4.6. Los deseos y las reglas del camino: de Undués de Lerda a Izco

23/7/1996.

5ª Etapa.   7:10 h. Undués de Lerda  – 21:30 h. Izco

(30’4 kms.)

Antes de salir me preparé un vaso de leche en polvo con achicoria y me comí dos galletas de las que llevaba en la mochila. Esto de ponerme a caminar sin nada en el estómago no me acaba de gustar.

El sendero cuesta abajo desemboca en una pista que transcurre entre campos amarillos. Por delante de mi caminaba una familia. El matrimonio era de mediana edad y con ellos iban sus dos hijos; uno de unos 9 años y el otro adolescente. Éste último camina unos 8 ó 10 metros retrasado y lleva puestos unos auriculares que le permiten escuchar música y aislarse de un mundo respecto del cual se siente, con toda probabilidad, incomprendido.  A todos los saludo cuando los adelanto.

Sangüesa:  Los últimos kilómetros, a la entrada de Sangüesa son por carretera y se me hacen muy pesados. Una vez en el pueblo, lo primero es almorzar: dos huevos fritos con jamón. La recomendación de Luis funciona; los huevos fritos dan mucha energía. Obviamente, primero hube de pasar por un cajero automático para recomponer mi maltrecha economía de bolsillo.

Coincido en el mismo bar con la familia que adelanté en el camino hasta aquí. Me dicen que son de Granada y que abandonan el camino porque el niño pequeño lleva ya dos días sin parar de quejarse. Me cuentan que ellos ya habían hecho, años atrás, el camino; por supuesto, sin hijos. Les da mucha pena verse obligados a dejarlo.

También están, en una mesa cercana, una pareja que llegaron a Undués la noche anterior a las 10’30 horas, ya sin luz. Parecen extranjeros; ahora nos saludamos por vez primera.

Después de almorzar me voy a correos. Pongo un giro de 3.200 pesetas (poco menos de 20 €) al albergue de Undués por los gastos que hice el día anterior y luego vacío mi mochila. Selecciono lo que -ya con la experiencia de cinco días de camino- considero imprescindible. Con el resto hago un paquete que envío a mi casa. Son 3’5 kilos de peso que quito a la mochila. Cuando me la cargo me resulta muy liviana. Ahora sí que estoy preparado, de verdad, para hacer de una manera más cómoda el camino.

Entre otras cosas prescindibles, pongo en el paquete el libro que llevaba –inocente de mi- para leer a lo largo del camino. El camino está demasiado lleno de sensaciones, de vivencias, de conversaciones, de experiencias, de dolores, y de pensamientos, entre muchas otras cosas, como para tener tiempo de buscar en los libros. A lo largo de mi vida he tenido y tendré, sin duda, ocasiones más que suficientes para deleitarme con la lectura; que es una de mis grandes pasiones. Ahora todas mis energías y mi tiempo son para el camino. Siento que, en el camino, estoy leyendo el mundo como decía Freire.

El camino va imponiendo poco a poco sus reglas y su ley, y el peregrino tiene que adaptarse si desea continuar en él. En correos me comentan que es habitual que los peregrinos se vayan descargando a medida que avanza el camino. La familia granadina, que fue quien me dio la idea, se había desecho en Jaca de 6 kilos de carga.

Otra vez en el camino. La salida de Sangüesa también es por carretera, junto a una inmensa fábrica papelera que llena el ambiente de un hedor insufrible. Cuatro largos kilómetros de asfalto bajo un sol asfixiante.

El rítmico golpeteo de la vara sobre el pavimento y el ruido desaforado de los coches que pasan me lleva a ensimismarme y comienzo a pensar en el deseo, en lo que deseamos. Deseo que se acabe la carretera; deseo beber agua; deseo descansar; deseo llegar; deseo, deseo y deseo. El deseo siempre va por delante de nosotros; nos impulsa, nos estira, nos urge con inmediateces. Nos quiere hacer correr, agotar, consumir; pasar incluso por encima de nosotros mismos. El deseo es un tirano que sólo se complace con su propia satisfacción; una satisfacción que puede no tener fin. Si nos dejamos poseer por él o no le damos lo que pide, se alimentará de nuestra propia esencia y acabará por destruirnos. El deseo y todos sus acólitos: la ambición, el ansia, la urgencia, la prisa, etc.

El camino puede enseñarnos –si queremos- a domar al deseo, a sujetarlo, a regularlo. En él los deseos pasan a un segundo término; lo primero es el camino y éste marca sus propias reglas. El deseo de beber habrá necesariamente de esperar a la fuente, al bar o a algún otro peregrino. El deseo de llegar sólo se consigue caminando, sin dejar de andar. Los deseos tienen su tiempo en el camino y será éste último quien regulará su satisfacción. Es una obviedad que esto sólo será así si previamente hemos decidido abandonarnos al camino; a las reglas que nos vaya marcando.

Casi sin darme cuenta he abandonado la carretera y he pasado por la periferia del pueblo de Liédena.

La Foz de Lumbier: Camino por una pista sobre el margen derecho del río Irati. La guía me indica que se construyó para dar paso a una línea de ferrocarril que, finalmente, no se tendió. A mi izquierda una pared rocosa comienza a insinuarse.

