guía que llevo lo explica: uno a cada nueve metros de distancia. Pero todavía son muy pequeños. Seguro que en el futuro muchos peregrinos los agradecerán por que les protegerá del sol. Pero no ahora, no todavía. Hay que darle tiempo al tiempo. Y cada vez me parece más claro que para todo hay un tiempo y un momento.

La llanura es inescrutable: estoy en pleno páramo. Casi sin darme cuenta cojo el ritmo caminante y ando cómodo y rápido. Voy pensando que la mayor dificultad del camino reside en los obstáculos que nos ponemos a nosotros mismos. Es como un círculo vicioso. Si pienso que voy incómodo y me dejo llevar por esa sensación, la incomodidad se adueña de mi y, poco a poco, me va derrotando. Pensamientos del tipo “Voy muy mal”, “no seré capaz de aguantar”, “no puedo hacerlo” van convirtiendo paulatinamente las sensaciones en realidades. Lo que empezó siendo una leve incomodidad acaba transformándose en el deseo imperioso de acabar con esa sensación. La negatividad se nutre de negatividad y acaba por convertirlo todo en oscuridad.

A principios del siglo XX los sociólogos americanos llamaron a este efecto el teorema de Thomas en honor del pensador que lo formuló.  Decía algo así como: si las personas consideran real una situación lo será por sus consecuencias. Si, por el contrario, aceptamos la incomodidad como un requisito más del camino, le quitamos importancia y no la dejamos poseernos es muy probable que acabe desvaneciéndose en la propia dinámica del camino.

Más adelante veo caminando a “Rinconete y Cortadillo”. Son los dos peregrinos “raros”, “mal equipados” que me encontré en la etapa anterior. Estíbaliz me contó que son dos personas que se pusieron a caminar hacia Santiago porque estaban sin trabajo. Me contó que donde pueden trabajan uno o dos días y siguen. Se ve que van preguntando por todos los pueblos si “hay algo para ellos”. Según le dijeron a Estíbaliz tienen mucha confianza y están seguros de que llegaran a Santiago porque cuando más apretados están siempre aparece algo y resuelven. Desde que me lo contó pensé que tenía que ayudarles.

Me gustaría darles dinero, pero no sé muy bien cómo hacerlo porque ni siquiera he hablado con ellos ni los conozco. Se me ocurre que una posibilidad es la de adelantarlos y dejar el dinero bajo una piedra de manera que lo encuentren al pasar. Pero no lo acabo de ver claro: pueden pararse antes o pasar otro peregrino y quedárselo. Me armo de valor y camino hasta que me pongo a su altura.

–       Hola –les digo- ¿Qué tal?

–       Muy bien. Ya ves –contesta el más alto-, poquito a poquito.

Les pregunto que de dónde vienen y porqué hacen el camino. Quiero preparar las cosas para darles el dinero de la manera más suave. Me dice que salieron de Sevilla porque no tenían trabajo y que desde Santiago piensan seguir hacia Roma.

–       Y ¿cómo os financiáis? –les pregunto-.

–       Como podemos –responden-. A veces pedimos.

Yo pienso que si me hubieran pedido todo hubiera sido más fácil, pero no lo hacen.

–       Yo….. –les digo muy inseguro cogiendo el dinero que ya me había preparado en el bolsillo- A mi me gustaría participar. No os ofendáis, por favor.

–       No –me dicen-. Gracias. De verdad.

Un poco avergonzado me despido de ellos y sigo caminando.

Nuestra mente nos traiciona demasiado a menudo. Sin buscarlo me doy cuenta de que comienzo a sentirme orgulloso de mi acción, pero ese es un sentimiento que no quiero tener. He hecho, simplemente, lo que quería y podía hacer. Me avergüenza sentirme orgulloso por eso. No quiero pensar más en ello.

El Burgo Ranero: Bercianos es un pueblo hecho de casas de adobe. Me resulta muy original puesto que nunca antes había visto construcciones de estas características. Allí me paro a almorzar. Me tomo dos huevos fritos que me sirven con pimentón rojo por encima. Están deliciosos y la especia picante los hace muy estimulantes.

El camino hasta el Burgo es celérico. De la hora y media inicialmente prevista me sobran 20 minutos. Nunca lo hubiera dicho a partir de la incomodidad con la que he empezado la jornada.

En un mesón del Burgo está mi grupito de amigos peregrinos : Klaus, Felipe, Xavi, las chicas aragonesas, Lorena, etc. Charlo un ratito con ellos y sigo mi camino. Lorena me dice de vernos en Mansilla y cenar todos juntos. Le contesto que “caminaré hasta donde me dé el cuero”.

La llanura se extiende interminable y los árboles que bordean la orilla de la senda constituyen la única referencia. Se podría decir que el camino está urbanizado. Cada dos kilómetros, aproximadamente, hay pequeñas hondonadas con riachuelos y arbolado que  el peregrino advierte solamente  cuando los alcanza.

El día es soleado, pero una ligera brisa hace que sea muy soportable. El camino es de esos que te llevan a  encerrarte en ti mismo para deambular por los laberintos interiores.

Al cabo de una hora de andar me tumbo un ratito a la sombra en una de las hondonadas. Descanso un rato y tallo el bordón. Cuando me dispongo a continuar aparece Estíbaliz y continuamos juntos a buen paso.

De cuando en cuando, la monotonía del paisaje es mágicamente rota por los colores blanqui-rojos de un electrotrén que atraviesa la llanura en la distancia. Parece un tren de juguete y el efecto es muy bonito. Le digo a Estíbaliz que me recuerda las viñetas de las historias rusas de Hugo Pratt en las que los trenes cruzan las llanuras siberianas en las que el Corto Maltés vive sus aventuras.

Los trece kilómetros de páramo no se acaban nunca. Suerte de la animada conversación que sostenemos, si no se me hubiera hecho muy duro.

Mansilla de las Mulas:  Paramos en Reliegos a repostar y se nos junta otra peregrina, Paz; una mujer muy divertida. Los seis kilómetros hasta Mansilla son muy rápidos. Allí nos instalamos en el albergue y nos dedicamos a los ritos cotidianos: ducha, colada y cura y cuidado de los pies. Luego una buena cena y a dormir.

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