4.9. De Puente la Reina a Estella: ¿Los navarros tienen la cabeza grande?

26/7/1996.

8ª Etapa.   6:50 h.  Puente la Reina  – 14:45 h.  Estella

(22’5 kms.)

La guía dice que, a partir de aquí, todo el camino hasta Santiago apunta directamente al oeste. Lo único que hay que hacer es seguir cada día la dirección que lleva el sol para llegar a Santiago de Compostela y, más allá, a Finisterre. Siempre hacia poniente.

Después de un buen desayuno en el hotel tomo el camino. Atravieso el pueblo, que resulta estar en fiestas. Ahora entiendo porqué encontré el albergue lleno de gente; me pareció raro, pero no se me ocurrió porqué podía ser.

En la calle mayor del pueblo numerosos mozos y mozas, vestidos de blanco y con el –casi obligatorio en fiestas- pañuelo rojo al cuello, se preparan para el encierro de vaquillas que comenzará a no mucho más tardar. Frente a un bar, con un vaso de vino, de cerveza o de algún licor en la mano, los mozos se increpan de forma bravucona y divertida los unos a los otros. Alguien que no conozca el juego podría pensar que están discutiendo fuerte y que, de un momento a otro, puede estallar alguna pelea. En realidad de lo que se trata es de ver quién hace callar a quien o quién dice la barbaridad, la bestialidad o la gracia más exagerada para hacer que todos se rían. Es como una pelea de gallos que, en la mayoría de casos, se suele iniciar cuando los jóvenes ya van bastante bebidos y que suele acabar con la mayor parte de ellos retorciéndose de risa por el suelo. Es un juego que conozco muy bien pues lo practiqué a menudo en mis años jóvenes, cuando vivía en Logroño.

El día es oscuro y llovizna suavemente cuando cruzo el puente de los peregrinos. Es una preciosa construcción de piedra y de ladrillo rojo datada en el siglo XI a la que se accede a través de una arcada también de piedra.

La pista por la que inicio el camino está llena de charcos de la tormenta de la tarde anterior que, por suerte, me cogió estando ya hospedado en el hotel. Pronto se convierte en una estrecha senda muy cuidada que asciende serpenteando por un monte. Se oye el traqueteo de la carretera a la derecha del camino, no muy lejos.

El paisaje es verde y fresco; muy agradable. Pienso en las diferencias entre el viaje hecho en coche o caminando. En el primero sólo cuentan la distancia y el tiempo: cuánto debo recorrer y cuándo llegaré. En el segundo ni importan ni existen las distancias; sólo los lugares a los que se llega y las personas con las que se habla.

En el camino un paso sucede a otro paso. La distancia o la “gran distancia” es únicamente una limitación mental; un obstáculo que yo me pongo a mi mismo. Sé que paso a paso llegaré, en algún momento, a cualquier sitio al que me proponga ir. El viaje en tren desde Somport a Logroño duró varias horas y se me hizo muy largo. Claro, lo único que yo quería era llegar, salvar la distancia que me acercaría al inicio de mi camino. Recorrerlo caminando, sin otro sentido ni otro ritmo que el que el propio camino marque me llevará 10 días.  Unos días tan llenos de instantes, de ahoras, tan ricos, tan mágicos, tan duros, tan divertidos y, en definitiva, tan interesantes que cualquier idea preconcebida de distancia queda minimizada, olvidada.

El camino es como la propia vida. Mejor aún, el camino es la propia vida. Puedo llegar a todos los lugares que me proponga, tan solo debo caminar; hacer que a cada paso siga otro paso. Tengo que saber , eso sí, –el camino se encarga de enseñártelo- que cuando camino cuesta arriba o cuando ésta es muy empinada el paso corto es el más apropiado y lo mismo ocurre cuando camino cuesta abajo.

El camino nunca acaba –mientras se vive- y las ansias por llegar siempre acaban por pasar factura. El antiguo refrán “no hay atajo sin trabajo” describe muy bien situaciones que se presentan en el camino. En él hay tiempos para todo: para oler, para sentir, para compartir y para saborear. Hay un tiempo para cada cosa y es muy importante saber vivirlo en toda su intensidad –sea bueno o sea malo- y no pretender agotarlo o evitarlo.

El “aquí y ahora” –conciencia y vivencia del instante- de las tradiciones orientales es una buena guía para el camino: vivir lo que venga, lo que encuentres. Aceptar las cosas como son –es decir, como las vemos-, como se nos presentan. Y entender que eso no tiene porqué significar, de ninguna manera, aceptación acrítica o resignación. Significa partir de la aceptación realista y contextualizada de lo que hay antes de cualquier intento de cambio.

Algo que me llama poderosamente la atención en Mañeru es que es el primer pueblo del camino que me encuentro en el que no oigo, ni al entrar ni al salir, ni un solo ladrido de perros.

