4.20. Mirar el camino, mirar la vida: de Villalcázar de Sirga a Calzadilla de la Cueza

6/8/1996.

19ª Etapa. 7:15 h. Villalcazar de Sirga – 14 h. Calzadilla de la Cueva

(21’5  kms.)

Me levanto con el dolor de lumbares con el que me acosté. He pasado una noche inquieta, con sueños que, aunque no han sido ni muy malos ni especialmente desagradables, no me han gustado. La persona que yo era en el sueño es alguien de quien me gustaría huir; representa a alguien que no quiero ser, que ya no soy.  Pertenece a una etapa de mi vida que está acabada. Quizás por eso el camino me lo ha mostrado y me ha enfrentado a él. Estoy resuelto a aceptar, de la mejor manera posible, lo que el camino me dé. Si me exige enfrentamientos conmigo mismo o con otros, los tendré.

Cuando comienzo a caminar está lloviznando. He atado con una cuerda las presillas delanteras de la mochila para obligarme a cargar el peso en los hombros. Me oprime un poco en el pecho pero lo prefiero antes que el dolor de las lumbares.

Carrión de los Condes: Me acerco a una ciudad con resonancias históricas. Lo que sé de Carrión lo recuerdo de cuando estudiaba en Logroño en el colegio San José de los Hermanos Maristas. Lo recuerdo del Cantar de Mío Cid y, de forma más viva, de una película que debí ver, seguramente, en una sesión de sábado tarde del mismo colegio.

La secuencia, que impactó mi sensibilidad de chavalito católico y provinciano –aún me pregunto cómo la censura marista permitió proyectar aquella película- muestra cómo dos castellanos dejan sus caballos en el sendero y entran en una alameda arrastrando a dos mujeres; sus esposas e hijas ambas de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Recuerdo que lo primero que pensé fue cómo aquellos dos “soldados” se atrevían a enfrentar las iras de quien para mi tenía la estatura de un gigante, el Cid. –¿Cómo podían no darse cuenta de que el Cid los destrozaría? ¿Cómo podían hacerle eso a un hombre como él? ¿Cómo podían hacerles eso a sus propias esposas?- Atan a cada una de sus mujeres de cara a un álamo con los brazos en alto rodeando el tronco y les desgarran la tela del vestido de su espalda. Acto seguido se dedican a golpearlas con un látigo que les deja la espalda llena de costurones y desgarraduras rojas. En la última secuencia que recuerdo, ambos castellanos las abandonan caídas, colgando de sus brazos y desmayadas de dolor en los árboles, mientras ellos se alejan riendo entre bromas.  Me pareció una escena especialmente cruel.

No sé cómo interpretarían hoy mis ojos de adulto aquella secuencia. Probablemente me pudiera el sentido estético sobre el emocional; no lo sé. Pero, si he de hacer caso a mi recuerdo, parece que es este segundo el que realmente deja en nosotros las huellas más profundas.

La silueta de las tres alemanas se perfila unos 200 metros más adelante. El camino me está haciendo sufrir. Llueve de forma recurrente por lo que llevo puesto el chubasquero y el sombrero de paja encima. No sé si aguantará mucho más.

En un bar de Carrión me tomo un chocolate con dos raciones de churros. Después cruzo todo el pueblo y entro en una carreterita muy estrecha con el firme en muy mal estado. Unos mojones van marcando los kilómetros. Para olvidar el dolor reinicio el juego del día anterior. Esta vez doy 1.295 pasos en un kilómetro, lo que quiere decir que voy un poco más rápido que ayer.

Calzadilla de la Cueza: Esta etapa tiene 17 kilómetros sin que haya nada entre medio. Dicen que con calor es un desierto duro en extremo. La suerte me ha sonreído: está nublado y llueve.

Pronto la carretera se convierte en una pista. Aunque las vértebras lumbares me siguen molestando noto que tengo las piernas muy fuertes. Parece que por fin mi cuerpo se va acostumbrando al esfuerzo diario.

La pista es pedregosa pero los pies de los peregrinos, con su constante pisar, han abierto un estrecho sendero de tierra que serpentea por uno de sus costados. Lo sigo decidido; es bastante más cómodo.

La monotonía del paisaje me encierra en mi mismo. Un mar de trigo a cada lado del sendero hace que los ojos no tengan a dónde mirar. Me centro en mi actitud respecto al camino, respecto a mi forma de andar. Observo que doy 4 ó 5 pasos mirando al suelo que inmediatamente voy a pisar. El paso siguiente siempre me lleva a alzar la vista para mirar al horizonte o a la siguiente loma. Me doy cuenta de que esto se va repitiendo de manera rítmica y constante.

Estas observaciones me llevan a pensar que el futuro nunca debe hacernos olvidar el presente. De la misma manera que no podemos encerrarnos en el presente sin lanzar miradas periódicas al lugar a donde queremos llegar. Pienso que la misma o una proporción parecida de miradas respecto al camino podría aplicarse a nuestra forma de enfocar la vida. Mirar sólo al futuro nos haría tropezar y caer en el presente. Mirar sólo el presente nos puede hacer caminar perdidos, sin saber hacia donde nos dirigimos. Una vez más pienso que el camino me enseña a vivir.

Camino con paso vivo. Veo a la derecha un tremendo chopo bajo el cual hay una zona de paja aplastada, como si un grupo hubiera descansado o dormido allí. Ni lo dudo; me estiro. La sensación de alivio y de placer al extender y apoyar la espalda en el suelo es difícilmente explicable.

