4.14. De Santo Domingo de la Calzada a Belorado: voces, cantos y polifonías

31/7/1996.

13ª Etapa.   7:20 h. Santo Domingo de la Calzada  – 13:15 h. Belorado

(21 kms.)

Me despierto tarde y me pongo a caminar con la sensación de no haber descansado lo suficiente. La mañana es muy fresca. Hace mucho frío. Ahora me vendría muy bien el jersey que decidí no coger por el peso.

Grañón: Me esperan 5 kilómetros de carretera general muy transitada. A mi izquierda dos chimeneas, separadas entre sí unos veinte metros, elevan al cielo su perdida magnificencia industrial. Entre ellas una luna redonda y transparente, como una sagrada hostia consagrada, se perfila en el azul profundo del cielo de la mañana. La carretera, recta como el horizonte, se pierde en el centro de la base de un monte triangular, redondeado en el vértice superior.

La incomodidad del frío y de la carretera realza mi falta de descanso. A la entrada de Grañón y por vez primera, un perro, afortunadamente no muy grande, se lanza contra mi, con ganas de morderme. Lo mantengo a distancia con el bordón hasta que aparece su ama. Me dice que ha sido la vara la que lo ha asustado. ¡Gran consuelo! También ha sido lo que ha impedido que se me acercara.

Me han dicho que de Grañón al pueblo siguiente el camino no es fácil de encontrar, así que espero a que pase algún aldeano y le pregunto.

Voy a abandonar La Rioja para entrar en Castilla y el paisaje va a cambiar radicalmente, la tierra roja, los viñedos y el fértil regadío van a ser sustituidos por las llanuras interminables de cereal. Nada separa el tránsito entre paisajes. Ni señales ni accidentes geográficos pero el peregrino advierte claramente el paso de las tonalidades verdes a los ocres y amarillos.

Redecilla: Una pista pedregosa divide en la planicie los campos de trigo recién cortados. No veo ni una sola bala de paja. El paisaje es verdaderamente castellano.

Nada más salir del pueblo me alcanza una aldeana de unos 55 años. Hablamos y caminamos juntos. Esta mañana ha venido “a escape” –me dice- a Grañón a recoger unas cosas y ahora vuelve a su pueblo. Me cuenta lo difíciles que están ahora las cosas y me pregunta, ante mi sorpresa, si me pagan algo –no a mi, sino a los peregrinos en general- por hacer este viaje andando. Eso me sirve para hacerme una idea bastante aproximada de la concepción que tiene de los peregrinos. Supongo que, desde su perspectiva, se hace muy difícil, sino imposible de entender que “sufrir penalidades”, encima cueste dinero. Para ella la vida ya comporta demasiadas penalidades. Vuelvo a pensar, como tantas y tantas veces, que soy un privilegiado por poder vivir la vida que vivo y poder elegir cómo vivirla.

La conversación resulta muy agradable y llegamos a Redecilla sin enterarnos. Había muchos cruces de caminos en la pista. Si hubiera venido solo me hubiera perdido más de una vez.

En el bar del albergue de Redecilla me encuentro a Elia, que ya reanuda su camino. La chica que atiende el bar es muy maja. Hablando del camino desde Grañón me dice que los del pueblo –aunque no sabe exactamente quién- cambian las flechas del camino cada año. Seguro que a ellos les parece muy divertido.

Me tomo un café con leche y cuando ya me disponía a seguir aparecen Xavi y Joan. Éste último está mucho mejor de la pierna. Continuamos juntos.

Pasamos por Castildegado, Viloria –la cuna de Santo Domingo– y Villamayor, segundo pueblo que paso con este nombre. Desde Viloria el paisaje es magnífico. Un valle entre cerros, cruzado por la carretera como si estuviera cortado por un cuchillo. Las diferentes tonalidades de ocres y amarillos forman un conjunto que la luz del sol resalta en la distancia. Si no fuera por las líneas tan rectas que lo cortan pensaría que estoy ante una de las doradas visiones de Klimt.

