4.12. Todos somos peregrinos: de Yagüe a Nájera

29/7/1996.

11ª Etapa. 6:50 h. Yagüe (Logroño)  –  15’15 h. Nájera

(24’1 kms.)

Desde Yagüe tomo un atajo que me lleva de vuelta al camino. Lo primero que me encuentro es un cartel que reza: PARADA DE PEREGRINOS. Flora me habló del personaje que había a la salida de Logroño. Me imagino que se refería a esta parada. Recuerdo que le dije: Explícame algo de él puesto que pasaré de madrugada y seguramente no lo veré. No quiso hacerlo y es algo que puedo entender aunque, la verdad, hubiera preferido que me lo explicara.

En realidad, que te cuenten las cosas  sirve de poco. Lo que hay que hacer es vivirlas, experimentarlas. Vivimos una época de sucedáneos. La TV, los diarios, incluso el cine y los libros nos ofrecen versiones edulcoradas de las cosas. La sensación de primera mano es algo que nuestra cultura parece desechar[1]. Y eso, entre muchas otras cosas, es lo que puede ofrecer el camino: sensaciones nuevas, diversas, variadas, no edulcoradas, de primera mano. Sensaciones que vivimos y experimentamos en primera persona.

El camino es un crisol de relaciones no mediatizadas o, mejor dicho, canalizadas por el peregrinaje. Es el punto donde todos nos encontramos, ricos y pobres, guapos y feos, extrovertidos e introvertidos. Todos somos peregrinos; todos estamos el camino; y son nuestros pasos y nuestras historias los que lo configuran y le otorgan sentido.

Nos encontramos en el calor asfixiante y en las lluvias que nos calan hasta los huesos; en los pies doloridos y en las ampollas que nos hacen “caminar como patos”. Eso nos hermana, nos hace iguales. Es la humanidad desbordada del camino lo que nos hace sentirnos auténticos seres humanos.

La pista, perfectamente urbanizada, me conduce por un paisaje, cada vez más verde y arbolado, hasta el pantano de la Grajera. Recuerdo esta zona antes de que la convirtieran en un espacio de ocio y de recreo. Era un pantano maloliente totalmente ocupado por los mosquitos. Ahora es un paraíso de verdor. Hay patos en el pantano y zonas arboladas donde han habilitado merenderos.

Un puente de madera guía al caminante entre árboles centenarios hacia la salida del parque. El sol todavía no ha aparecido y la frescura de la mañana se deja sentir en las carnes.  Ahora estoy siguiendo una pista pedregosa que asciende hasta un alto. Tras cruzar unos metros de carretera, entre dos gasolineras que están  una a cada lado de la calzada, la pista me conduce a través de preciosos viñedos con cepas en forma de copa.

Atravieso un puente que pasa sobre la autopista. Más adelante cruzo la carretera general y entro en Navarrete, el pueblo de los alfareros. Eran las 9 de la mañana y el sol empezaba a anunciar próximos rigores.

La noche anterior, desde Logroño, llamé por teléfono a mi amigo Balbino, de Lapuebla de Labarca. Almorzar juntos en Navarrete era la única oportunidad que íbamos a tener este verano para echar un rato juntos.

Primero me dirigí al Ayuntamiento para sellar mi credencial y, acto seguido, me fui al bar donde había quedado con mi amigo. El desayuno, como siempre, huevos fritos con jamón. La conversación con Balbino también muy interesante. Charlamos de cosas personales, de cómo estamos y cómo nos sentimos; de las relaciones que tenemos y de nuestros amigos y amigas comunes.

Le hablo de lo expansivo que me siento y de lo fantástico que me está resultando el camino. Balbino tiene una forma de escuchar que te invita a compartir; siempre ha sido muy receptivo. Mientras conversamos aparece Xavi, uno de los valencianos; los del carrete de fotos. Después de comerse un bocadillo nos despedimos de Balbino y subimos a la plaza del pueblo, donde esperaba Joan con varios peregrinos más que yo no conocía.

Cuatro kilómetros de carretera bajo un sol asfixiante, con un tráfico de camiones muy denso y a un ritmo infernal nos alejan de Navarrete a Xavi, a Joan y a mi. En la primera sombra que encontramos, ya fuera de la carretera, los abandono. En ella están descansando algunos de los nuevos peregrinos que conocí en Navarrete. Dos chicos franceses, una pareja y una chica sudamericana. Estoy un ratito descansando con ellos y, enseguida, continúo a solas mi camino.

El sol quema. Voy buscando las ocasionales sombras de las encinas que, de tanto en tanto, bordean el camino, que conduce a un altozano. Desde allí la senda desciende, atraviesa la carretera y discurre, a su lado, por un sendero herboso durante algunos kilómetros. Una sombra me invita seductora. Me tiendo a beber agua y me fumo un cigarrito.

Nájera: Desde mi sombra, a la vera del camino, voy viendo pasar, en grupos de dos o de tres personas, a diferentes peregrinos.

El último tramo hasta Nájera transcurre por un sequedal junto a una fábrica de grava. El pueblo, entrevisto a lo lejos hace rato, parece no llegar nunca. Carteles amarillos cada pocos tramos tienen escrito: ¡Ánimo! ¡Ya falta poco! Y el extraño ULTREIA. Nadie ha sabido decirme qué significa. Incluso en el libro del albergue, que más tarde leería, algunos peregrinos preguntaban o se quejaban de no saber su significado después de verlo tantas veces escrito[2].

También la travesía de Nájera resulta dura. En el albergue, regentado por una asociación de amigos del camino, me reciben muy bien. Me instalo, me ducho, y me preparo para irme a una piscina que me han dicho que es gratuita para los peregrinos. Cuando salía me encontré a Joan que se vino conmigo.

Allí nos bañamos y mientras él se iba a hacer una serie de recados yo me dediqué, durante casi tres horas, a este diario.

A las 20 horas me fui a cenar de tapas y luego, en el albergue,  los peregrinos que pernoctábamos allí tuvimos una tertulia sumamente divertida. En el libro del albergue leí un texto que me hizo mucha gracia: “vendo pies usados. Compro ruedas para que me lleven a Santiago”.

 

 


[1] Eso es algo que ha cambiado en los años que han pasado desde que hice el camino. Hoy es precisamente eso lo que se busca: sensaciones fuertes, de primera mano. Sensaciones que nos hagan sentirnos vivos. Sensaciones que nos hagan creer que vivimos una vida única, singular, especial. Que nos hagan pensar que no somos uno más, alguien del montón; que somos especiales.

[2] No sabría, hasta después de haber acabado el camino que, desde la antigüedad era el grito de ánimo del camino que significa “más allá”.

 

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