Descanso un poco y luego me pongo a trabajar el bordón con la navaja. Voy añadiendo signos y símbolos de forma intuitiva, sin saber muy bien ni porqué los tallo ni porqué los dispongo en la forma que lo hago. Han aparecido un ojo; la letra griega omega; diferentes tipos de cruces, la cristiana, la griega, la ortodoxa; también diferentes tipos de estrellas, entre ellas la de David. Ya he conseguido hacer que el bordón sea mío; es mi compañero, me acompaña y me da seguridad.

Sigue lloviznando de forma intermitente y el cielo está muy oscuro. Por la senda pasa una chica rubia sola con una capa de agua amarilla. Va como una bala. Me saluda con la mano y sigue adelante.

Vuelvo a ponerme en marcha. Cada vez que reinicio el camino, después de una parada, siento que “me crujen las estructuras”. El fondo que me han proporcionado los días que llevo caminando hace, sin embargo, que enseguida se me “calienten” las piernas.

A los lejos, por delante, vislumbro dos personas. Me siento fuerte y aprieto el paso hasta que los alcanzo. Son dos peregrinos raros, sobre todo porque, a primera vista, van poco y mal equipados. Los saludo y sigo adelante.

Una gran encina se perfila a la izquierda del camino; algo que mirar en el océano de trigo amarillo que se extiende hasta el horizonte. Sé que me costará llegar hasta ella y sé, también –la guía me ha informado-, que al sobrepasarla aparecerá otra mucho mayor y que alcanzarla se hará interminable.

El camino hace rato que para mi se ha hecho insoportable. El senderito de tierra ha desaparecido y las piedras de la pista me machacan las plantas de los pies. Con eso se agudizan el resto de dolores.

En otras condiciones me hubiera parado en la segunda encina,  un gigante verde solitario que domina el mar de trigo, y que queda a la derecha a unos 50 metros del camino. Tal y como voy, no paro hasta el albergue. Llego hecho polvo; las vértebras lumbares me matan.

El albergue es bastante cutre pero lo lleva una pareja muy maja. Me llevan al primer piso, a una habitación con un suelo de madera y, sobre un colchón de espuma, pongo el saco de dormir y me tumbo. Ni siquiera me ducho. No me quedan fuerzas y estoy preocupado por el camino. Si el dolor de espalda sigue a este ritmo no sé que voy a hacer. Sé que me resistiré, “de todas, todas”, a abandonarlo. Si es necesario me cargaré la mochila sobre los hombros y caminaré muy despacito, pero me gustaría mucho poder llegar a Santiago. Esta resolución me da fuerza.

Me quedo dormido. Me despierta una voz conocida de mujer; es Elia. En Belorado apareció un amigo suyo y se quedó a pasar el día con él. Al día siguiente se volvió a poner en marcha y ahora me ha alcanzado. Ha llegado al albergue con dos chicos.

Me levanto y me voy a un bar a comer. Después me pongo a escribir este diario delante de un café. Es lo que estoy haciendo ahora mismo.

Al rato aparece Elia con los dos chicos. Uno es vasco y se llama Felipe. El otro es un suizo del que llevaba oyendo hablar varios días. Es Klaus, un personaje muy curioso. Es alto y delgado. Sus cabellos, largos y desordenados, son de un rubio apagado casi rojo y lleva una barba corta y desordenada y gafas de concha. Nada más verlo uno percibe que tiene algo de estrambótico. Lleva tres meses caminando. Viene desde Suiza y ha hecho unos 2.500 kilómetros caminando. Habla un castellano muy peculiar en el que se mezclan de manera desigual el francés y el italiano.

Cuando le digo que es muy valiente y que lo que hace es muy difícil, me responde:

–       ¡Más difícil es trabajar! –  Con lo que todos nos echamos a reír.

La tarde se va animando. Aparece todo el grupo de Pierre y Michel: Lorena, la argentina; las dos chicas aragonesas; Jesús, el madrileño de casa de Pablito; y Xavi, un atleta de Madrid. Es el grupo de la “fuente del piojo”. Todos tenemos una gran alegría de volvernos a encontrar y los besos y abrazos se prodigan.

Llegan también las tres alemanas y dos chicas catalanas que ya había conocido; Olga y Gema. Charlamos largo rato en una muy animada conversación. Pierre está hablando de la etapa de San Antón a Castrojeriz:

–       Yo soy una persona muy receptiva y en las ruinas de San Antón percibí algo; como presencias malignas y extrañas. Había algo allí, algo malo –nos dice-.

–       Es curioso –Le contesto-. Yo no recuerdo haber percibido nada, pero sí que me extrañó ver unos carteles tan grandes, frente a la verja que da entrada a las ruinas, avisando: PERROS MUY PELIGROSOS. Pensé que quien los había puesto debía ser una persona con muy malas vibraciones o muy mala leche.

Esto último que dijo Pierre me llevó a pensar en una historia que me contaron, según la cual un peregrino entró a ver unas ruinas  -me imagino que se debía referir a estas- y un gran perro negro le destrozó a mordiscos una pierna.

A la hora de acostarnos Gema me dijo que me daría un masaje en las lumbares con el bálsamo del tigre. Así lo hizo y me dejó como nuevo. Olga, por su parte, me recomendó meter las costillas flotantes hacia adentro. Como si te hubieran dado un puñetazo en el estómago –me dijo-. Eso me haría rectificar la curvatura de las lumbares  –lordosis me dijo que se llamaba técnicamente- y me aliviaría.

En el suelo de madera de la habitación del albergue dormimos esa noche 12 personas.

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