4.4. Aprendiendo a no desfallecer: de Puente la Reina a Artieda

21/7/1996.

3ª Etapa.     7:10 h. Puente la Reina – 17:30 h. Artieda

(21’5 kms. más 6 km. de regalo por equivocarme en la ruta)

A pesar de que me había dicho que se levantaría a prepararme algo, el señor del hostal no ha aparecido, así que no me ha quedado otro remedio que empezar la etapa sin haber tomado nada para desayunar.

Mianos: Comienzo a caminar como cada día con alegría aunque voy con el estómago vacío. Una carreterita me lleva hacia grandes extensiones de cereal cortado, ya recogido. Sobre el amarillo de los campos se vislumbran balas de paja cilíndricas y rectangulares. Paso frente a dos granjas. Cuando la carreterita se convierte en pista, me paro junto al camino a desayunar. Pronto aparece un pastor con un inmenso rebaño de ovejas y cabras. El sonido de los esquilones llena una mañana que no es tan fresca como las anteriores.

Una vez alimentado sigo la pista entre las balas de paja y los campos de color amarillo y ocre. Me acuerdo de Van Gogh y el cuadro de su suicidio. Siento como si estuviera entrando en el cuadro. Es exactamente ese ambiente el que me está impresionando en esta mañana soleada.

Las piernas me empiezan a pesar y el calor parece ser más potente que el de otros días. En el cruce hacia el pueblo de Martes me tumbo a descansar a la sombra. Una bandada de azores evoluciona en mi espacio aéreo. Pienso que en este viaje me he tumbado ya varias veces a contemplar el paisaje. La sensación de formar parte de todo me llena cada vez que me tiendo mirando al cielo. Es como una paz interior difícil de explicar. De nuevo me invade una sensación de agradecimiento que no sé muy bien a qué o a quién dirigir.

A partir de este momento comienza el relato, en este día de camino, de lo que para mi fue una auténtica odisea. El resto de la etapa ha sido un verdadero calvario. Nuevamente pertrechado y descansado me puse a subir un sendero en rampa que me condujo a una meseta de campos de cereal. La pista, sin ninguna protección arbórea, los cortaba en una línea recta que se perdía en el horizonte. A la derecha la sierra de Orba, de un verde aceitunado, limitaba un cielo azul brillante y transparente. A la izquierda el pueblo de Martes se iba perdiendo en la distancia al ritmo de mis pasos.

El calor era abrasador y ya comenzaba a sentir la picazón del sol en la parte trasera de mis piernas. No traer protección solar ha sido un error. Se me ocurre que yo todo lo hago a lo bestia. Si no la he traído ha sido porque pensaba que al final mi piel se acabaría acostumbrando y que, en realidad, tampoco sería una molestia tan difícil de aguantar.

Aparece un barranco y el paisaje cambia como por encanto. Una vez cruzado el riachuelo que lo recorre entro en un desfiladero retorcido formado por montículos de arena o de tierra que tienen el color de la ceniza. A pesar del calor de los pies y del cansancio no puedo por menos que admirar una naturaleza tan peculiar. El contraste entre el azul del cielo, el blanco crudo de la vereda y el ceniza de los montículos apilados a ambos lados es precioso.

El segundo arrollo que me encuentro es como un dolor. He acabado el agua y no me atrevo a beber de la del riachuelo. Comienzo a sentir mi situación como difícil de aguantar durante mucho rato más. Por suerte pronto encuentro la sombra de un árbol; me descargo y me tumbo a descansar.

Alguien me dijo, no recuerdo quien, que para hacer el camino, lo mejor era llevar botas, unos calcetines gruesos y una buena capa diaria de vaselina en los pies antes de ponérmelos. Empiezo a plantearme si lo de los calcetines gruesos y las botas ha sido una buena idea.

Muerto de sed y sin agua, me como un melocotón que llevo en la mochila. Lo único que tengo son dos tomates y aún me queda una buena parte de la etapa por hacer.

El otro día hablaba de hacer trampa. Hay situaciones en las que, simplemente, tener la opción de poder hacerla representa un auténtico lujo. En la situación en que me encuentro ahora no hay trampas que valgan. Este momento tan duro no me deja opciones; sólo queda vivirlo. Estoy perdido en medio de la nada con el único recurso de las pocas fuerzas que me quedan. Lo único que puedo hacer es continuar adelante; seguir caminando como pueda.

La meseta acaba en el borde de una hondonada. A lo lejos, al frente y más alto aún de donde yo estoy se ve el pueblo de Mianos. Llevo la guía de “El país-Aguilar” que me propone dos rutas para llegar al pueblo. En ella se lee que la de la izquierda permite evitar la hondonada y acceder en ángulo recto al pueblo siguiendo la ladera del monte. Decido seguirla a pesar de que, aparentemente, lo que parece es alejarse del pueblo. Craso error que, en mi desesperación, no resuelvo enmendar hasta tres o cuatro kilómetros más adelante. Justo cuando soy consciente de que lo que aparentemente parecía, además lo era: el camino que seguía me estaba alejando del pueblo al que pretendía llegar.

Me embargaba una ira que no sabía contra qué dirigir. La impotencia me corroía y me abrumaba. Se imponía parar y calmarme ya que la “mala sangre” sólo hacía que agravar mi situación y no dejarme pensar con claridad, pero ¡¡¡ en el sitio en el que estaba ni siquiera había árboles que me protegieran del sol!!! ¡¡¡Y yo estaba hecho polvo!!!!!

