4.16. Una panorámica sin vistas: de San Juan de Ortega a Burgos

2/8/1996.

15ª Etapa. 7:40 h.  San Juan de Ortega – 14 h. Burgos

(31 kms.)

Todavía es de noche. La salida de San Juan, como siempre en solitario, es mágica. La senda transcurre entre encinas que producen la sensación de estar en un bosque muy tupido. Cuando empieza alumbrar la claridad una niebla brumosa llena la mañana. Hace frío. Llevo puesto el chubasquero pero no resulta suficiente. Me parece que voy a tener que acabar por comprarme un jersey.

A los encinares suceden unas praderas que contrastan con la bruma blanquecina de la mañana. No me duele nada y camino muy a gusto con el frío. Llego a Agés con muchas ganas de ir al lavabo pero no hay nada abierto. Sigo caminando por una pista rectilínea muy ancha que se pierde al fondo entre la bruma circundante. Voy pensando en meterme en algún ribazo, al lado de la senda, para aliviarme cuando veo que, no demasiado lejos detrás de mi, viene caminando un grupo grande de chicos y chicas; parecen un colegio.

La cosa se pone fea porque mi urgencia comienza a ser cada vez más urgente y la verdad es que voy muy apretado. Esperar a que pasen es un problema porque seguramente tardarán bastante. Creo que pararme no es una opción porque me van a alcanzar y me van a ver en mitad de la faena. Finalmente decido apretar el paso lo más posible y sacar la máxima distancia para ganar  algo de tiempo. Por suerte diviso un arbolado, a mano izquierda, junto a los campos de trigo recogido. Allí me dirijo “a toda pastilla” apretado, también, por el grupo de chicos y chicas que no ceja en su empeño por alcanzarme.

Aun no me han alcanzado los chicos cuando, resuelto mi problema, reanudo mi camino. Continúo hacia el pueblo de Atapuerca con la idea de hacer allí un descansito. Una vez en el pueblo me encuentro con Antonio. Se ha puesto pantalón largo y un jersey. Está sufriendo. Dice que sin calor no puede caminar puesto que se le anquilosan los músculos.

Sin parar, seguimos juntos el camino. Iniciamos charlando una subida pedregosa muy pronunciada. Al llegar arriba un cartel anuncia que estamos ante una vista panorámica maravillosa y un banco está dispuesto para que el peregrino la disfrute sentado. Lo cierto es que a duras penas podemos ver el banco en la espesa niebla en la que estamos inmersos. Eso es algo que nos hace mucha gracia aunque, ciertamente, yo lamento no poder disfrutar del panorama.

Llegamos a Villaval y, sentados en un banco del pueblo, Antonio saca una lata de sardinas y pan duro. Lo compartimos también con Joan y Xavi que aparecen enseguida.

Seguimos caminando los cuatro y pasamos por el pueble de Cardeñuela. Más adelante, en Orbaneja, paramos en el bar del pueblo para almorzar. Me tomo un bocata de tortilla y seguimos camino.

El tiempo no mejora y, aunque no llueve, el día está muy oscuro. Estamos preocupados porque nos han dicho que la entrada a la ciudad de Burgos se hace por un cinturón industrial muy desagradable.

Con resignación tomamos la carretera pero pronto las flechas amarillas –ante nuestra sorpresa- nos llevan a una senda entre trigales. Más adelante el sendero atraviesa un antiguo aeródromo y, evitando Villafría, nos adentramos en Burgos con un trayecto muy pequeño por carretera. Estamos encantados.

Llevamos un paso muy vivo, aunque a mi hace un rato que ha empezado a dolerme un músculo delantero en la unión entre la espinilla y el empeine.

A la entrada de Burgos nos separamos. Joan y Xavi quieren ir a correos. Antonio y yo nos adentramos en la ciudad. Yo quiero comprar tabaco y un jersey; Antonio, sacar dinero. Me compro un jersey de lana negro. Tras hacer estos recados y pasar por la catedral nos dirigimos al albergue. Yo cojeo notablemente y vamos cada vez más lentos. Antonio es una maravilla, sigue a mi paso y me dice que no me preocupe.

El albergue, una casamata prefabricada de madera –poca cosa, a mi entender, para una ciudad como Burgos- está cerrado. Cojeando nos vamos a comer a la cafetería de la Facultad de Derecho que, por lo que nos dicen, está muy cerca. Allí, una vez más, Xavi y Joan. Nos sentamos con ellos ante una comida que –relación calidad precio- está estupenda

Volvemos al albergue y ellos tres se van a visitar la ciudad. Yo no puedo. Tengo que cuidarme y descansar. Durante una hora mantengo los pies sumergidos en agua, vinagre y sal que me proporcionan las hospitaleras. Después, media hora de masaje con bálsamo del tigre en el músculo dolorido y, a continuación, dos horitas de cama.

Es media tarde cuando me levanto. En ese momento llegan unos ciclistas al albergue pidiendo cama para pasar la noche. Me sorprende la respuesta de las hospitaleras. Les dicen que no podrán saberlo hasta la noche. Si los peregrinos que van a pié no han llenado las camas del albergue habrá sitio para ellos. Es en ese momento cuando pienso que los ciclistas parecen ser ciudadanos de segunda en el camino. Es cierto que el esfuerzo de peregrinos a pie o en bici no tiene comparación, pero también lo es que yo he visto ciclistas, en los Montes de Oca, cargándose a la espalda su bici para poder subir por los fuertes desniveles del camino. Es posible que esto no pase en todos los albergues.

Antonio regresa al atardecer con la compra para la cena que, tal y como nos había dicho, corría por su cuenta. Yo intento y, tras insistir bastante, consigo pagarle una parte.

En una mesa de madera, al aire libre, preparamos unas ensaladas de tomate, queso cortado en tacos, salchichón y aceitunas. Tenemos hasta una botella de vino. Antonio invita a sumarse a nuestra mesa a las dos hospitaleras: Mariví, una burgalesa morena y Abigail, una rubia norteamericana; ambas encantadoras.

Cuando ya estamos todos sentados a la mesa, Antonio se levanta y con mucha parsimonia, hace una bendición muy divertida: ¡¡Los reyes magos y sus pajes bendigan la mesa de estos salvajes!! La cena resulta sabrosa y sumamente divertida. Al final comienza a hacer frío y se levanta un viento muy potente. A dormir prontito.

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