4.11. Conectando con los orígenes: de Los Arcos a Yagüe (Logroño)

28/7/1996.

10ª Etapa.     6:50 h. Los Arcos  –  17 h.  Barrio de Yagüe (Logroño)

(31’5 kms.)

La guía dice que es una etapa incómoda porque son muchos kilómetros sin apenas pueblos: “sólo tres y dos de ellos están unidos”. Justo apunta la claridad del día cuando me pongo a caminar. En ese mismo momento se apagan las farolas del pueblo.

A lo lejos se vislumbra el siguiente pueblo, Sansol. Parece estar muy cerca pero es una impresión falsa; me costará casi una hora y media llegar hasta él. En el primer tramo del camino adelanto a una pareja de Gandía. Charlamos un momento y continuo andando.

Sansol: No llueve ¡por fin! Y el cielo parece que está más o menos claro. A mi izquierda una sierra montañosa que más tarde, con la perspectiva de Logroño, -que es la que siempre he tenido-, reconoceré como “El león dormido”. Ahora, mirándolo a lo lejos, veo que sus dos cimas están ocultas por un manto de cúmulos blanquecinos.

El León Dormido es un pequeño monte que forma parte de la sierra de Cantabria y que está muy cerca de Logroño. Cuando yo era un jovencito había subido a él muchas veces con mis amigos a hacer acampadas o a mirar las estrellas.

Pronto mi sombra alargada e inclinada me adelanta. Un sol inmenso y rojizo aparece a mis espaldas. Los persistentes campos de trigo cortado me acompañan. En Sansol me paro en un pequeño parquecito con fuente para reponer fuerzas. Me voy acercando hacia lugares conocidos. Nací y pasé toda mi infancia en La Rioja.

Viana: Todo el trayecto pasando a través de Torres del Río lo hago con un señor mayor que me va preguntando cosas sobre el camino. Es una charla muy animada y agradable. A la salida del pueblo vuelvo a encontrarme a la pareja de Gandía. Delante de ellos caminan tres extranjeros. Son un irlandés, un galés y un inglés. Pienso que es una extraña mezcla dada la historia y relaciones de los tres países.

Camino un buen rato charlando con la pareja. Me dicen que es la segunda vez que hacen el camino. La primera vinieron con botas y no les llovió ni un solo día. Esta vez llevan bambas y el chico, sobre todo, dice tener los pies destrozados. No obstante sigue adelante. Esto es el camino: el espíritu del camino.

El paisaje ha vuelto a cambiar. Subimos y bajamos un barranco tras otro. Es una zona de monte bajo. Ocasionales campos de viñedo comienzan a aparecer aquí y allá. Cuando veo un lugar apropiado me siento junto al camino mientras la pareja sigue adelante. Bebo un trago de agua de la cantimplora, me fumo un cigarrito y tallo un ratito la vara. Estoy haciendo diferentes marcas y signos. En la parte de abajo he tallado, eliminando la corteza en todo el perímetro, unas rayas verticales separadas. Si le doy la vuelta al bordón parece que fuera como un farol y las rayas blancas, que han aparecido al eliminar la corteza, las ranuras por donde sale la luz. Mientras estoy tallando la vara pasan cuatro grupos diferentes de peregrinos. A partir de ahora esto será una constante.

Sigo caminando en solitario hasta Viana donde almuerzo los ya habituales huevos fritos con jamón. Desde allí llamo a mi casa a Logroño para avisarles de que voy a ir a dormir.

Logroño: Una pista me conduce a la ermita de Nuestra Señora de Cuevas, lugar al que de pequeño había hecho numerosas excursiones con el colegio de los maristas. Un poco más adelante un espectáculo muy extraño: un tremendo pene y una vagina, de esos que se compran en los sex-shops, ondean sobre uno de los palos de una valla de madera que discurre en paralelo a la derecha del camino. Me parece de muy mal gusto.

Atravieso la carretera general y entro en un pequeño pinar donde el intenso aroma que desprenden los árboles me obliga a pararme y a disfrutarlo. Sólo se me ocurre definirlo diciendo que olía a madera resinosa calentada. Un perfume exquisito, natural, vivo y estimulante.

He empezado otra vez a tallar la vara cuando aparecen Xavi y Joan. El camino a Logroño transcurre sin enterarnos mientras nos explicamos cómo nos ha ido en el camino desde Undués.

A la entrada de Logroño nos espera la señora Felisa sentada frente a una pequeña mesa blanca de camping sobre la que hay un gran libro abierto. Está sentada a la sombra de una inmensa higuera. Ya nos habían hablado de ella como de uno de los “personajes” del camino. Nos ofrece agua fresca y nos dice que nos sentemos y pongamos algo en su libro. También nos habla de lugares para comer bien y barato en Logroño. Tras sellar nuestras credenciales de peregrinos seguimos camino.

Al pasar delante del cementerio que hay a la entrada de Logroño siento de repente que no puedo seguir el camino sin entrar a saludar a mis padres, muertos años atrás. Es curioso que ahora me pase esto pues, siempre que he venido a Logroño, he sido muy reacio a entrar en el cementerio. Mis padres me acompañan siempre en mi recuerdo y no necesito visitar los lugares donde yacen sus restos. Sin embargo esta vez hay algo diferente que no sé muy bien cómo explicar[1]. Me acerco a visitar las tumbas con una emoción muy intensa y allí les hablo a los dos y les cuento lo que  estoy sintiendo, cómo me encuentro y lo mucho que los añoro y me acuerdo de ellos.

Sigo mi camino hasta el final de portales –la calle mayor de Logroño-, donde vive mi amiga Lola. Llamo a su casa pero no está. Quien está es su hija, Belén. Subo a verla un momento y frente a un buen vaso de agua fresca charlamos un ratito.

De allí a Yagüe, un barrio periférico de Logroño, donde está la casa en la que nací. En ella vive Loren, la esposa de mi padre y mi segunda madre. Para llegar a Yagüe hay que salirse ligeramente del camino así que voy andando muy atento a las flechas amarillas que marcan el camino. Me doy cuenta de la habilidad que he ido desarrollando, a lo largo de los últimos días, para verlas en los sitios más insospechados, un muro, la calzada, una farola, etc. Ellas son mi guia, quienes me ayudan a comprobar que sigo en el camino.

En mi casa, como siempre, Loren me tiene la mesa preparada con una buena comida. De primero: ensalada de verano con patata, zanahoria, huevo, atún y cebolla. De segundo unas exquisitas chuletillas de cordero. Mientras se hace la colada, que hoy hace la lavadora por mi, le cuento mis días de camino y mis experiencias.

Loren tiene un regalo muy especial para mi. Ha comprado una concha de vieira, la ha agujereado y ha confeccionado con hilos trenzados una cuerda para que pueda colgármela y llevar el símbolo que me identifica como peregrino. Estoy absolutamente encantado con mi regalo.

 

 


[1] Como he dicho al principio, el pudor no me permitió escribir determinadas cosas en el diario pensando que alguien podría leerlas. Eso me llevó a no consignar nada de mis experiencias, por decirlo así, más esotéricas del camino. Lo que me sucedió en el cementerio de Logroño fue lo mismo que en el resto de cementerios junto a los que pasé, solamente que en este de manera mucho más sentida e intensa. Supongo que los vínculos emocionales que tenía fueron un puente apropiado para llegar hasta mi.

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