4.13. Empezando a establecer redes: de Nájera a Santo Domingo de la Calzada

30/7/1996.

12ª Etapa. 6:50 h. Nájera  –  12 h.  Santo Domingo de la Calzada

(22 kms.)

Las calles de Nájera me llevan, ascendiendo, a un bosque de pinos que respira aromas en la recién estrenada claridad del día. Por desgracia, los márgenes de la senda por la que transito están llenos de porquería y de basura. Eso estropea el paisaje.

En el alto, veo una cañada que baja de forma abrupta. Una de las paredes es de roca irregular, la otra, herbosa, desciende desde un viñedo. A partir de ahora los campos de viñas son continuos. Se nota que estamos en tierra de vino.

Azofra: La última parte del camino hasta el pueblo transcurre por la carretera. Unos doscientos metros antes de llegar un campesino en una carriola se pone a mi altura con ganas de charla. Me pregunta por el camino y me cuenta cosas del pueblo. Hablamos de los perros y mis historias con ellos; también de bares y de fuentes. Me dice que hay dos bares en el pueblo y que están “picados” entre ellos.

Mientras vamos caminando y charlando el burro se me acerca y frota su cabeza contra mi brazo.  Yo sigo hablando y voy acariciándole el cuello. Por la carretera se acercan a nosotros varios peregrinos. A todos los conozco del día anterior y de la tertulia pero con algunos todavía no he cruzado una palabra.

Llegamos al pueblo y yo entro a uno de los bares; el único que está abierto. Allí me encuentro a Joaquín, un vasco de Vergara de unos 35 años. Tomamos y café y echamos unos cigarritos con una animada charla. En el mismo bar nos sellan a los dos la credencial. Joaquín me enseña un bordón precioso que se ha hecho él mismo con madera de acebo y de boj. Lleva una concha tallada en el pomo y, cuando otros peregrinos se maravillan ante su vara, les dice que ha tenido todo un año para tallarla.

Continuamos andando juntos y, de una tirada, nos hacemos los 10 kilómetros que llevan hasta Cirueña. La conversación resulta tan agradable que ni me entero. Hablamos sobre todo del camino y del significado y la importancia de hacerlo en solitario.

–       En realidad –le digo-, aunque vayamos acompañados, siempre hacemos el Camino solos. El dolor, el sufrimiento siempre es personal e intransferible. Puedes explicarlo, decirles a los demás cómo te sientes, pero eres tú y sólo tú el que lo sufres.

–       Es verdad –me contesta-. Y lo mismo pasa con las experiencias estéticas. Puedes explicar la belleza o el placer pero sólo tú lo sientes en toda su intensidad y particularidad.

Para Joaquín hacer el camino en solitario es sentirse libre. Él es un consumado andarín. En su pueblo hace salidas cada domingo a caminar. De hecho, en el rato que llevamos juntos él va reteniéndose un poco y yo, por el contrario, voy forzando la marcha. Es algo de lo que no soy consciente –¡Tan centrado iba en la conversación!- hasta que la pista pedregosa comienza a ascender.

Es en ese momento cuando me acuerdo de lo que me dijo Flora:

–       No dejes que los grupos (o las personas) te arrastren si no van a tu ritmo. No te fundas con ellos. No te dejes arrastar, no sigas su ritmo pues, al final, seguro que lo vas a pagar

Yo, inocente, le respondí que eso a mi no me pasaría. Pues bien, hoy me ha pasado y ya comienzo a notar los efectos en mis pies. En este caso, lo que me arrastra, lo que me puede es el deseo de conocer a una persona interesante. Más tarde, cuando comiencen los problemas, pensaré que quizá hubiera debido esperar a conocerlo y charlar con él en el albergue.

Quizá una señal premonitoria de que el camino se escribe con mis manos y mis pies y no con los de los demás es lo que me sucede a continuación. El cinturón de mi mochila, recién estrenada, se me descose de la espalda, de la zona de los riñones. La cosa es grave puesto que dicho cinturón me permite ajustar y equilibrar el peso. Intentaré que me lo arreglen en Santo Domingo. Pero eso puede, sin duda, alterar de alguna forma mi camino.