En el cielo sorprendo a 8 ó 10 águilas haciendo acrobacias en el aire. Me paro, sentado en una roca del camino a observar el magnífico espectáculo que ofrecen. Estoy decidido a no perderme nada del camino. Quiero vivirlo todo, quiero disfrutarlo todo. Ese es el espíritu que me posee en estos momentos.

Un poco más adelante surge, al otro lado del río otra pared de roca y me doy cuenta de que la Foz (hoz) es, en realidad, una garganta rocosa. Traqueteando sobre las piedras de la pista una chica en bicicleta me adelanta saludándome. Pienso que me hubiera gustado que se parara a charlar pero pronto me olvido de ella.

Sigo caminando y me encuentro frente a la entrada de un túnel grande y obscuro del que no se adivina el final. Suerte que la guía me había advertido. A medida que te adentras en él, la luz se va extinguiendo y, cuando la obscuridad es absoluta, la sensación de indefensión y miedo es muy grande. Con la vara proyectada hacia delante dibujas un arco que te ayude a orientarte en el espacio al mismo tiempo que te da la sensación de ahuyentar el miedo. Esta sensación dura apenas ocho pasos. El espacio que ocupa la curva que traza el túnel. Con el siguiente paso una lejana claridad te devuelve la seguridad de la luz. El túnel tiene 175 metros de longitud, lo justo para proporcionarte en su mismo centro, allí donde la luz no alcanza, unos segundos de incertidumbre.

Los 1.400 metros de la Foz constituyen un paisaje impresionante. Entre dos paredes de roca, casi cortadas a cuchillo, discurre el río Aragón. En el margen derecho, elevada a unos tres metros de altura respecto del río, está la pista plana. Tiene unos 4 ó 5 metros de amplitud y hace un ángulo recto con la pared rocosa de la Foz. En el cielo, un grupo de águilas acrobáticas están dando espectáculo. Camino extasiado sin saber donde mirar; si al río, al cielo o a las paredes rocosas.

Llegando al segundo túnel de la Foz el río hace un recodo en el que hay una poza y a la izquierda, como una especie de pequeña playa pedregosa hundida en un gran hueco que dibuja la pared.

El tiempo se ha ido poco a poco nublando. Me paro a observar la poza desde la pista preguntándome si me doy un baño. Una voz me saca de mis dudas:

–          ¿Te apetece darte un baño?–  De la boca del túnel surge la ciclista que un rato antes me había sobrepasado en el camino.

–          Me lo estaba preguntando – Le respondo.

–          Pues no te lo pienses más. –Me dice-  ¿Has comido? Podemos darnos un baño y comer juntos.

La magia del camino. Las sorpresas del camino. Pasamos un rato muy bueno. Parecía como si nos conociéramos de toda la vida. Nos bañamos. Comimos y nos volvimos a bañar, esta vez desnudos. La sensación de libertad, de comodidad y de espacio compartido me dejó pletórico. Compartimos nuestras vidas durante unas horas como si nos conociéramos desde siempre.

Luego nos vestimos, nos preparamos y estuvimos caminando un rato juntos. Totalmente recuperado por el baño le dije que me habían hablado de un refugio en Izco. Quedamos  que nos veríamos allí.

Ella siguió con su bici y yo continué a pie pero, antes de despedirnos me dejó un recuerdo escrito en mi diario:

Xavi, buen nadador y mejor conversador estuvo conmigo en la Foz de Lumbier hoy, 23.7.96, más de un par de horas de buen vivir.

Ana

Izco: Otra vez senda pedregosa entre trigales cortados.  El tiempo estaba como de tormenta, pero no acababa de romper. Eran las 6 de la tarde. Ascendí por el camino hasta Nardués Allí, una preciosa fuente y un pilón de agua me refrescaron del fuerte y abundante sudor que me cubría.

La subida al Alto de Loiti, a 2.000 metros sobre el nivel del mar,  fue más una escalada que otra cosa. Una senda “rompe-tobillos” estrechísima, muy empinada y retorcida agotó las fuerzas que me quedaban y me dejó la rodilla izquierda, ya castigada de los últimos días, muy tocada.

En el Alto de Loiti un banco de piedra, junto a un árbol seco de ramas desnudas, en una especie de parada de descanso para los automovilistas que circulan por la carretera. La carretera no se ve pero se oye. Sentado en el banco tuve la sensación, por un momento, como de estar esperando el autobús. No se porqué pero semejante tontería me pareció muy divertida en aquel momento.

Atardecía. El camino discurría por la orilla de la carretera. Al fondo, silueteada en un azul grisáceo y descolorido, la Higa de Monreal -1289 metros de altitud-. Extraño nombre para una montaña.

A pesar del cansancio y de los pasos ininterrumpidos me embargó, una vez más, la emoción del paisaje. Un sol grande con tonos rojizos descendía majestuosamente por el perfil izquierdo, irregular, de la silueta de la Higa. Muy impresionante.

En el albergue, un “hotelito de cuatro estrellas”, me dijo la recepcionista que me estaban esperando Ana la ciclista y la pareja de extranjeros que había saludado en Sangüesa.

Ritos nocturnos de limpieza, incluida la colada. Cada dos días hay que lavar la camiseta, los calcetines –que ahora son siempre finos; me deshice de los gruesos en Sangüesa- y los calzoncillos. Después, una cena compartida con una charla muy agradable y sueño.

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