4. 2. Poseído por el arte de la naturaleza: de Somport a Castiello de Jaca

19/7/1996.

1ª Etapa. 6:45 h. Somport – Castiello de Jaca 14:00 h.

(23´4 Km.)

Canfranc estación: Los 7 primeros kilómetros han sido magníficos. Un sendero estrecho y retorcido discurriendo por la vertiente de un barranco entre montañas majestuosas. La ilusión del camino, deshojada por esperas del futuro, por arcos de motivaciones y zarcillos de esperanzas. Porqués, para qués y cómos insistentes bordeando las orillas del camino.

Al llegar abajo y cruzar la carretera, pasado Candanchú, un pastor en un redil, que estaba al lado de un chalet de una planta, me ha deseado buen viaje y buen camino. Se me ha erizado la piel y es quizás el momento en que más claramente he sentido que estaba en el camino, que por fin lo había comenzado.

El sendero se ha retorcido aún más y ha continuado descendiendo en medio de un paisaje muy parecido al de las montañas suizas de Heidi.

Me he perdido dos veces antes de llegar a Canfranc estación. La primera he retrocedido un poquito y enseguida he localizado las señales; la familiar flecha amarilla que indica la dirección del Camino de Santiago y las rayas paralelas blanca y roja que identifican el camino como un Gran Recorrido (GR). La segunda, poco antes del Albergue de Santa Cristina, me ha obligado a hacer la ruta por carretera; cosa que ha sido un tanto desagradable.

Algo parecido nos sucede en la vida cuando nos equivocamos. Sentimos que no hemos elegido el camino que deberíamos haber escogido. Quizás por no estar atentos a las señales que nos avisan; por habernos distraído con otras cosas;  o por obcecarnos, por último, en nuestras propias seguridades y negarnos a ver más allá de ellas. Algunas veces recuperamos la senda con facilidad. Otras, pagamos caro el precio del error. Éste es el camino de la responsabilidad y uno debe estar preparado para aceptar las consecuencias -sean positivas o negativas- de sus propias decisiones y sus propios actos.

Vivir el camino significa sentir cada piedra, cada paisaje, cada rama y cada arbusto. Y significa, también, sentir el cuerpo que se queja al ritmo de la tierra que va pisando.

He desayunado en Canfranc estación. Había cinco personas en el bar. Nadie me ha dicho nada ni yo le he dicho nada a nadie. He salido del bar un poco abatido.

Canfranc pueblo: El trayecto hasta el pueblo ha sido, sin ninguna duda, lo mejor del día. El camino era un túnel boscoso hermosísimo. A veces senda empedrada, antigua; a veces sendero obscuro entre los árboles. Me he sentido muy emocionado. De continuo me venían imágenes de antiguos caminantes, asustados probablemente ante la temida presencia de salteadores de caminos. La umbría era propicia a la imaginación desbordada.

En la mitad del camino me he encontrado un cajetín de plástico transparente con un carrete de 36 fotos dentro. He pensado que debía ser de alguien que me precedía y que iría preguntando a los peregrinos con los que me cruzara en el camino para ver si conseguía devolverlo[1] a su dueño.

Poco antes de llegar a Canfranc un estruendo fragoroso me ha sorprendido. Pensaba que sería la carretera. Sorpresa de sorpresas: una cascada de unos 5 metros de altura; casi una cola de caballo pequeñita. El agua golpeaba las rocas con pasión y se dejaba caer en una poza. Un lugar recoleto lleno de magia y de misterio. Mis pies comenzaban a resentirse y he aprovechado para sentarme y dejarme poseer por el arte de la naturaleza. Durante unos cuantos minutos he hecho algo parecido a una meditación.(Enya. Watermark)

En Canfranc había un grupito de chicos y chicas jóvenes con mochilas. Les he preguntado, pero el carrete de fotos no era suyo. He continuado el camino sin pararme a descansar.

Villanúa: Camino pedregoso entre sol y sombra. Ha sido un trayecto muy duro. Me dolían los pies y las piernas y no quería ni pensar que aún me quedaban 7 kilómetros desde este pueblo hasta el final. El cuerpo me pedía a gritos acabar aquí la etapa.

En el pueblo me he tomado 3 botellines de agua en un bar. Luego he ido a un lugar sombrío, me he quitado las botas y me he tumbado a descansar. Comienzo a sentir los rigores del camino.

Castiello de Jaca: Creí que nunca iba a llegar. Camino polvoriento la primera parte y pedregoso la segunda. El sol me quemaba las piernas y los pies no me respondían. Dos kilómetros antes de llegar he tenido que volver a parar, quitarme las botas y tenderme en una umbría.

A unos 600 metros del pueblo la guía ofrece dos posibilidades: seguir por la carretera, llana, hasta el pueblo o por pista cuesta arriba. He elegido la segunda. El pueblo es verdaderamente magnífico, pero hay que volver a bajar por una cuesta muy larga y empinada para llegar al hostal, que está a la altura de la carretera. Es lo que me faltaba: una cuesta abajo “rompe-piernas”.

La llegada al Hostal ha sido casi dramática. Pasitos muy pequeños y calado totalmente de sudor. Me he dado una ducha y he bajado a comer. Después, he hecho una siesta de dos horas con los pies en alto, encima de dos almohadas. Estoy muy sorprendido porque, despues del descanso, me encuentro casi totalmente recuperado.

Me dije que el primer día de camino dejaría de fumar pero no lo he hecho. Parece que o todavía no es el momento o que no me siento lo suficientemente fuerte como para proponérmelo en serio. Ya veremos cómo avanza la cosa[2].

Ha llegado la noche. El día de mi cumpleaños ha pasado sin que nadie me felicitara. No lo siento. En el camino tiene, seguramente, que haber de todo. A pesar de estar solo no me siento solo. Tengo el camino: mi camino.

__________________________________________________

[1] Toda mi vida está llena de situaciones en las que me he encontrado objetos. Siempre he hecho lo mismo: los he conservado o llevado encima –en alguna ocasión, durante varias semanas- hasta conseguir localizar o encontrarme –a veces también por casualidad- a sus dueños para devolvérselos.

[2] Entonces no sabía que todavía estaría un año más fumando hasta conseguir abandonarlo del todo: una de las grandes victorias de mi vida.

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