4.10. De perros, lluvias, miedos y bordones: de Estella a Los Arcos (Parte 1)

27/7/1996.

9ª Etapa. 6:40 h. Estella – 14:30 h. Los Arcos

(19’7 kms.)

Es de noche y llueve en Estella cuando me pongo en camino. A la salida del pueblo una granja-alimentación me permite desayunar.

Una llovizna suave me acompaña hasta Ayegui. Me habían dicho –y la guía que llevo también lo recoge- que por aquí había una fuente de la que mana vino pero o no he sido capaz de encontrarla o me he saltado las señales sin verlas. Habiendo nacido en tierra de vino, la Rioja, tampoco es algo que me parezca especialmente interesante así que sin darle más importancia continuo mi camino hacia Ázqueta.

Ázqueta: Una pista me conduce hasta un bosque de encinas precioso que esta vallado para que no entren animales. Montejurra, verde e imponente en su majestuosidad montañosa, me observa desde mi izquierda.

Pasada la valla que cierra el bosquecillo, cruzo la carretera y abro otra que me da entrada a otro encinar. El escenario es muy curioso: una carreterita estrecha, en medio de un bosque, limitada por dos cercas con sendas vallas que permiten atravesarla. A pesar de lo agradable del lugar, el ambiente es oscuro y opresivo, casi tenebroso.

Influido por el ambiente me acuerdo de Bécquer y de la “leyenda del Monte de las Ánimas”; del miedo y la angustia que sentí al leerlo. Un escalofrío me recorre el espinazo. El silencio profundo y la impenetrabilidad de las encinas llenan el aire de presencias ominosas y de oscuros presentimientos. Tengo miedo y miro a mi alrededor con una cierta aprensión.

Un cartel llama mi atención a la derecha: ZONA DE PERROS. Fue leerlo y de forma inmediata oír una barahúnda de ladridos en la distancia. Es lo que me faltaba para hacer el ambiente perfecto. Ya me veo rodeado por una jauría de perros de dientes afilados y bocas babeantes que buscan ansiosos mi sangre.

Asustado, pero dispuesto a vender cara mi vida, me enrollo el pañuelo en el cuello, por debajo de las solapas del chubasquero. Si me muerden en el cuello, les costará llegar a la carne -pienso-. En ese mismo momento me acuerdo de que, unos días atrás, me comentaron Luis y los peregrinos riojanos que, a la entrada de Burgos, había que tener mucho cuidado porque había perros vagabundos que podían ser peligrosos.

La senda entre las encinas es estrecha, oscura y retorcida. Voy muy atento al camino y llevo mi vara preparada por si acaso. Los ladridos suenan cada vez más próximos y más amenazadores. Muy inseguro y con mucho miedo , voy mirando a mi alrededor. Dispuesto a luchar, llevo la navaja abierta en una mano y la vara preparada para defenderme en la otra. Estoy muy asustado.

De repente me veo a mi mismo como si fuera un observador externo. Y en ese mismo momento me hago consciente del susto tan tremendo que se llevaría alguien que se encontrara conmigo en ese momento:, con la navaja abierta y la vara en ristre, listo para el ataque. Me siento totalmente tonto y me río de mi mismo. Simplemente no puede ser que esté pasando lo que siento que está pasando. Así que cierro la navaja -aunque me doy cuenta de que la dejo a mano- y continuo caminando de forma más o menos normalizada, sintiéndome un poco “peliculero”. Jugadas que nos gasta una imaginación desbordada.

Todos los miedos y presentimientos desaparecen cuando llego a la valla que pone fin al encinar y da paso a la claridad del día. Aun sigo oyendo los ladridos pero ya no me parecen ni amenazantes ni peligrosos. Enseguida identifico de dónde proceden; de unas inmensas naves-granja cercanas al camino.

Un intenso aroma de lavanda llena de repente y como por ensalmo el aire de la oscura mañana. Un poco más adelante veo un campo cultivado de lavanda. Ésta sí que es una imagen que me hubiera encantado conservar en algún otro lugar aparte de mi memoria. Ahora me pena no haber traído cámara de fotos. Largas hileras como de algodón verdeazulado se pierden convergiendo en la distancia. Si no fuera por lo desapacible del día me hubiera sentado un rato para admirar el espectáculo y disfrutar de la intensa fragancia que se desprende.

