4.17. En el páramo castellano: de Burgos a Arroyo Sambol

3/8/1996.

16ª Etapa. 6:50 h.  Burgos –  18:30 h.  Arroyo Sambol

(25 kms.)

Apoyo el pie en el suelo con mucho miedo. Milagrosamente no me duele. Comienzo la etapa con pasos muy cortos y cuidadosos. Voy pensando que si el pie me falla me quedaré por el camino. Una senda de tierra, primero a través de un arbolado y después entre sembrados, me conduce a Villalbilla. Aunque me cruzo con tres o cuatro tractores, el pueblo está dormido.

Sigo por un sendero que gira por un edificio bajo y me obliga a pasar entre tres enormes perros atados, por suerte, que me ladran desaforadamente.

Los eternos trigales cortados bordean un camino por el que me muevo a paso mosca. Antonio llega a mi lado y se pone a mi paso.

–       Pensaba que ibas por delante –le digo-.

Me contesta que ha sido de los últimos en salir del albergue.

–       Tira para adelante –le digo- que tú vas muy rápido y yo ya ves qué paso llevo.

–       Un ratito me dejarás ir contigo ¿No? – Me dice de una forma que percibo casi molesta.

–       Por favor. ¡Cómo si quieres todo el camino! Yo lo decía por ti, para no retrasarte.

Seguimos hablando hasta llegar a Tardajos del Camino. Me explica, entre otras cosas, un remedio para las escoceduras:

–       Coge –me dice- una hoja de cardo borriquero. A los lados de camino crecen en cantidad. Dóblala, envuélvela en un papel y machácala un poco con el puño o pisándola con el pie. Lego te la colocas en el bolsillo más cercano a la zona donde tengas la escocedura. Al cabo de un rato notarás como va desapareciendo el escozor.

Llegamos a Tardajos y paramos en un bar a almorzar. Para nuestra sorpresa al rato aparece Joan sin Xavi. A estas alturas ya sé que es mallorquín y que está estudiando ingeniería agrícola en Valencia.

–       Estaba seguro de que os iba a encontrar aquí almorzando –nos dice-.

Le preguntamos por Xavi y nos contesta que viene más atrás puesto que ha salido más tarde de Burgos para poder recoger unas zapatillas que le enviaban por correo.

Antonio sigue adelante y me quedo un rato en el bar charlando con Joan. Cuando salimos para continuar camino vemos aparecer a Xavi por la carretera. Decidimos seguir juntos hasta Arroyo Sambol pero, como sabemos que allí no hay nada, buscamos una tienda en el pueblo para comprar víveres.

Nos ponemos en marcha con muchos ánimos y una conversación muy agradable. Así que me olvido del pie que, por otra parte, parece estar perfectamente. En Rabé de las Calzadas nos paramos a observar a un grupo de águilas que están haciendo acrobacias por el cielo. ¡Más regalos del Camino!

Pasado este pueblo el paisaje muestra sus rasgos más castellanos. Inmensas llanuras de trigo todavía sin cosechar ondean bajo los vientos del páramo. El sendero, de tierra endurecida de color blanco crudo, los corta zigzagueando. Aunque el sol luce con fuerza el viento hace que el camino sea llevadero.

Hornillos del Camino: Atravesamos el páramo castellano charlando de nosotros mismos y  de nuestras vidas. Compartimos la emoción de estar en el camino juntos, compartimos una parte de nuestra vida y, lo más importante, lo hacemos porque queremos. Pocas cosas hay más satisfactorias en la vida que las de elegir la compañía libremente; escoger el camino que queremos seguir; y tener la libertad, por último, de decidir en cada momento si queremos pararnos o continuar. Creo que nunca en toda mi vida he experimentado una sensación de paz, libertad y conexión con el ambiente y el mundo como la que estoy sintiendo y viviendo en el camino.

