4.21. Sobre voluntades y límites: de Calzadilla de la Cueza a Sahagún

7/8/1996.

20ª Etapa. 7:10 h. Calzadilla de la Cueva –  13 h.  Sahagún

(21 kms.)

 Lo primero es desayunar. En el pueblo hay un hostal que hace horario peregrino. Me tomo un café con leche y pan con mantequilla y mermelada.

El día apunta oscuro y llueve considerablemente. Llevo puesto el chubasquero verde y, encima de la capucha, el sombrero. Lo llevo prendido en la parte trasera del ala con un imperdible que, a su vez, está sujeto a una de las correas superiores de la mochila. Cuando el camino transcurre por la carretera, cosa más frecuente de lo que quisiera, el aire de los camiones que pasan a mi lado puede ser muy fuerte y no quiero tener que salir corriendo tras un sombrero volador.

Es el caso de esta oscura mañana. Estoy andando por el arcén de una carretera general ocupada, casi permanentemente, por rápidos camiones que derrochan aire y agua en una orgía de incomodidades que hacen impracticable y peligroso el caminar.

Me siento muy fuerte y camino bajo la lluvia con un paso muy rápido. Parece que los cuidados que me dispensaron la noche anterior los peregrinos me han hecho recuperarme de forma muy rápida. Supongo que los 19 días anteriores de camino también han hecho su trabajo.

Hay mucha circulación y los camiones que pasan como exhalaciones a mi lado me lanzan, con el aire, chaparrones de agua. ¡Como si no tuviera bastante con la que cae del cielo! Esto va a durar casi 6 interminables kilómetros. Sin proponérmelo “pongo el automático” y el pensamiento empieza a derivar.

Me enseñaron que la voluntad lo puede todo. Con voluntad uno puede conseguir lo que se proponga y supongo que debe ser verdad. Me parece, sin embargo, que hay que matizar un poco esta idea. Si pienso en mi mismo y en mi vida, veo que todo lo he conseguido con voluntad. Una voluntad superior a cualquier cosa que se me presentara. Una voluntad capaz de superar cualquier obstáculo para llegar a su destino; para conseguir su propósito.

Me parece que así pensada y utilizada, la voluntad deja de ser una cualidad para convertirse en un defecto. Creo que la voluntad puede ser la primera o el segundo en función de si el hecho de utilizarla supone o no ejercer violencia sobre quien la usa.

Cuando me violento o me fuerzo a mi mismo para conseguir un objetivo determinado; cuando paso por encima de mi cuerpo, de mi mente, de mis pensamientos o mis sentimientos, -que me pueden estar gritando que no lo haga- por alcanzar una meta; cuando no respeto todo aquello que me hace ser humano por llegar a donde me he propuesto, estoy malutilizando la voluntad. En esta situación es fácil que, aunque consiga mis propósitos, estos acaben volviéndose contra mi. La voluntad como cualidad no supone renunciar al esfuerzo, sino dosificarlo para que no se vuelva contra nosotros.

El camino es voluntad constante, pero voluntad respetuosa, dosificada, a la medida de nuestros límites y nuestras posibilidades. Si no respetas tu propio ritmo; si no escuchas o atiendes las indicaciones de tu cuerpo; si no lo cuidas y lo respetas, pase lo que pase a tu alrededor; tu cuerpo se rebelará y aparecerán males y dolores imprevistos que pueden obligarte a abandonar el camino.  Si existe una educación de y para la salud esa es, sin duda, la enseñanza básica. Tenemos que aprender a escucharnos pero, sobretodo, tenemos que aprender a hacernos caso.

Hablando de males; ahora mismo las lumbares me estan matando. Me acuerdo de lo que me dijo Olga respecto a cómo colocar las lumbares y decido ponerlo en práctica. Si, finalmente, tengo que abandonar el camino lo haré, pero antes intentaré todo lo que esté a mi alcance para que no llegue ese momento.

Al principio la postura me resulta muy incómoda, pero enseguida noto que, efectivamente, se me están descargando las vértebras, así que intento mantenerla. Tengo que llevar mi atención de forma constante a los músculos de las cervicales que, como contrapartida a la postura que intento mantener, se me están tensando. Cada vez que soy consciente de estarlos tensando, los relajo.