Tras cruzar un barranco inicio la ascensión hacia Ázqueta. Después de la intensas emociones de la mañana necesito un café caliente. Pregunto a una señora que veo en un balcón si hay algún bar en el pueblo y me dice que no. Me siento en un banco de piedra a cubierto para descansar un poco y, nada más hacerlo, aparece un hombre con barba. Es Pablito.

–       ¿Quieres un café? –Me dice-.

–       ¿Dónde? –Le contesto- Me acaban de decir que el bar está cerrado.

–       En mi casa –dice- dirigiéndose hacia atrás.

Un perro pequeño se acerca y me ladra insistentemente. Pablito lo calla de inmediato. Siempre he pensado que los pueblos son el único lugar donde los perros saben que son perros.

Ya en su casa me descargo y me quito el chubasquero. Me hace pasar a un salón muy bien amueblado y con un hogar de leña. Perpendicular a la entrada, una barra como de bar separa la cocina del salón. Nos ponemos uno a cada lado y mientra friega y prepara la cafetera me explica:

–       Yo soy Pablito y soy conocido en el mundo entero porque doy varas a los peregrinos.

–       Ya me habían hablado de ti -le digo- y pensé que si te encontraba tendría problemas puesto que no me gustaría desprenderme de mi vara. Le tengo cariño y, para mi, ya tiene historia.

–       No te preocupes para nada –me contestó- Yo estoy aquí para servir al peregrino.

Hablamos de muchas cosas durante casi una hora y media.  Me enseñó un vídeo en el que, en un documental holandés sobre el camino le hacían una entrevista. Estaba muy orgulloso de su papel en el camino y del servicio que prestaba a los peregrinos. Cada vez que, a lo largo de nuestra conversación, oía pasar a algún peregrino salía a la puerta y le ofrecía una vara y café. Fue un rato muy agradable y los dos nos sentimos muy a gusto.

Me enseñó unas quizás 200 varas preparadas para dárselas a los peregrinos y un número, que no sé calcular, de las que le dejaban los peregrinos que se llevaban una de las suyas. Dijo que algún día le gustaría montar un museo con ellas.

Me explicó toda una teoría muy elaborada sobre cómo tenían que ser las varas –que él llamaba bordón (una preciosa palabra)- y sobre cómo había que llevarlas para minimizar el gasto de energía y maximizar la eficacia de los pasos. Fue una disertación muy instructiva.

En síntesis: el bordón ha de tener la altura de la persona. Hay que llevar la mano que lo sujeta a la altura del hombro. Y hay que sujetarlo, por último, rodeándolo con la palma de la mano y con los dedos. El pulgar recto con la uña frente a nosotros, apoyado sobre el bordón y señalando al cielo.  Pablito decía que es el pulgar apoyado en el bordón el que lo sujeta durante el balanceo de los pasos a la vez que obliga al peregrino a llevar la espalda recta.

No se si la explicación es muy científica pero, desde luego, fue muy precisa y llena de sentido. Ni que decir tiene que aprendí a llevar el bordón de la manera que me enseñó Pablito.

Me dijo que él escogía varas de avellano que cortaba a diferentes alturas y elegía cada una de ellas en función de cada peregrino.

La madera de avellano es la mejor para hacer bordones -me explicó-  dado que es muy dura y, cuando se seca, pesa muy poco.

Después de eso tuve claro que no sólo no me importaba dejar mi vara sino que deseaba y me hacía mucha ilusión que Pablito me diera uno de sus bordones[1].

Al acabar la charla Pablito me llevó a un corral y me mostró unos 10 bordones que tenía apartados diciéndome:

–       Estas son las varas especiales -. Rebuscó entre ellas y tomando una me dijo:

–       Ésta es la tuya -.

Con un papel de lija suavizó la parte del bordón donde se coloca la mano y flamante por que se lo hubiera aceptado, volvimos al salón.

Acabó enseñándome una talla del siglo XII que guardaba, en la que había un cristo triangular muy interesante y, también, una piedra estela realmente magnífica que tenia en el huerto.

Me invitó a un pacharán de cáscara de nuez verde –delicioso- que me hizo entrar en calor. Cuando ya me marchaba apareció un peregrino y, desde la puerta abierta, le dijo:

–       Usted es Pablo ¿verdad? ¿Tiene un bordón para mi?

A lo que él contestó:

–       No. Yo soy Pablito y por supuesto que tengo un bordón.

Tras esto, nos despedimos con un efusivo abrazo y seguí mi camino ya con el bordón de Pablito en la mano.

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Todavía hoy conservo el bordón que me regaló Pablito y que llevé todo el resto del camino.

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