4.8. Regalos del Camino: de Tiebas a Puente la Reina

25/7/1996.

7ª Etapa. 6:50 h. Tiebas  – 14:15 h.  Puente la Reina

(14’4 kms.)

A las 6 de la mañana nos viene a despertar un señor del pueblo. Nos preparamos y nos ponemos en ruta. Al principio a mi rodilla le cuesta mucho moverse pero enseguida se calienta; cosa que me facilita un poco el caminar. El cielo está muy obscuro y parece que pronto empezará a llover. Es una sensación nueva después de todos estos días de calor agobiante.

Úcar: Del pueblo de Campanas al de Biurrun la senda es ascendente. De este último a Úcar el sendero va subiendo y bajando altozanos de forma suave cruzando entre trigales y pequeñas zonas verdes. El paisaje ha cambiado; ya no es tan agreste ni tan duro. No sé muy bien porqué pero pienso en Frodo, el pequeño hobbit que viajaba por los valles de “la Comarca con su vara y su morral como lo hago yo ahora. En mi imaginación “la Comarca” que Tolkien describía en sus libros era muy parecida a la que estoy recorriendo.

Al llegar a Úcar y ver el nombre del pueblo sobre unos azulejos, en la fachada de una casa, me embarga una extraña emoción. Probablemente mis antepasados fueran originarios de este pueblo. Pienso que quizás alguna de estas casas, tan antiguas y tan bien cuidadas, fuera su morada. Se me hace extraño estar aquí. ¡Tantas veces como lo he dicho cuando me han preguntado por mi apellido: hay un pueblo en Navarra que se llama así! Y, sin embargo, nunca antes había estado aquí ni siquiera había sentido la necesidad de hacerlo. Siento esto como otro de los regalos del camino.

Nuestra Señora de Eunate: Llueve de forma intermitente. El amarillo ocre de los trigales, el verde aceitunado de los grupos de arbustos salpicados aquí y allá y el cielo de un azul nebuloso hacen el paisaje mágico. A veces se producen, además, unos silencios impresionantes. El camino me lleva de sorpresa en sorpresa. Salgo del pueblo por una pista. Como en la mayoría de los pueblos, los perros atados a la entrada de Enériz me abuchean con sus ladridos.

Aunque hay que desviarse dos kilómetros y medio del camino, para acceder a la ermita de Nuestra señora de Eunate, muchas personas me han recomendado que no me la pierda.  La ermita es un precioso templo de planta octogonal construido en el siglo XII. No parece estar del todo claro por quien fue construido y hay quien apunta –aunque no parece estar demostrado- a los caballeros templarios como constructores. Dicen que es un centro donde confluyen muchas energías de la tierra. Me han dicho que en él actúan tremendas fuerzas telúricas.

También me cuentan que Eunate significa en vascuence “cien puertas” en referencia a los lugares por los que los “bien nacidos”,  los eunatos, accederían al templo.

Al entrar en la senda, que me aleja del camino y me acerca a la ermita, me doy cuenta de que estoy poniendo especial cuidado al caminar para no pisar ningún tipo de animal por pequeño que sea. No ha sido nada premeditado, simplemente lo he sentido así en el mismo momento de pisar la senda que me lleva a Eunate.

He quedado que allí me encontraría con Balduino y Flora. Mientras camino hacia Eunate voy pensando que preferiría que no estuviesen para no tener que hablar hasta después de hacer en el templo lo que pretendo.

Ya por la vereda comienzo una respiración profunda y larga; la respiración del yoga. Quiero llegar a la ermita preparado y en disposición de hacer una meditación.

La entrada al templo es mágica. Un silencio impresionante llena la bóveda, iluminada solamente por la luz que llega desde el exterior y algunos cirios que tiemblan sobre el altar.  El color grisáceo y frío de la piedra oscurece el ambiente e invita al recogimiento. El templo está vacío; no hay nadie mas que yo.

Suelto la mochila, me quito las botas, tiendo una toalla en el suelo, pongo el saco de dormir encima y me siento sobre él en postura de meditación. A lo largo de la meditación un dolor conocido se hace presente. Un punto a la altura del corazón en la parte derecha de la espalda. Es como una cápsula enquistada que esconde no sé qué emociones o miedos bloqueados. El dolor es muy intenso; como si me clavaran una aguja en ese punto. El pinchazo no me abandona mientras dura la meditación.

Al salir del templo montones de golondrinas, invisibles para mi y que supongo ocultas en un friso de la ermita, llenan el aire con sus trinos. Eunate es una ermita muy curiosa, nunca había visto nada igual. Es una torre octogonal rodeada por un claustro externo con el pavimento empedrado. Eunate significa “bien nacida” o “renacida” lo que quiere decir que en la antigüedad este templo era considerado un centro de reparación o de renacimiento.

Creo que fueron Balduino y Flora quienes me lo explicaron. En el medievo las personas peregrinaban a Nuestra Señora de Eunate porque se creía que allí las personas podían sanar de sus enfermedades. Lo único que había que hacer era dar –si no recuerdo mal me dijeron que- 100 ó 200 vueltas alrededor del templo, caminando descalzos por el claustro. Me parece claro que dicha actividad podía sanar determinadas dolencias; viendo el suelo empedrado es fácil comprender que lo que los peregrinos hacían era darse, caminando descalzos sobre las piedras, un buen masaje reflexológico.

Me voy de la ermita lleno de paz interior. Me siento muy energético y contento. La última mirada al templo desde un cerro: una cúpula de piedra con la arqueta de las campanas en medio de los campos amarillos. Lanzo un adiós  agradecido a Nuestra Señora de Eunate.

Puente la Reina: Renovado y otra vez en el camino, la senda me lleva por una larga cuesta hasta Obanos. Allí me cruzo con numerosos peregrinos. Todavía no lo sé pero, a partir de aquí, no dejaré de ir encontrando peregrinos a todo lo largo del camino: he conectado con el llamado camino francés, la ruta que viene de Roncesvalles.

Ya en Puente la Reina me dirigí directamente al albergue. Lo encontré totalmente lleno de gente y me pareció, además, muy cutre así que, sin pensármelo dos veces retrocedí unos 300 metros y me instalé en un hotel que había visto al entrar al pueblo.

El hotel era muy lujoso pero había un precio especial para peregrinos. Una vez en la habitación llené la bañera de agua, me tumbé en ella –con cuidado de mantener fuera la rodilla, todavía con el emplasto chino que me puso Balduino- y me relajé. Magnífica sensación.

Pasé la tarde sesteando y recuperando en este diario los tres días anteriores, que no había tenido ocasión de relatar. Me aseguré de que por la mañana me despertaran y me dieran el desayuno y, con esa seguridad, me acosté prontito.

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