Sin darme casi cuenta he pasado Lédigos, he abandonado la carretera y he entrado en una pista embarrada que dificulta mucho la andadura.

En Terradillos de los Templarios paro en un albergue particular a tomarme un café. Allí me encuentro a Estíbaliz, la chica rubia de la capa de agua amarilla que me adelantó en la etapa de Calzadilla. La acompaña una preciosa mujer de Burgos llamada Chus. Al poco aparecen también Michel, Pierre y Lorena y, mientras desayunan, charlamos un ratito.

Ha dejado de llover y parece que un sol irregular comienza a despuntar. La postura que me recomendó Olga se va convirtiendo poco a poco en automática y eso me permite acelerar el paso. Así alcanzo, con gran ilusión puesto que los creía perdidos, a los hermanos catalanes, Joan y Pere. Con ellos camina Estíbaliz, que ha salido del albergue sin que yo me apercibiera.

En San Nicolás me paro a beber en una fuente. Allí nos juntamos todos; los catalanes, Estíbaliz y el grupo de Pierre y Michel. Desde allí caminamos todos en grupo. Estíbaliz y yo, con un paso muy vivo, nos adelantamos y nos vamos explicando nuestra vida.

En la ermita de la virgen del puente una alameda ofrece una sombra tentadora que nos hace ir cayendo a todos los peregrinos a medida que vamos llegando. Charlamos bajo los álamos sobre la película “Un lugar en el mundo”. Lorena también la ha visto y dice que es la película que más le ha gustado. Yo les cuento que me parece una película muy inteligente, muy humana y muy interesante. Les digo también que hace años que la utilizo en mis clases para trabajar temas de pedagogía social, de animación sociocultural y de desarrollo comunitario.

Sahagún: Llegamos al pueblo en grupo. Suerte de eso, puesto que a la entrada nos aguardaban tres enormes perros ladradores. El grupo los espanta.

El albergue de Sahagún es grande, cómodo y bonito. Al verlo empezamos a dudar sobre si seguir o no adelante. Yo me decido: me quedo. Michel se ha empezado a sentir mal de repente y dice que él también. Se añaden Lorena, Pierre, Jesús y Javi. Las dos aragonesas dicen que comerán algo y seguirán adelante.

Michel, Pierre y yo comemos en un restaurante: paella, conejo asado, natillas y un Marqués de Cáceres del 1989. A media comida Michel se siente francamente mal así que se va al refugio, que está al lado. Comentamos que seguramente se ha quedado frío en el rato que hemos estado a la sombra de la alameda. Pasará toda la tarde en la cama, levantándose tan sólo a vomitar.

Al refugio han llegado también las catalanas Olga y Gema, Klaus y Felipe, el chico vasco. Klaus nos dice que está preparando para todos una “porquería suiza” a base de pasta.

Con todo el grupo sentado en una larga mesa agradezco a las catalanas la mejora de mis lumbares gracias a sus consejos. Todos piden a Olga que les explique, de manera práctica, la colocación de las costillas para poner la columna recta y –ahora domino el tema- evitar la lordosis. Jesús se ofrece como modelo y Olga lo mueve y malea como si fuese una escultura. Se produce una situación muy cómica y divertida cuando todos vamos diciéndole a la vez a Jesús cómo tiene que colocarse.

Después de una buena siesta paso la tarde con las dos chicas catalanas y con Pepín, un chico malagueño que se ha juntado al grupo. Paseamos y vamos al médico los cuatro que, por cierto, nos dice a cada uno de nosotros lo que ya sabíamos. Luego nos sentamos en una terraza cubierta a charlar sobre yoga y terapias mientras una terrible tormenta descarga su mal genio. Finalmente, cena y dormir.

Por cierto, esto debo resaltarlo: pierdo mi -ya casi- complejo de cabeza pequeña. ¡Encuentro un sombrero a mi medida! El viejo, que voy a tirar, me lo pide Michel, así que se lo regalo.

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