4.5. El poder de la confianza: de Artieda a Undués de Lerda

22/7/1996.

4ª Etapa.          6:50 h. Artieda – 15:50 h. Undués de Lerda

(22’8 kms.)

Luis me sugirió que me pusiera calcetines finos en vez de gruesos. Lo pruebo para ver qué pasa. Pronto comprendo que, por fin, voy a olvidarme de los problemas de recalentamiento de mis pies. Hasta este momento cada hora u hora y media tenía que quitarme las botas para airear los pies. Hoy no me las he quitado ni una sola vez a todo lo largo de la etapa[1].

Camping de Ruesta: Hay una parte de la senda que transcurre en paralelo al embalse de Yesa. Es un túnel boscoso que deja a derecha e izquierda campos de cereal cortado y campos de girasoles que están, en esta época del año, en todo su esplendor. El pasadizo por el que camino, que es muy angosto, se torna, en algunos trechos, en extremo tupido y oscuro y, de tanto en tanto, abre ventanas a los campos que se hallan a los lados. La luminosidad que se cuela por ellas y los paisajes coloridos a los que dan acceso producen una impresión muy, pero que muy estimulante. Son casi tres kilómetros de túnel boscoso que me hacen realmente disfrutar.

Ruesta es un pueblo abandonado en el que hay un albergue. Al pasar junto a él me parece ver que algunas casas están en proceso de restauración. 700 metros más allá, junto al río Regal que desagua en el embalse de Yesa, hay un camping en el que me he parado a desayunar. Allí estaban los dos riojanos que, en ese momento, acababan de almorzar. Aún se han quedado un rato para charlar conmigo. Siguiendo las recomendaciones que me hizo Luis la noche anterior, me he tomado dos huevos fritos con jamón y dos coca-colas.

Me dijo que para hacer el camino se necesita mucha energía y eso es algo que obtendré abundantemente con este desayuno.

Undués de Lerda: Pleno de fuerza, después del almuerzo, he iniciado la ascensión por una pista entre pinos a una cota de 865 metros. Suerte que iba bien alimentado porque la cuesta, muy empinada, ha durado más de una hora. Una vez arriba me he tumbado a la sombra de un pino a descansar y a beber agua. He comprobado, preocupado, que sólo me quedan 1.500 pesetas (menos de 10 euros) en el bolsillo. Del todo insuficiente para llegar hasta mañana y dudo mucho que tenga alguna manera de conseguir dinero. Estoy en medio de la nada y el próximo pueblo, en el que en principio planeo comer, cenar y dormir, es demasiado pequeño para que haya un cajero o un banco. Veremos qué es lo que puedo hacer; de alguna manera tendré que resolver.

Nuevamente el camino. Desde un altozano he visto el pueblo de Undués a lo lejos, más allá de una vaguada. Al igual que en Mianos, era necesario bajar para volver a subir. La bajada, que transcurre en parte por un antigua calzada romana, ha sido bastante dura. Las rodillas han sufrido considerablemente. Prefiero, sin duda alguna, las subidas; quizás se tiene la sensación de que el cuerpo trabaja más pero lo que resulta cierto es que las articulaciones sufren menos.

He llegado al pueblo completamente calado de sudor. Estoy tan reventado que no me veo capaz de hacer 15 kilómetros más hasta el siguiente pueblo para sacar dinero de un cajero. El pañuelo de mi padre, que llevaba puesto al estilo pirata, por debajo del sombrero de paja, no podía estar más mojado.  El sol se cobra su tributo en agua.

Una vez he descargado la mochila en el albergue me he acercado al bar. Al explicarle al posadero mi situación financiera me ha dicho que no me preocupara por el dinero, que siempre podía hacerle un giro postal. Estoy impresionado. Que sucedan estas cosas en estos tiempos de desconfianza generalizada te reconcilia con la vida y con las personas. No puedo dejar de pensar que son estas acciones anónimas y desinteresadas las que forjan un futuro para la humanidad.

El propietario del bar, que también lo era del albergue, me dio de comer, de cenar y dos paquetes de tabaco. Lo único que me pidió fue que, cuando llegara a Santiago, le enviara una postal. Le respondí que, por supuesto, que de ninguna manera me iba a olvidar. La confianza y la generosidad sólo se sostienen con confianza y generosidad.

Cené con los dos chicos de Valencia con los que había coincidido en el albergue.  Por cierto, ellos eran los propietarios del cajetín con el carrete de fotos que me encontré en la primera etapa así que pude devolvérselo. Pensé que el camino da al camino lo que es del camino.

En el albergue, ritos de limpieza y de descanso. Me han ubicado en el tercer piso de un edificio de piedra con pinta de ser muy antiguo. Es una estancia sin tabiques y con una cubierta de roble restaurada del sigo XVI. Ya no se ven por nuestra geografía árboles como los que fueron utilizados para las vigas de la cubierta. Es una auténtica maravilla. En el mismo centro de la sala se levanta una pilastra de piedra en cuyo cénit unos soportes de madera aguantan cuatro inmensas vigas cónicas de roble tratado que nacen de cada uno de los cuatro ángulos de la sala. En cada uno de los lados del cuadrado que forma la sala hay, cada medio metro, otra viga de roble que se asienta sobre alguna de las cuatro vigas cónicas, que hacen de maestras. Y entre  aquellas hay unos travesaños, también de madera de roble, que forman un artesonado piramidal de color ébano que resulta ciertamente sorprendente.

El cielo de madera que contemplo al meterme en el saco de dormir es cálido y tostado. Es lo estoy pensando cuando el sueño me posee.


[1] Fue después del camino cuando comprendí la utilidad de mi error. Los tres días que pasé llevando calcetines gruesos sirvieron para dar de sí las botas nuevas impidiendo que me lastimaran de forma seria los pies.

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