4.18. La hermandad de la Fuente del Piojo: de Arroyo Sambol a la ermita de San Nicolás el Puentino (Itero de la Vega) (2ª parte)

4/8/1996.

17ª Etapa. 7:45 h.  Arroyo Sambol – 19 h.  Ermita de San Nicolás el Puentino

(26’5 kms.)

La fuente del piojo: Tomo una amplia pista de tierra seca blanquinosa que conduce a la base de lo que me parece una alta montaña. Serpenteando en diagonal por su ladera se divisa la pista.

Desde la base de la colina de Mostelares se puede ver cómo asciende hasta un vértice geodésico que debe quedar a unos 200 metros a la derecha de donde se inicia la subida.  Aunque el desvío a la derecha modula la ascensión estoy bastante seguro de que va a ser muy dura. Me empuja y me anima la sospecha de que desde arribar debe haber una vista magnífica.

Luego preguntaré sobre los vértices geodésicos y me dirán que en nuestro país están representados físicamente por un cilindro de 120 centímetros de altura y 30 de diámetro sustentado en una base cúbica de hormigón pintado de blanco. Suelen estar en sitios altos y despejados para poder ver otros puntos, por lo que desde ellos se divisan unas buenas panorámicas. Son puntos –señales- que marcan una latitud y longitud exacta y forman parte de una red de triángulos con otros vértices geodésicos que estructura todo el territorio.

Desde la base de la colina vislumbro una figura pequeñita ascendiendo por la pista como a unos 300 metros por delante de mi. Creo que es Michel.

El sol cae de plano aunque el viento mitiga su fuerza. La ascensión es dura pero pienso que, con marcha corta, paso lento y constancia, se alcanzan todos los Santiagos. Me obligo a no mirar el valle hasta llegar arriba. Deseo que la vista panorámica sea un regalo repentino y sorprendente; no quiero estropearlo dividiendo mi atención entre el esfuerzo físico y mental y el disfrute estético. Quiero dar a cada cosa su espacio y su tiempo.

No puedo encontrar palabras que describan con justicia la vista que obtengo desde arriba; desde el vértice geodésico a 1.400 metros de altura. Estoy embargado por la emoción y noto que se me pone la piel de gallina. Me dejo poseer por la maravilla; dejo que me llene y se expanda dentro de mi. Sé y siento que esto es algo que no olvidaré. Aquí y ahora, el instante eterno, la luz ilimitada, la experiencia irrepetible e irretornable.

Un inmenso cuenco, plano en la base e irregular en los bordes se muestra ante mi. Los tonos de amarillos, ocres, tejas y marrones se mezclan por doquier en la paleta del pintor. En la parte izquierda del cuenco se levanta, como si el escultor hubiera golpeado por debajo con un punzón un, también inmenso, monte de color ocre. En su base y apoyado sobre sus laderas Castrojeriz. En su cima, las ruinas de un castillo que hubo de ser, en su tiempo, difícilmente conquistable.

Sentado a la sombra de la cruz de piedra me estoy más de una hora prendido del paisaje. Me siento lleno, pletórico y me cuesta abandonar el lugar y la vista. Cuando, finalmente lo hago me doy cuenta de que estoy en un llano y que la colina de Mostelares es, en realidad una meseta. Parece como si hubieran cortado la montaña con un cuchillo.

La senda serpentea entre bloques de piedras amontonadas algunos de los cuales tienen una cruz de hierro en su centro. Yo también me paro un momento y con piedras que recojo del camino, hago una pila con piedras de unos tres pisos de altura. Es como una pequeña pirámide de piedras que queda, junto a la senda, como testigo de mi paso.

Avanzo entre cruces y grupos de piedras apiladas por otros peregrinos. Lo que no me espero es el paisaje que me aguarda al otro lado. De nuevo un cuenco con una tremenda explosión de ocres.

Desciendo hacia el valle siguiendo la senda que pasa entre campos de trigo cortado. Estoy tan contento que camino cantando “a grito pelao” como si fuera el último o el único hombre en el mundo. Un hermano de mi madre, mi tío Luis , que cantaba zarzuela con una buena voz de tenor me enseñó a apreciar esta música. Cuando yo era niño escuchábamos y cantábamos fragmentos de las zarzuelas que le gustaban. Mis favoritas son “Katiuska” y “La tabernera del puerto”. La primera transcurre en los inviernos helados de la Rusia zarista, la segunda en un puerto de pescadores del mar cantábrico. En ambas el amor y el desamor son el tema preferente.

Ahora voy cantando “Calor de nido”, una pieza sentida y honda que habla de la nostalgia del hogar y de los amores incondicionales. La voy cantando porque me gusta y porque me la sé, no porqué sienta la añoranza y la melancolía de la que habla la canción. Más bien al contario, estoy exultante y, aunque me siento como si fuera Alfredo Kraus, la estoy cantando probablemente bastante mal. Pero no me importa; lo que quiero es exteriorizar lo bien que me siento. Por fortuna, nadie me escucha.