Un kilómetro más allá de Villamayor ya no puedo seguir. Estoy cansado y no hay ni una sola sombra a la vista. Me paro al sol y les digo a Joan y a Xavi que sigan, que ya los alcanzaré. Por suerte corre un airecillo que me hará la parada más agradable. El sol comienza a pesar y nada queda ya del frío de la mañana.

Cuando llego al albergue de Belorado me duelen los pies y estoy harto de tanta carretera. Me ducho, hago la colada y me voy a comer con Joan, Xavi y Elia. La conversación durante la comida es muy animada. El primer tema siempre es el camino. Él es, ahora mismo, toda nuestra vida; es nuestra realidad y ocupa la mayor parte de nuestros pensamientos. Hablamos sobre las motivaciones que nos han impulsado a cada uno de nosotros a hacer el camino. También hablamos de los perros y todos coincidimos en que son el “trauma” del camino.

Después de la comida me acerqué al centro de salud porque quería que me miraran una duricia que me había salido en la parte externa del dedo gordo del pie. Me dice el médico que tiene dos puntos de hematoma y que si me quedara en el pueblo me lo abriría.  Cuando le digo que esa no es mi intención me recomienda, únicamente que me lo proteja.

Vuelvo al albergue y me hago una buena siesta. La hospitalera –la persona que se ocupa del albergue- me comenta que a las 19 horas comienza en la iglesia que hay al lado la oración del peregrino. No estoy especialmente interesado en la religión pero me mueve todo lo relacionado con el camino y con los ritos que lo pueblan. Abierto como estoy a todo ni me lo pienso: me voy para allí.

En una capillita pequeña de la iglesia estamos nueve personas contando a la hospitalera y al párroco. Cantamos “Juntos como hermanos”, una canción que yo conozco bien por mi larga educación católica -13 años en un colegio de los hermanos Maristas y 6 en un club juvenil de los carmelitas-.

Siempre me ha gustado mucho cantar en grupo. Hace muchos años descubrí que era capaz de armonizar las voces de las personas con las que cantaba; que podía crear, cantando, una base vocal para que las demás voces se acoplaran. Desde entonces cantar en grupo me produce sensaciones muy curiosas a la vez que placenteras. En una canción de grupo o en un coro mi voz busca, de manera casi instintiva, llenar los espacios sin sonido que generan las voces superpuestas para intentar conseguir que sean voces conjuntadas y que produzcan polifonías armonizadas que suenen bien. Cuando lo consigo –no siempre el sentido musical o el timbre de las voces que participan me lo permite- siento que todo mi cuerpo vibra como si fuera el instrumento del grupo; como si todos cantaran a través  de mi. La sensación es muy placentera para mi pero también para las personas que participan. Eso ha hecho que a lo largo de mi vida, en general, a la gente le haya gustado cantar conmigo.

Cuando acabamos la canción leemos unos salmos, que el párroco nos pasa fotocopiados, en los diferentes idiomas de los peregrinos. Pide, por último que alguien rece el padrenuestro en su idioma natal. La hospitalera lo hace en gaélico. El olor a incienso de la iglesia y su voz desnuda sonando como pequeñas piedritas arrastradas por el agua hacen el momento mágico.

Unos instantes de silencio y de meditación compartida me dejan, al salir de la iglesia, como en un estado de trance.

–       ¿Qué habéis hecho?- Me preguntan Joan y Xavi, sentados en el suelo a la sombra de un muro ante el, aun potente, sol de la tarde.

Se lo explico y nos enzarzamos en una conversación sobre nuestras respectivas creencias. De ahí pasamos a hablar del sentido y significado de la ciencia y lo científico en nuestra sociedad actual. Una hora después aún seguimos hablando de rituales, fenómenos inexplicables y esoterismo.

 

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Una respuesta a “4.14. De Santo Domingo de la Calzada a Belorado: voces, cantos y polifonías

  1. Si, un cambio brusquísimo es el que has tenido que notar de Santo Domingo a Redecilla, si, sobre todo por los extensos viñedos que rodean Santo Domingo. Algo así como cruzar el estrecho de Gibraltar. Como no notases la diferencia por las obras de la autovía… Que daño ha hecho el estado de las autonomías

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