4.19. 1.357 pasos en 1.000 metros: de Itero de la Vega a Villalcázar de Sirga

5/8/1996.

18ª Etapa. 7:15 h.  Ermita de San Nicolás el Puentino en Itero de la Vega  – 17 h.  Villalcázar de Sirga

(26 kms.)

Los italianos nos preparan el desayuno y, al acabarlo, me pongo en camino. Enseguida me alcanza Giovanni aunque no caminamos mucho rato juntos puesto que voy sin agua y,  en la primera fuente que encuentro, me paro a llenar la cantimplora. Cruzo el río Pisuerga por un puente muy bonito y muy grande.

El día está nublado y la pista, que transcurre entre sembrados, es muy polvorienta. En una larga recta, que conduce a Boadilla del Camino, me paro a charlar con un pastor. Está encantado de poder charlar con alguien y se muestra muy locuaz. Me comenta cosas de los peregrinos, del camino y, sobre todo, de los perros. Me mete el miedo en el cuerpo con los perros que hay en el pueblo en el que estoy a punto de entrar.

En Boadilla los pocos perros que veo ni se inmutan: están absolutamente hieráticos. A tal punto que dudo si son de piedra o de carne. ¡Hay que ver lo que puede una buena sugerencia o una imaginación desbordada por los miedos internos! Como los perros, el pastor debió oler mis miedos y los explotó con mucha habilidad. Seguramente ahora debe estar riéndose de mi y de mi inocencia. ¡Cuán fácilmente nos ven algunos cosas para las que nosotros estamos ciegos!

Desayuno en un bar-tienda. De paso, veo que tienen sombreros así que intento, nuevamente de manera infructuosa, comprarme uno. Me vuelvo a enfrentar a mi cabeza pequeña: no hay sombreros de mi medida.

Frómista: El camino hasta el pueblo es sencillamente precioso. La pista pedregosa transcurre por una avenida entre chopos no muy grandes todavía. Camino entre ellos con un paso muy vivo. Noto en mis piernas la fuerza de los días caminados.

Al llegar al canal de Castilla la pista se vuelve de tierra y continúa en paralelo al canal, que es, sencillamente, precioso. Las aguas son claras y la corriente hace ondear las algas que hay en su interior en una danza nunca interrumpida que mis ojos de viajero van dejando atrás.

Al llegar a Frómista hay que cruzar el canal por un puentecito arqueado con barandas de hierro. Desde él la vista es magnífica. Tres o cuatro niveles descendentes de agua  separados por un puente arqueado a través del cual se ve caer el agua.

El templo románico de San Martín de Frómista es visita obligada. Su extrema sobriedad contrasta con la grandiosidad y perfección de sus formas. Entrar en él, sentarse en un banco y admirar sus ábsides, sus cúpulas y sus capiteles es una auténtica experiencia.

De allí a almorzar. No me pueden hacer unos huevos fritos así que pido un bocata de tortilla de patata y un platito con tacos de queso. Al levantarme para volver al camino noto un dolor fuerte en la zona de las lumbares.

Población de Campos: Una pista  del camino, señalada por mojones, transcurre paralela a la carretera. Yo pensaba que tendría que circular por esta última así que la cosa se presenta mejor de lo que yo esperaba. Aunque camino a paso muy vivo el dolor no me abandona. Me doy cuenta que voy caminando en una situación precaria.

En el albergue de Población la hospitalera es una mujer mayor muy cariñosa que, al ver cómo me encuentro, me dice que me quede  a pasar la noche, que no siga. Allí me encuentro a los hermanos catalanes, Joan y Pere que, después de un alto en el camino, van a seguir su marcha. Al ver mi estado, Joan, solícito, se ofrece a llevarme la mochila. Se lo agradezco mucho, pero le digo que no. Creo que cada uno debe llevar su propia carga.