Sin embargo, no quiero engañarme. No todas las personas ni en todos los momentos y circunstancias de la vida tienen la posibilidad de disponer de una capacidad de elección tan extraordinaria. Si tengo la libertad de sentir y experimentar esta libertad, si puedo elegirla, es porque en este momento de mi vida no tengo vínculos emocionales que condicionen o influyan en mis decisiones. Es también porque dispongo de un trabajo seguro que me proporciona el tiempo y el dinero suficiente para no tenerme que preocupar por lo que, habitualmente, son las preocupaciones cotidianas fundamentales de la mayor parte de las personas: el tiempo y el dinero. Soy sin duda un privilegiado y creo que es muy importante recordármelo y tenerlo siempre presente porque eso me va a ayudar a entender mejor a aquellos que no lo son.

¡Quiero disfrutar de esta libertad con la máxima intensidad posible! Y quiero grabar estos sentimientos y estas sensaciones en mi memoria; en la sentimental, pero también en la racional. El mañana solo existirá mañana y ni sabemos ni necesitamos saber hoy qué es lo que nos deparará. Lo único que sé es que me parece muy importante que el mañana nos encuentre fuertes, seguros y dispuestos a lidiar con sus luces y sus sombras.

El camino me llena de energía, me hace fuerte y yo me abro a él y a la aceptación y a la sorpresa de lo que venga.

La charla ha dado paso a un caminar ensimismado. Más o menos  a un kilómetro de distancia de Hornillos caminamos los tres, Xavi, Joan y yo,  separados; cada uno a su propio ritmo. El primero va Joan “máquina total”; como le solemos llamar, en broma, por lo embalado que va. A unos 50 metros más atrás  camina Xavi y a una distancia parecida, en la retaguardia, yo.

Los primeros días, en la ruta aragonesa, me encontré con que los pueblos solían estar en lo alto de las colinas o montes. En el camino castellano los pueblos están encajonados, al abrigo de los vientos, en las hondonadas del páramo. Caminando por el llano no los ves hasta que no los tienes encima.

En Hornillos el sol es muy fuerte así que decidimos comer en el albergue y continuar el camino por la tarde.

El albergue es una maravilla. Lo llevan Miguel y Juncal, una pareja de unos 50 o 55 años. Son muy atentos y cariñosos. Allí encontramos a Michel y a Susana, del grupo de peregrinos que conocimos en Santo Domingo de la Calzada. Nos dicen que se han quedado atrás por problemas en los pies. Michel es uno de los dos franceses, el que habla un castellano más correcto.

En la sobremesa empezamos a hablar y hacen su aparición las historias. Hay una, especialmente, que se me queda grabada. Habla de dos jóvenes a los que la justicia belga impuso como condena, por los delitos cometidos, hacer el camino de Santiago. Me explican que es la única justicia del mundo que lo contempla a partir de una ley que perdura desde el siglo XII. No me cabe ninguna duda de las virtudes educativas del camino.

Miguel y Juncal nos preparan un café y con él en la mesa nos cuentan la historia de la estatua del gallo que hay en la plaza del pueblo:

–       Durante la guerra de la Independencia un destacamento de soldados franceses acampó cerca del pueblo. Al día siguiente los lugareños observaron que faltaban gallinas de sus corrales así que se armaron de sus garrotes y fueron a buscar a los franceses. Allí no había ninguna gallina y el capitán les dijo que ellos no habían sido. Cuando, muy  desconcertados, los aldeanos se estaban marchando un gallo cantó. Resulta que los franceses habían ocultado las gallinas dentro de sus tambores.

Comentando que vamos a seguir hasta Arroyo Sambol, Miguel y Juncal nos dicen que no vale la pena quedarse a pasar la noche allí; que no hay nada. Comentan que es preferible seguir hasta Hontanas donde, además, hay piscinas.

Al oír esto Joan, “máquina total”, reacciona:

–       Yo me voy.

–       ¡Pero cómo te vas a ir con este solazo! –Le dice Xavi-.

Joan se empeña así que, Xavi y yo decidimos que, cuando baje un poco la fuerza del sol, le seguiremos.

Arroyo Sambol: A las 17’30 horas salimos para Hontanas. El paisaje no varía. Dejamos atrás el pueblo subiendo una cuesta y otra vez estamos en el páramo. Charlamos caminando a buen paso.

