4.15. De remedios, libros y sopas de ajo: de Belorado a San Juan de Ortega

1/8/1996.

14ª Etapa.   6:40 h.  Belorado – 16 h.  San Juan de Ortega

(24 kms.)

Atravieso el pueblo con una luz todavía tenue. Tomo una senda pedregosa que me lleva a la carretera y enseguida la abandono para adentrarme en un estrecho sendero lleno de zarzas y de ortigas. Delante de mi camina un grupo muy numeroso de jóvenes.

También hoy me acompaña una luna apenas blanquecina; esta vez, sobre un azul claro que casi difumina sus contornos. Camino renqueando levemente. Un extraño dolor me ha aparecido en los músculos delanteros y traseros de la cadera derecha. Voy muy incómodo.

Tosantos: Al llegar tengo que parar. El pueblo es muy pequeñito y está desierto. Me fumo un cigarro a la sombra y tallo un rato el bordón. Cada día lo llevo con más normalidad y se está convirtiendo en mi compañero y en mi guía. Gracias Pablito por un regalo tan especial.

He tallado muchos signos y símbolos que acompañan aquel primer punto de luz que dibujé en su base. He tallado en vertical las letras de CAMINO DE SANTIAGO y debajo, siguiendo todo el perímetro de la vara, el número que identifica este año: 1996. También he dibujado una gran cruz de Santiago. Tengo la sensación de que cada nuevo símbolo, signo o dibujo que añado lo hace más fuerte, le da alma; mi fuerza y mi alma. Ya es inequívocamente mío. Es mi bordón.

Paso Villambistia y llego a Espinosa. Dos perros pequeñitos salen a recibirme y los acaricio. ¡Por fin, perros amigables! Un banco de piedra, adosado a una casa, me resulta adecuado para descansar. El dolor en la cadera no ha parado. Empiezo a preocuparme pues no se me ocurre ninguna razón a la que atribuirlo. Vuelvo a hacer lo mismo que en Tosantos: cigarrito y talla. La navaja suiza  que adquirí en Logroño fue, sin duda, una buena compra. Los dos perros se quedan a mi lado haciéndome  compañía.

Un grupo grande de chicos y chicas alemanes cruza el pueblo en grupos de dos o de tres. Según me explica luego uno de sus profesores, que encontraré en el camino, hacen algunas etapas sueltas como parte de su viaje de estudios. Son de un colegio de Bonn (Alemania).

Villafranca: En el trayecto hasta Villafranca sólo siento el dolor continuo en la cadera. No hay nada más; tan sólo dolor e incomodidad que no me abandonan en ningún momento.

Busco un bar y aprovecho para descansar y almorzar. Sé que luego me tocará caminar cuesta arriba, así que los huevos fritos con jamón me darán las energías que necesito.

Al cabo de un rato aparecen tres peregrinos que ya había visto el día anterior en Belorado, aunque casi no hablamos. Se sientan en una mesa junto a la mía y almuerzan. Pronto entablamos conversación. Me preguntan cómo me ha ido la primera parte de la etapa. Cuando lo explico y les hablo de mi dolor, Antonio, un hombre de unos 45 años natural de Viana, me dice:

–       Nada. Eso se arregla fácil. Lo que te pasa es que has cargado demasiado el peso en la parte derecha. Lo que tienes que hacer es cambiarte de mano el bordón. Ya verás como el dolor se te pasa rápidamente.

Los dos chicos que le acompañan son hermanos. Uno de ellos, Joan, de unos 30 años, lleva la cabeza rapada al cero. El otro, Pere, con barba, debe tener unos 45.

–       Hay, si no, otra forma –continúa Antonio-. Consiste en meterse un cartón doblado bajo el talón contrario a la cadera que te duele.

–       Bueno –le digo-. Seguro que lo voy a probar.

La guía explicaba y lo había oído contar a más de un peregrino que, en San Juán de Ortega, el párroco local tenía por costumbre, recogiendo una antigua tradición, ofrecer a los peregrinos que llegaban a pernoctar allí el primer plato de la cena: unas sopas de ajo. Estos últimos, por su parte, debían traer el segundo plato para compartir con el resto de peregrinos. Como sé que allí no encontraré, probablemente nada, compro lo que necesito aquí en el bar: chorizo, queso, salchichón y pan.

La senda que sale del pueblo asciende abruptamente. Llevo el bordón en la izquierda, como me ha dicho Antonio y, aunque me resulta un poco difícil por la falta de costumbre, enseguida noto que, en efecto, yendo así no me duele la cadera. Estoy encantado.

Cuando acaba la subida veo a mi izquierda un paisaje idílico. Sólo llevo recorrido un kilómetro pero el lugar merece la pena. La fuente de Mojapán y una magnífica sombra de robledal se abren a unas laderas boscosas. Bebo agua, me tiendo y disfruto del paisaje. La navaja me viene a la mano y vuelvo a mi bordón y a la talla. Estoy y me siento inmensamente feliz.