Cirueña: Paramos en este pueblo a descansar. Nos sentamos en unas piedras en la esquina de una casa, a la sombra. Al cabo de un ratito van apareciendo peregrinos. Llega una chica gallega, pequeñita; una auténtica locomotora, según dicen los demás y pronto tendré ocasión de comprobar. Dos chicas aragonesas y dos chicos franceses –que hablan castellano- con los que ya coincidí a la salida de Navarrete; la chica sudamericana; dos parejas de peregrinos más y, por último, más retrasados, Joan y Xavi. Joan tiene problemas con un músculo de la espinilla y viene renqueando.

Santo Domingo de la Calzada: Nos ponemos nuevamente en camino. Los dos franceses, Joaquín y yo caminamos juntos por la senda pedregosa a un ritmo fuerte. Joaquín dice que pronto veremos grandes extensiones de patatales.

–       La última vez que pasé por aquí, en la segunda quincena de agosto pasado, había montones de temporeros a ambos lados del camino recogiendo patatas –nos cuenta-. Así que me puse a pensar en lo rica que sería una tortilla de patatas en el albergue de Santo Domingo. Y es lo que hice nada más llegar. Este año pienso hacer lo mismo.

Cuando, al cabo de un rato, vemos los campos inmensos comenzamos a hacer bromas.

–       Imaginaos la cantidad de patatas fritas que se podrían hacer de este campo –dice Pierre-.

–       Pues también se podrían hacer unas cuantas tortillas de patata –contesta el otro francés-.

–       Para eso hace falta tener huevos –apunto yo-.

–       Unos cuantos –dice Joaquín-.

Entre bromas llegamos a Santo Domingo. El albergue es una preciosidad. Me instalo y lo primero que pregunto es por algún sitio donde me puedan coser la mochila. Los pies me duelen mucho por el esfuerzo de la etapa, pero debo resolver este tema. El descanso deberá esperar.

En una tienda de zapatos para niños me atiende un señor mayor muy amable que me dice que me lo resolverá. Me pregunta, curioso, por el camino y me cuenta que, hace dos años, su hija tuvo que interrumpirlo porque cogió una salmonelosis de la que todavía le quedan algunas secuelas. ¡Vaya ánimos que me regala! Aunque, eso sí, me va a arreglar el cinturón.

Estoy en mi tierra, así que algunas cosas me las sé. Busco el “Rincón de Emilio” y allí degusto unos magníficos caparrones rojos y una chuleta de ternera con pimientos verdes. Todo ello regado con un crianza Muga del 1991. De postre “arroz con leche” y un cortadito.

Volvía al albergue con idea de dormir un rato pero, bajo los soportales de la plaza, unos cuantos peregrinos del grupo de los franceses charlaban animadamente. Me senté con ellos.

En el centro del grupo, Pierre, muy divertido, habla, con un español renqueante, de las delicias de su país. Enseguida me informan de que la cosa va de “chauvinismo”. Pasamos casi una hora de agradable y chispeante cháchara.

Después la colada, tender, recoger la mochila arreglada y una estupenda visita guiada en grupo a la catedral. En ella disfrutamos de una exposición, con audiovisual incluido, del retablo y del altar mayor que está desmontado y recién restaurado.

Todos quieren ver el gallo vivo que hay dentro de la catedral ya que las guía que los peregrinos llevamos informan con detalle de la leyenda de finales del siglo XIII que dice que en “Santo Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada”.

Ya en el albergue hacemos una cena comunitaria entre Xavi, Joan, Elia y yo. Cenamos una ensalada y un arroz a la cubana. A diferencia de otros días que suelo irme muy temprano a dormir, hoy no me he acostado hasta las 23’30 h. Es la conversación animada; la cena compartida; los vínculos establecidos con los otros peregrinos. Todo eso es el camino y hay que aprovecharlo y vivirlo en toda su intensidad.

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