Al llegar a Arroyo Sambol vemos, a lo lejos, el reflejo de una casita de una planta con una extraña cúpula en su parte derecha. El edificio es curioso. Junto a él una alameda verde contrasta con el amarillo del paisaje dominante. Eso debe ser el albergue, que más bien parece un refugio.

Decidimos parar un momento en el mismo camino sin acercarnos al refugio, que queda un poco apartado. El sol es ahora muy suave y el viento del páramo hace la tarde muy agradable. Cuando voy ya por el segundo cigarrito, una aparición: Joan, que se acerca corriendo desde el refugio.

–       Os he visto bajar desde el refugio. Os estaba esperando allí, pero al ver que no aparecíais he salido a buscaros. –Dice Joan-.

–       Pero tú, ¿qué haces aquí? –Le pregunta Xavi-

–       Nada, que he entrado al pasar y he decidido quedarme porque es una maravilla de sitio –responde Joan-. Me he comido un plato de lentejas. Hay buen vino y un estanque. Además, hay literas para dormir.

Nos explica, también, que es un refugio templario. El refugio resulta ser, en efecto, una maravilla. Está construido en piedra. Es una única sala rectangular. Se accede al interior por una puerta en el centro de uno de los brazos largos del rectángulo. Frente a la puerta, una mesa y tras ella, una minicocina con una ventana alargada en forma de puerta. A la derecha, 10 literas. A la izquierda, una sala circular con un asiento de obra también circular bajo una cúpula azul con estrellas doradas pintadas en el techo. En el suelo un cono de piedra debió servir en el pasado para encender el fuego. Ahora hay solamente una lámpara de incienso. Un pequeño altar con el símbolo del Temple y el de Santiago se halla ubicado en el lado corto del rectángulo.

Cuando entro al refugio encuentro a un hombre mayor del pueblo cercano sentado a la mesa. Es Gaspar, un hombre muy campechano con quien disfrutamos de una pequeña charla muy entretenida.

Me dicen que muy cerca hay un estanque con agua de manantial helada. Sin pensarlo me cambio y me baño dos veces. Un poco por chulería –dado que nadie más se atreve-  y otro poco porque de verdad me apetece. Mientras me baño llegan dos parejas de ciclistas y alucinan de que me esté bañando con la temperatura que tiene el agua. El baño  me resulta muy muy estimulante.

Más tarde aparece el hospitalero. Es un hippie de unos 30 o 35 años con una barba amplia, desaliñada y canosa. Nos prepara unos macarrones con tomate y cenamos a la luz de las velas.

Con él ha venido Vitorino, un hombre de unos 60 años, bajito y con gafas. Es el dueño de un mesón en el pueblo de Hontanas. No se queda a cenar pero le decimos que, al día siguiente, pasaremos a desayunar por su casa. Antes de marchar nos demuestra su principal habilidad, de la que se siente muy orgulloso y por la que, según él, es conocido en el camino. Seguramente tiene razón puesto que ya habíamos visto en Burgos una fotografía suya mostrando su habilidad. Toma un porrón de vino y se echa el chorro por la frente; el vino de forma más o menos precisa le baja hasta la boca. Joan le hace varias fotos.

No sé muy bien porqué pero el hospitalero no me acaba de gustar. Cuando acabamos de cenar nos sentamos en círculo en el banco de obra bajo la cúpula, enciende unas barritas de incienso y pone música new age. El ambiente podía haber sido perfecto para contar historias o para sentir el silencio acompañados por la música de fondo. Pues bien, en ese momento, el hospitalero se puso a contar chistes de vascos y guipuzcoanos. Si hubiera podido haber alguna magia en ese mismo instante se rompió.

Trato de abstraerme y, en la penumbra que me proporcionan las velas, me coloco en un rincón y hago una meditación. Después salgo del refugio a contemplar las estrellas. Pienso que, en el futuro, recordaré con añoranza estos momentos tan especiales. La noche está muy estrellada y corre una ligera brisa que eriza suavemente la piel. Vuelvo a pensar y a sentir lo afortunado que soy.

Me duermo apaciblemente en la litera mientras de fondo suenan las notas de “The visit” de Lorena McKennit.

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