Retrocedí hasta dar con un árbol, poco tupido pero árbol al fin y al cabo. Allí intenté vanamente calmar mi sed comiéndome uno de los tomates. El sol seguía “matando” y no me acababa de atrever a volverme a exponer a él. Por otra parte, las piernas me picaban y escocían cada vez más.

Vencido por la situación se imponía no derrotarme yo mismo. Así que, armándome de paciencia y de determinación, deshice mis pasos por la misma ruta que había hecho previamente. Lo que pretendía era llegar al punto de bifurcación donde había tomado la decisión incorrecta que me había llevado a equivocar la ruta.

Iba caminando con dificultades por el centro de la pista cuando, a no más de cien metros frente a mi, apareció un perro perdiguero, solo. Ambos continuamos caminando por el centro de la calzada, acercándonos uno a otro, hasta quedarnos a unos 10 metros de distancia. Allí los dos nos paramos mirándonos, como en un duelo. Yo siempre les he tenido miedo a los perros. Desde que lo vi en mi camino el miedo se impuso sobre todo y, sin embargo, seguí caminando en su dirección: asustado pero sin dejar de avanzar. Durante unos segundos los dos nos quedamos quietos y, para mi sorpresa,  el perro se metió en el campo a la derecha y me sorteó haciendo un semicírculo perfecto alrededor de mi.

Uno siempre piensa de sí mismo que es el único al que le pasan las cosas y que a nadie le suceden igual que a uno. Lo primero no es verdad; nunca lo es, aunque nos parezca lo contrario. Lo segundo sí, por la sencilla razón de que nadie puede sentir por uno lo que uno está sintiendo. En la situación que estaba viviendo era claro que el perro también estaba asustado; de hecho, más asustado que yo. Seguí caminando y al volver la vista atrás vi que el perro había vuelto otra vez a la pista y se alejaba tranquilamente dándome la espalda[1].

Una vez en el punto de bifurcación inicié, a paso de caracol, el descenso por la hondonada. Por alguna extraña razón no vi, a pesar de que tuve que pasar frente a ella, la granja de San Martín; un lugar donde, como supe después, atienden a los peregrinos.

Dispuesto a soportar cualquier cosa –la situación difícilmente podría empeorar-, inicié la ascensión de la ladera que me llevaría a Mianos. Una cuesta empinadísima de lo que me pareció más de un kilómetro de longitud; una cuesta que tenía que hacer a sol abierto, sin sombra ni protección.

En la primera casa que encontré a mi derecha pedí ayuda. Me tomé cuatro jarras seguidas de agua fresca y me llenaron la cantimplora. Me faltaban palabras de tanto agradecimiento que sentía. Sentado en la casa, por fin a la sombra, me dicen que aún me falta medio kilómetro de ascensión hasta el centro del pueblo.

Al llegar arriba me descargo y me siento a la sombra de una casa para admirar el tremendo espectáculo del valle. Es como si estuviera en un balcón frente a una vista panorámica. Sé que ya sólo me faltan 3’6 kilómetros para el final de la etapa y atrás quedan ya los sufrimientos y las penalidades del día.

Al poco aparece un señor mayor y charlamos sobre cosas del camino y de la vida; una charla que me sabe a “gloria bendita”. Renovado, inicio la última parte de mi etapa.

Artieda: Los últimos 800 metros de ascensión al pueblo son tan empinados como los de Mianos. Otra vez cocido por el sol me dispongo a subirlos de la manera más animosa posible. A mitad de la ascensión se iguala conmigo el primer peregrino con el que me encuentro y el impulso y la fuerza que trae me ayudan a coronar la cima casi sin enterarme.

Es un ingeniero de caminos, tiene 48 años y se llama Luis. Viene desde Jaca, es decir, que ha recorrido en un día, el trecho para el que yo he necesitado dos. Coincide conmigo en la dureza de este tramo y en la falta de servicios.

Más tarde aparecen dos riojanos de 39 y 43 años, de Haro, que también vienen desde Jaca. El albergue es magnífico y los cuatro disfrutamos juntos de una extraordinaria cena. Me di cuenta de que, con un día tan accidentado, me había olvidado de comer al mediodía.

En la habitación del albergue, en la que íbamos a dormir todos, me sucedió una cosa muy curiosa cuando me disponía a descargar la mochila encima de la cama que me había tocado. A la luz ocre del atardecer que entraba por la ventana, pude ver que había bastantes moscas revoloteando en el cristal. Mi primera reacción fue la de coger una camiseta y dedicarme a cargármelas a golpes. No sé muy bien porqué pero algo me retuvo y por primera vez, de manera consciente, pensé que debía intentar no matar seres vivos a lo largo de mi camino. ¿Porqué? Pues la verdad es que no tengo la menor idea pero, a partir de aquel momento, fue algo que me acompañó todo el camino.

Después de cenar nos vamos a un mirador que ofrece una vista muy bella al pantano de Yesa y tenemos una tertulia muy animada. Para acabar el día me doy cuenta que me ha salido mi primera ampolla en el talón.


[1] En aquel momento ni lo pensé ni lo supe. Ha sido después que he comprendido la fuerza de la determinación. Aquel perro supo que yo no iba a desviarme de mi camino y eso fue, probablemente, lo que hizo que fuera él el que lo hiciera.

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