Cirauqui:  Dos kilómetros y medio más adelante me topo con Cirauqui. Es un pueblo precioso asentado sobre una colina. Una buena subida caminando mientras de fondo me sigue el omnipresente ladrido de los perros. Al pueblo se accede por una senda muy estrecha, entre campos de trigo, llena de matojos y de plantas de anís. El aroma anisado que llenaba el ambiente era una auténtica delicia. En lo alto del pueblo me crucé con un grupo de peregrinos que habían parado en una panadería. Atrás, en el camino, había observado sus huellas y había especulado sobre cuántos serían y de qué sexo y edades. Este es otro de los juegos a los que me presto a menudo: deducir, a partir de sus huellas, la gente que me precede.

La bajada desde lo alto del pueblo se hace por una calzada romana que está reconstruida en parte. Es muy bonita y le ayuda a uno a imaginarse como debían ser los caminos de la antigüedad. Descendiendo por la senda la calzada forma una uve en cuyo vértice hay un puente al que falta una de sus barandas.

Tengo una sensación de libertad totalmente expansiva. Me siento tan contento y tan lleno de vida y emoción que comienzo a cantar a voz en grito. Hago un repaso a canciones que me sé de música cubana –“Lágrimas negras”; “Son de Santiago”, etc.-  y acabo cantando fragmentos de las zarzuelas  “Katiuska” y “La tabernera del puerto”.

No se si tendría algo que ver pero pronto empieza a llover de forma persistente. Eso no me impide, sin embargo, ni caminar ni cantar. Me pongo la capucha del chubasquero, me calo el sombrero y sigo con mis pasos y con mi recital.

Lorca: El camino empieza a ponerse difícil. El agua embarra la senda y mis botas, con fango adherido, pesan cada vez más. Caminar se vuelve por momentos lento y requiere mucha energía por mi parte.

Cruzo el río Salado preguntándome el porqué del nombre y casi con tentaciones de bajar a probar el agua. Suerte que no lo hice.

Luego me contaron lo que narra Aymerich Picaud en el “Codex Calixtinus” del siglo XII, que es el primer relato del camino de Santiago que se conserva. En él explica que, un poco más arriba de donde está el puente del río Salado, había una gran piedra de cobre que envenenaba el agua haciéndola muy peligrosa para beber. Cuenta que los lugareños ofrecían agua a los peregrinos y luego los seguían. Cuando estos últimos caían enfermos a causa del agua ingerida los degollaban y les robaban sus pertenencias.

Vivir en el medievo tenía que ser realmente duro. Aunque no parece muy probable que estos tiempos alguien me hubiera degollado para robarme, insisto, suerte que no bebí.

Llego a Lorca calado hasta los huesos. Pregunto por el bar y me envían hacia la carretera general. Allí me dirigía cuando oigo que me chistan desde una casa cercana. Con sorpresa y alegría descubro a Balduino y Flora, que yo hacía ya mucho más adelante en el camino. Están en casa de la señora Carmen, una mujer muy cariñosa que alquila habitaciones para pasar la noche y atiende a los peregrinos.

Balduino, con su peculiar forma de hablar, me dice que han visto pasar a mucha gente pero que sólo me han llamado a mi porque soy especial. Que nos den un bañito de jabón es algo que a las personas en general, y a mi especialmente, nos gusta y nos halaga. Lo cierto es que lo agradecí y me sentí muy bien.

La señora Carmen me prepara un bocadillo de tortilla de chorizo y me sirve un vaso de vino. Lo devoro con placer mientras mantengo una animada charla con Balduino y Flora. En un libro que está hojeando nos enseña Flora una fotografía de un rosetón del techo del monasterio de Silos en el que la inscripción reza: ¡Qué miras, bobo! Todos nos reímos.

La señora Carmen no quiere cobrarme nada por el bocadillo. Le doy 500 pesetas (unos 3 €) y le digo que la buena voluntad y acogida se paga con buena voluntad.

Villatuerta:  Salía de Lorca bajo una lluvia insistente caminando por la carretera general cuando un coche que pasaba tocó el claxon repetidamente. Pensé que me saludaba y respondí de forma automática con la mano. Con sorpresa vi que daba la vuelta y  paraba a mi altura en el arcén de la calzada contraria. Me desbordó la ilusión; eran mis amigos. El “tío” Alberto, Claribel, los niños y otro amigo suyo. ¡Dios, qué alegría y qué abrazos! Sorpresas y casualidades del camino. Ellos viven el Logroño. Me dijeron que iban a San Sebastián a pasar el día en la playa. ¡Con el clima tan horroroso que hacía! El tío Alberto se reía al decirlo.

Les hice un relato-telegrama de mi camino hasta el día de hoy y nos despedimos. Me dieron un paquete de magdalenas que luego me vendrían muy bien. Me fui pletórico bajo la lluvia.

El camino hasta Villatuerta fue otra vez calvario. En este caso no de sol ni de dolor sino de agua y sendas enfangadas. Había que caminar con un extraordinario cuidado para no resbalar y caer.

Al llegar al pueblo chorreaba, iba como una sopa, mientras por sus calles, muy empinadas, bajaban auténticos torrentes. Vi una puerta abierta con unas sillas de tijera. Resultó ser el Ayuntamiento, así que me senté a descansar un rato. Aproveché para que me pusieran el sello del camino.

