4.3. Primeros dolores y paisajes: de Castiello de Jaca a Puente la Reina

20/7/1996.

2ª Etapa. 7:00 h. Castiello de Jaca – 20:30 h. Puente la Reina

(27’6 km.)

La de hoy ha sido una etapa muy dura. En el hostal me han despertado media hora más tarde de lo que les había pedido. Si antesdeayer decía que empezaba con buen pie, hoy me parece que lo he hecho con el malo.

Jaca: El camino es muy bonito. Nada más empezarlo hay que cruzar, saltando de piedra en piedra, el río Aragón. La mañana era fresquita y muy agradable. La pista transcurre por el margen izquierdo del río y continuamente puede escucharse su sonido. Al fondo se yergue la majestuosa peña Oroel, de 1.769 metros de altura –me informa la guía-. Es como la giba encorvada de un gigantesco cachalote. Su presencia domina el camino.

El canto de los pájaros; los pasos, alegres tras el descanso nocturno; la frescura de la mañana, todo invita a dar gracias a la vida por proporcionarnos esta experiencia. Casi sin darme cuenta me sorprendo agradeciendo mentalmente todo esto no sé muy bien a quién o a qué.

Al comenzar el camino todo es nuevo y diferente. Es cuando aparecen los problemas que uno –incluso sin pretenderlo- empieza a plantearse posibles vías de escape. La trampa -hacer auto-stop, en este caso o tomar un autobús- se presenta seductora, pero es un camino sin retorno. Los demás pueden olvidar o, simplemente, no enterarse; el transgresor nunca. Puedo entender la debilidad, incluso el deseo desaforado, pero nunca la trampa. Quien la comete queda degradado por el solo hecho de hacerla.

De las dos sendas que se me propone la guía en Jaca, elijo la más bonita, la que bordea la ciudad. Sin saberlo cambio alimento por belleza: me quedo sin desayunar.

Hotel Aragón: A dos kilómetros y medio de Jaca siento que ya no puedo más. Tengo que parar a descansar. Lo cierto es que si no fuera por las botas ya me habría roto varias veces los tobillos: protegen, pero dan un calor que mata. Me las quito para ventilar los pies.

Tres kilómetros más adelante dos hileras de olmos dibujan una sombra muy apetecible; es el momento de desayunar. En mi casa insistieron en que me llevara vasos de plástico, azúcar, leche en polvo, achicoria, y magdalenas que, en aquel momento, yo consideré peso inútil. Suerte que les hice caso; hoy, si no, no hubiera podido comer nada.

A la una del mediodía llego al hotel. Estoy dolorido, abrasado por el sol, sudado y prácticamente derrotado. El hotel es como un oasis. De inmediato trazo el plan: una comida abundante en hidratos de carbono y siesta a la sombra de un pino. También hay dos nogales, pero de siempre se ha dicho en los pueblos de La Rioja, de dónde soy oriundo, que es malo dormir a la sombra de  esos árboles[1] así que, sin dudarlo, opto por el pino. Luego, cuando baje un poco la fuerza del sol, continuaré el camino.

Santa Cilia: Me pongo en marcha bajo un sol todavía muy fuerte. A las 17’20 horas llego a Santa Cilia; nuevamente destrozado y sudoroso. En el bar-tienda del pueblo compro comestibles y tengo una charla muy agradable con un señor mayor. Me dice que sólo me faltan 840 kilómetros para Santiago y me sugiere que haga un paréntesis en el camino y me relaje dándome un baño en las piscinas municipales. Decido hacerle caso. No tengo ninguna prisa y de lo que no se trata, de ninguna manera, es de machacarse.

Puente la Reina: A las 19 h., bien refrescado, me pongo en camino. La ruta transcurre junto a la carretera y, en los tres últimos kilómetros, directamente por ella. Lo he sentido como una “puñalada trapera”.  Parece como si caminar por carretera me aislara del contacto con el camino; como si me separara de él.

No es lo mismo caminar por tierra que por asfalto y no me refiero solamente al hecho de tener que ir controlando que los coches que pasan no te atropellen. Es una sensación difícil de expresar: uno siente como si hubiera algo equivocado, como si fuera “contra natura”. Y es curioso porque esa no es una sensación que se experimente, por ejemplo, en las ciudades, donde prácticamente en todo momento se camina sobre asfalto. Solamente en el campo.  El hecho claro es que por carretera se camina con incomodidad y uno está pensando y deseando continuamente volver al camino, sea de tierra, de piedras, de barro o de lo que sea; todo menos asfalto.

Nunca antes lo había pensado pero es como si el asfalto rompiera el contacto de mis pies con la piel de la tierra y eso es algo que, definitivamente, me incomoda.

Por suerte, a mitad del trayecto, un coche francés que pasaba ha tocado el claxon repetidamente y me ha saludado con efusión. Era alguien que sabía lo que es y lo que significa hacer el camino. Me ha animado a continuar. Parece mentira lo que pueden conseguir los pequeños detalles; las cosas inesperadas. He seguido andando con una sonrisa en los labios y mucha alegría en el corazón.

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[1] No sé si existe alguna razón científica. Pero cuando descubrí que la parte interna del tronco es de color negro se me ocurrió que la razón bien podía ser de tipo religioso o simplemente producto de la superstición. Quizás alguien pensó en la antigüedad que era árboles que tenían el “alma negra”. Y, en consecuencia, dormir a su sombra “no podía ser bueno”.

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