4.10. De perros, lluvias, miedos y bordones: de Estella a Los Arcos (Parte 2)

27/7/1996.

9ª Etapa. 6:40 h. Estella – 14:30 h.  Los Arcos

(19’7 kms.)

Villamayor: Seguía lloviendo y la senda, que ascendía y descendía continuamente, estaba tan embarrada que hacía muy difícil caminar. Las botas pesaban mucho con el barro incrustado en las estrías de la suelas y tenía que andar con mucho cuidado para no resbalarme y caer.

El nombre del pueblo me sonaba porque de allí era una parte de la familia de una chica con la que había estado saliendo y viviendo varios años. Alguien a quien hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver.

Una vez en el pueblo me encontré con dos chicas de Madrid que hacían el camino en bicicleta. Llevaban dos impermeables de colores de esos de “todo a cien”. Me estuvieron hablando de los problemas que tenían con el barro para circular con las bicis. Ante las dificultades se estaban planteando seguir por la carretera.

Me alcanzó también el peregrino que pidió el bordón a Pablito cuando yo me marchaba y me dijo que nos disponíamos a cruzar “el desierto de Los Arcos”. Era la segunda vez que él hacía el camino y la primera vez tuvo que cruzarlo con un sol abrasador. Debió de ser, por lo que dijo, algo muy duro. Lo dejé hablando con las chicas; se conocían puesto que habían compartido refugio la noche anterior.

Los Arcos: Casi doce kilómetros bajo la lluvia me esperaban hasta Los Arcos. Los empecé por una pista que cruzaba entre campos de cereal cortado, algún viñedo y grupos ocasionales de álamos.

A los tres kilómetros, cansado de la lluvia y con hambre, me senté debajo de un árbol a la orilla del camino y me comí unas galletas de chocolate. Enseguida me alcanzó el chico del bordón de Pablito. Se comió conmigo dos galletas y continuo su viaje.

No me había sentido cómodo con la vara de Pablito en los últimos kilómetros. Pesaba demasiado y era difícil de manejar por la longitud y el peso. Pablito ya me había avisado de que el bordón estaría perfecto cuando ya hubiese hecho unos días de camino: se habría acabado de secar –pesaría menos-, me habría acostumbrado a él y, sobre todo, lo habría hecho mío. Decidí acelerar el proceso personalizándolo. Saque la navaja y empecé a tallar el bordón.

En el camino pronto fueron todo campos amarillos a uno y otro lado. Ocasionalmente la pista se convertía en senda y el barro volvía a dificultar la andadura obligándome, en mas de un caso, a caminar por los campos de cereal.

El camino seguía interminable y la lluvia fue substituida por “vientos huracanados”. Pensé: He tenido calores asfixiantes, lluvias pertinaces y vientos huracanados. ¡En este viaje sólo me falta que nieve!

En un momento aparecen los “Cogotitos de la Raicilla”, unos cerros verdes de matorral bajo que, amontonados, limitan el camino por la izquierda. La guía que llevo dice que caminar por aquí es aislarse del mundo durante tres horas y señala, también, que el “entorno tiene un componente mágico”. Es verdad.

A un lado de la senda una caseta de ladrillo destartalada y con parte del techo hundido. Me acerco a ella y entro. No hay nada dentro, aunque en el suelo hay paja y restos de fuego. Es posible que haya sido refugio de pastores o peregrinos. La guía sigue diciendo que al pie de los Cogoticos está  el “despoblado de Piedras Mormas” y, junto a él, el “Charco Negro”. No veo ninguna de las dos cosas en el camino pero los nombres tienen una sonoridad tan oscura que inevitablemente pienso en Saurón y en el Señor de los Anillos.

Más adelante un cartel indica: 5 kilómetros a Los Arcos. El camino está absolutamente lleno de cagarrutas de oveja y de cabra. Llama la atención. Se nota que ésta es una zona de pastoreo.

Cuando el cartel indica 1 kilómetro, la lluvia reaparece con fuerza insospechada. Ya no me abandonará hasta el pueblo. Las canaleras de sus casas desaguan a medio metro de los aleros por la fuerza con la que cae el agua. Circulo pegado a las fachadas viendo como el centro de la calle se convierte en un auténtico torrente alimentado, cada pocos metros, por grandes cascadas que caen de los tejados como colas de caballo.

Calado hasta los huesos atravieso todo el pueblo y llego hasta el hotel-restaurante Mónaco. Sé que el albergue está más allá, pero soy incapaz de avanzar más en este estado.

Por fin a cubierto degusto los placeres de esta tierra: pochas con guindillas, lomo con pimientos y arroz con leche. Todo ello regado con un crianza de Los Arcos que no está del todo mal.

 

 

 

 

A gusto con el sitio decido finalmente quedarme a dormir aquí y no ir al albergue. Luego me enteraré de que el albergue estaba muy bien y de que allí me hubiera encontrado con peregrinos conocidos.

Por la tarde hago una visita a la iglesia donde un inmenso órgano de tubos –el más grande de Europa, me dicen- llama poderosamente mi atención. En ella me encuentro a Xavi y Joan, los dos valencianos a los que devolví el carrete de fotos en Undués de Lerda.

 


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