Todavía no he comentado nada al respecto. En diferentes lugares del camino como iglesias, bares, hoteles, ayuntamientos, y otros centros, le dan al caminante un documento que es su credencial de peregrino. A mi me la dieron la primera noche en el albergue de Somport. Por lo que yo he visto las hay de diferentes formas. La mía es una hoja que se plega en forma de acordeón con una medida un poco menor que un DIN4 doblado por la mitad. En la portada una imagen del apóstol y el texto de credencial del peregrino. En la primera página un formulario para llenar con mis datos personales. El resto de hojas son un cuadro de dos columnas, cada una de las cuales están divididas en seis celdillas. Las celdas son para que, en los lugares donde el peregrino pase, descanse o duerma, le pongan un sello que acredite que ha estado allí. Todos los peregrinos las llevamos: acredita desde donde venimos y por dónde hemos pasado.

Estella: A la salida de Villatuerta oí una voz que me increpaba: ¡Peregrino! Un señor mayor me invito a entrar en su casa, me dio un vaso de un magnífico clarete y me recomendó que, en vez de seguir la flechas amarillas que marcan el camino, fuera por la carretera porque aquel estaba en muy mal estado. Le hice caso.

Por suerte dejó de llover. El día nebuloso y grisazulado creaba un ambiente muy vivo y muy fresco con el verde intenso de los campos.

En el ayuntamiento de Estella me pusieron el sello en la credencial y me recomendaron una pensión que hacía precios especiales a los peregrinos. La pensión San Andrés me dio una habitación individual muy agradable con vistas a la plaza Santiago.

Me duché, me puse bálsamo del tigre en las piernas y me tendí a descansar en la cama. Luego bajé a comprar tiritas para la ampolla del talón que, aunque ya me la había curado, todavía tenía la piel sensible y había que protegerla. También vaselina para los pies, que se me había acabado.

Mi sombrero de paja había quedado bastante maltrecho tras las lluvias de las últimas etapas. Paseando por el pueblo pasé junto a una cestería y se me ocurrió que, si encontraba uno igual, me lo compraría. La señora que me atendió, muy amable, superaba los 60 años.

–       A ver –me dijo- si encuentro uno de su tamaño.

Comenzó a revisar en dos pilas amontonadas de sombreros mientras me preguntaba:

–       Ya me imagino que usted no es andaluz. ¿Verdad?

–       No, no, señora –Le contesté- ¿Porqué?

–       Porque los andaluces tienen la cabeza pequeña, como usted. Antes, cuando venían de temporeros a trabajar el campo, no me faltaban sombreros pequeños, pero ahora…..

Me colocó tres sombreros encima del mostrador para que me los probara.

–       Es que los navarros tenemos la cabeza grande ¿Sabe?

–       Ah ¿si? – Le dije.

Me probé los tres sombreros y, efectivamente todos me venían grandes.

–       Lo siento – Le dije- pero creo que me quedo sin sombrero.

–       No se preocupe. Espero que no se haya molestado por lo de la cabeza pequeña.

–       No señora –Le contesté-. Me hubiera molestado más si hubiera sido navarro, pues me habría estado llamando cabezón.

Después de una buena siesta llamé por teléfono a Pamplona para quedar con Araceli, una amiga mía que me había dicho que saldría a verme al camino.

Apareció en la pensión sobre las seis de la tarde y estuvimos juntos hasta las diez de la noche. Fue una tarde muy agradable. Charlamos de muchas cosas y cenamos, a base de tapas y buen vino. Por cierto, me regaló una foto dedicada en la que están ella, Pilar y Ana. Las tres habían firmado en recuerdo de los días maravillosos que pasamos los cuatro el tiempo que estuvimos en Castelltersol en una estadía de yoga.

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Una respuesta a “4.9. De Puente la Reina a Estella: ¿Los navarros tienen la cabeza grande?

  1. Me encanta salir en los cuadernos de bitácora de la gente que forma parte de mi vida. Recuerdo perfectamente el encuentro, aunque ni idea del lugar ni del año, claro, él lo apuntaba todo.

    Dos cosas quería añadir a ese encuentro con Javi que sitúa en Villatuerta.

    La primera es que le vimos a distancia. Clari empezó: “Alberto, ese es…” y yo añadí inmediatamente “Javi”. Y ésto sucede dentro de un coche que iba a otra cosa, de excursión, como mínimo, a 90 km por hora. Era inconfundible. Pero, ¿qué puede hacer inconfundible a alguien en esa situación? ¿tanto nos conocemos en los detalles? ¿pero qué detalles a 90 por hora? no lo sé, pero era inconfundible.

    La segunda, es que, al despedirnos, le dije, “bueno, nos vamos que tenemos prisa”. Nos reimos, esa era la intención. Pero es cierto. Esa es la diferencia entre un viaje y otro. En los viajes que hacemos hoy, antes no era así, el tránsito al punto de llegada ha perdido todo valor y así nace la histeria por minimizar sus tiempos. Nada que ver con la no prisa del viaje en el Camino.

    Alberto

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