Al cabo de media hora de cantatas el viento me ha secado los labios y tengo sed. A lo lejos adivino el fin de la pista. A su derecha advierto unos árboles en los que parece haber un grupo de personas. No tengo claro qué o quiénes pueden ser.

Sorprendido descubro, en mis últimos pasos, que es el grupo con el que Michel quería encontrarse. Lorena, la chica sudamericana, me está esperando al final del sendero con un refrescante y apetecible vaso de agua que consumo con fruición.

Hay una fuente y unas mesas bajo los árboles. Allí han improvisado una sombra con los bordones y una capa de lluvia. Están junto a una fuente llamada “la fuente del piojo” y, según me cuentan, pretenden quedarse allí a esperar a Michel y a pasar la noche a la luz de las estrellas.

Los que están son, Pierre, Lorena, Jesús –un madrileño que conocí al salir de casa de Pablito- y dos chicas aragonesas. Se extrañan cuando les digo que Michel iba por delante de mi. Mientras comparten conmigo su comida Michel hace su aparición. Nos dice que se desvió del camino para tenderse a la sombra de una encina y que se quedó dormido.

Al rato llegan a la fuente del piojo los hermanos catalanes, Joan y Pere. A los peregrinos que van apareciendo por la pista Lorena los espera con agua, cómo si fuera la hospitalera del refugio.

El ambiente es muy bueno y todos compartimos todo lo que tenemos para comer. La alegría del encuentro y del momento nos lleva a decir que estamos en el albergue de la fuente del piojo y que es una pena que no tengamos un sello para inmortalizar el momento en nuestras credenciales.

Uno de los peregrinos que ha pasado por allí, antes de que yo llegara, le ha dibujado un piojo a una de las chicas aragonesas. Todos coincidimos en que ese debiera ser el sello. Pregunto si alguien tiene una patata y les explico cómo hacer un sello.

Nos ponemos manos a la obra. Pierre es el encargado de modelar en la patata el piojo a partir del dibujo del peregrino. El problema es que no tenemos tinta.

Nos hemos comido una lata de calamares en su tinta. A falta de algo mejor la tinta que ha quedado puede servir. Sin embargo, pronto vemos que no va a funcionar porque nos pringará de aceite las credenciales. Michel saca el cartucho de tinta de un rotulador negro que lleva y con eso lo resolvemos.

Todos nos ponemos el sello en la credencial y Lorena es la encargada de firmar y escribir “fuente del piojo”. Al final acabamos firmando todo el grupo en todas las credenciales.

Me insisten para que me quede con ellos a dormir al raso pero prefiero continuar mi camino. Michel me dice que lo que me puede es el revuelto de setas. No se lo digo pero se equivoca.

A estas alturas del camino siento que quiero ser yo quien decida los qué, los cómo y los cuándo del camino. La decisión de hacer solo el camino no implicaba, necesariamente, estar solo en el camino pero sí –y ahora lo entiendo- ser yo, valorando cada situación y cada momento, quien tomara mis decisiones.

Una decisión que no había pensado previamente ha sido la de empezar cada día el camino solo, aunque la noche anterior haya llegado o haya estado con otros peregrinos. De hecho, creo que solamente uno o dos días empecé el camino con otras personas. He descubierto que es el momento más íntimo del día. Cuando me encuentro conmigo mismo y mi camino, pleno de fuerzas para caminar y estimulado por el fresco de la mañana. Es cuando descubro los fundidos de la claridad y la luna; cuando no es noche ni día; cuando nada está escrito ni decidido. Es el momento que prepara y anticipa las sorpresas; cuando todo es posible y plausible. Es el momento de los vértices y las fronteras, cuando ni siquiera se intuye hacia qué laderas nos deslizaremos. Esa es para mi la magia del camino, esa es la magia de la vida.

Ermita de San Nicolás el Puentino: Atardece cuando llego a la ermita de San Nicolás el Puentino; es el albergue. Es una capilla románica preciosa, reconstruida y habilitada como refugio por una cofradía italiana del camino de Santiago. Los que lo gestionan son, obviamente, italianos. Nos invitan a cenar a todos los que estamos. Al llegar me he encontrado con Esteban de Vergara y con Joan y Pere, los hermanos catalanes. Además de nosotros comparten cena tres ciclistas, un franciscano italiano, Giovanni, que vive en Murcia y los dos hospitaleros. Me como dos magníficos platos de espaguetis a la pimienta.

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Una respuesta a “4.18. La hermandad de la Fuente del Piojo: de Arroyo Sambol a la ermita de San Nicolás el Puentino (Itero de la Vega) (2ª parte)

  1. Brillante!
    Gracias por compartir tu experiencia del camino así.
    Un abrazo.

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