Al ratito aparecen Antonio, Joan y Pere y se sientan a mi lado. El primero me dice que sólo tiene hasta el día 15 de Agosto para caminar, así que su intención es llegar hasta donde pueda. Por su parte, los dos hermanos me explican que han comenzado su camino en Logroño y  que tampoco disponen de muchos días para caminar. Pere comenta que no tiene costumbre de hacerlo y lo veo quitarse el calzado para curarse. La planta de su pie es un auténtico poema, ¡pobre hombre! Una de las ampollas que tiene le ocupa más de media planta del  pie. ¡Me impresiona mucho vérselo!

Después de disfrutar durante un rato del lugar y la conversación  nos ponemos a caminar los cuatro juntos. El paisaje, muy hermoso, es una extraña mezcla de encinares y pinares; entre ellos va transcurriendo la senda que seguimos. Estamos en los Montes de Oca que, según apunta la guía del camino,  dan “presumiblemente” nombre al juego de la oca.

Antonio es un personaje muy interesante, respira calidad humana por todos los poros. Al compás del camino comentamos muchas cosas. Los kilómetros se van sucediendo sin enterarnos. Me habla de una novela histórico-costumbrista que, sin duda, leeré: “Los pilares de la Tierra” de Ken Follet. Es la historia de un constructor de catedrales de la Edad Media. Yo le hablo de mi pasión por la literatura, especialmente por la de ciencia-ficción.

San Juan de Ortega: Yo me paro a descansar con Joan y Pere, tras pasar toda una parte del bosque que está quemada. La desnudez de la tierra entre tanta frondosidad hiela la sangre en las venas y da un poco de miedo.  Es un lugar extraño que produce mucha inquietud. Algo malo ha tenido que ocurrir en ese lugar; algo que no ha dejado buenas vibraciones en el ambiente.

Antonio sigue adelante. Al cabo de un rato soy yo el que continúo dejando atrás a los dos hermanos. Parece como si tuviera prisa por dejar atrás esa zona.

Al llegar al monasterio Antonio me comenta que le han dicho que sólo queda una cama libre y que él va a seguir caminando hasta el próximo albergue para que Pere, que está tan fastidiado de los pies, pueda utilizarla cuando llegue. Yo le digo que me quedo. Sólo necesito un hueco en el suelo donde poner el saco.

En contra de lo que me habían dicho aquí hay un bar. Me dirijo a él puesto que la recepción del hospitalero no es  hasta las 16 h. Allí me encuentro a Joan y Xavi, los valencianos, que han acabado ya de comer. Yo me pido una ración de morcilla frita y un vasito de vino ¡Placeres del camino!

El hospitalero nos dice que, al final, no va a haber problema de camas y que tanto Antonio como yo podemos quedarnos.

Por la tarde, después de los ritos de limpieza y cuidado de los pies, gozo de una estupenda tertulia con Jose Mª, el cura del monasterio; el hospitalero; otro señor de quien no recuerdo el nombre; y, por último, Joan y Xavi.

El sacerdote es, también, todo un personaje. La conversación empieza cuando yo le pregunto si habrá sopas de ajo por la noche. Noto que le gusta cuando yo le digo que he comprado cosas para el segundo plato. Enseguida entiendo su postura. Lo que valora, por encima de todo, es compartir. Pero compartirlo todo.

Está cansado de tener que hacer sopas de ajo por obligación.  Me parece claro que la rutina acaba por matar la emoción. La guía lo explica, los peregrinos lo cuentan y él se siente obligado cada noche a hacer lo mismo y eso no le acaba de gustar. O, mejor dicho, lo que no le gusta es que los peregrinos sólo quieran tomarse sus sopas de ajo porque es “lo típico”. Tengo la sensación de que durante nuestra conversación -que transitó por temas muy diferentes aunque, como siempre, dedicando un buen rato a nuestros caminos- él está valorando si hacer o no esa noche las sopas de ajo.

Al final de la conversación nos propone hacer una misa y le decimos que sí. Fue muy pero que muy emocionante. No fue ni la religión ni dios; lo que me atrapó fue el rito y el calor de las emociones compartidas.

La misa de José Mª nos hace sentirnos importantes como peregrinos. Nos hace pensar en nuestros seres queridos, los vivos y los muertos. Yo me acuerdo de las personas que forman mi familia y de mis padres muertos y ofrezco, por todos ellos, esa hermandad mágica que se produce cuando todos los peregrinos cantamos juntos. Hace que nos preguntemos qué significa para nosotros el camino y porqué lo estamos haciendo.

Durante la celebración de la misa tuve la sensación de que me conectaba con todo; de que la piel que me separa del mundo se deshacía y me fundía con todos los seres animados e inanimados que me rodeaban. Con los ojos cerrados me perdí, durante unos instantes eternos, en el ambiente anaranjado y trémulo que  la luz de las velas dibujaba.

Acabada la misa el sacerdote nos enseña y nos explica el capitel de la anunciación. Es famoso en el camino y en la arquitectura porque el sol lo ilumina solamente en los equinoccios de primavera y otoño.

Dos magníficas cacerolas de sopas de ajo nos esperan a continuación. Cada peregrino pone sobre la mesa la comida que lleva para compartir. Al acabar de cenar, Antonio, los dos valencianos, y los dos hermanos que empezaron en Logroño nos fuimos al bar a tomarnos un cafecito. Luego charla y sueño.

 

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