Me planteo qué hacer. Pretendía llegar a Carrión pero creo que eso no me conviene por el dolor que tengo en la columna. El problema al que me enfrento es que la etapa siguiente consiste en 17 kilómetros seguidos sin nada entre ellos. Si me quedo a dormir donde estoy mañana habré de hacer o  bien 13 ó bien 30 kilómetros para llegar a una población. Esto significa que o hago muy poco o demasiado. Decido continuar, al menos, hasta Villalcázar de Sirga; 11 kilómetros más.

Villalcázar de Sirga: Como medida cautelar me suelto el cinturón de la mochila, meto el bordón por los ojales de las correas delanteras de la misma y poniéndolo en horizontal, apoyo todo el peso de mis brazos en él. Eso hace que todo el peso se cargue en los hombros y libera la presión de las vértebras lumbares. Para cualquiera que me mire debo parecer un crucificado que camina.

El dolor no me abandona ni un momento y el camino me resulta muy duro. Decidido a no prestarle atención me dedico a contar, uno por uno, los pasos que doy en un kilómetro.  En esta parte del camino cada kilómetro está marcado por carteles señalizadores. Doy, exactamente, 1.357 pasos. Eso significa que, cada 100 metros estoy haciendo casi 136 pasos; cada 10 metros, casi 14 pasos; y cada metro, por último, me ocupa casi un paso y medio.

Llego a Villovieco sufriendo e intentando distraerme de la manera que puedo, ya que el paisaje –castellano- es una monótona llanura de campos de trigo recogido.

Pasado Villarmantero de Campos, el siguiente pueblo, hay una zona de recreo con césped y grandes pinares que la guía destaca como la última sombra del camino antes de llegar a Carrión. Allí están descansando los hermanos catalanes así que nos ponemos a charlar un rato. En la conversación me entero de que Antonio, el de Viana, al que yo calculé unos 45 años, tenía 50 y ellos, Joan y Pere, 37 y 39 respectivamente. Me doy cuenta de que las edades que les calculé cuando los conocí, 30 y 45, son totalmente erróneas; al primero lo hice más joven y al segundo más viejo.

Antes de marcharse Joan se ofrece otra vez a cargar con mi mochila y, aunque se lo agradezco mucho, vuelvo a negarme. Es mi carga, es mi responsabilidad. Mientras pueda, creo que debo ser yo quien lo haga. Si llega un momento en el que soy consciente de que no puedo llevarla aceptaré con gusto toda la ayuda que puedan prestarme pero hasta ese momento debo ser yo quien lo haga.

Al entrar en el pueblo la sensación de estar en Castilla se reafirma. Su imagen coincide con el prototipo de pueblo castellano que tengo en mi mente. En el refugio de Villalcázar me ducho, hago la colada y pongo los pies a remojo en agua con sal. Luego me tumbo en la cama y adopto, durante un buen rato, una postura de yoga que ayuda a relajar las lumbares.

Me toca compartir habitación con tres mujeres mayores alemanas. Yo diría, aunque ahora ya no me atrevo mucho a calcular edades, que tienen entre 50 y 60 años. Con ellas había coincidido ya en el albergue de Burgos, pero no intercambiamos palabra.

Después de descansar un rato me voy a ver la iglesia del pueblo; una vez más, un románico muy interesante. En la ermita de San Nicolás el puentino me hablaron del “Mesón de Pablo”. Los italianos me dijeron que trata muy bien a los peregrinos, así que me fui a cenar allí.

Los italianos tenían razón: me trataron muy bien. Me sirvieron la cena media hora antes de lo que acostumbran para que me pudiera acostar pronto. Tomé una sopa castellana deliciosa. De segundo, un lomo adobado casero muy rico. Todo ello regado con un clarete de la casa y buen pan. De postre unos dulces, también caseros, típicos de la zona.

El mesón es un salón con mesas grandes de madera. Está adornado con objetos típicamente castellanos y el techo, de dos aguas, es todo de madera vista. Durante la cena aparecieron las alemanas. Una habla español y me dice que da clases en un colegio alemán de Barcelona. Con otra me entendí en francés y con la tercera no hablé puesto que no encontramos un idioma que compartir.

El jefe del mesón me invitó a un orujo de hierbas y con el cuerpo calentito, me fui a dormir.

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