Capítulo 3. PENSAR EN HACER EL CAMINO

Creo que sé perfectamente lo que me movió a hacer el camino de Santiago. En aquella época yo vivía sólo. Llevaba ya en esa situación varios años y había aprendido a no estar mal, aunque tampoco puede decirse que estuviera especialmente bien. La soledad es un aprendizaje; es algo que hay que aprender o, al menos, fue algo que yo tuve que aprender. Alguien dijo que estar solo es estar mal acompañado. En mi caso esto fue así al principio. Viviendo solo pasé de estar muy mal conmigo mismo a soportarme; después a aceptarme; y luego, finalmente, a convivir tranquilo conmigo mismo. Fue desde este último estado desde el que pude empezar a pensar en el futuro a partir, en exclusiva, de mi mismo y de mi concreta y particular situación en la vida.

Todas las trayectorias vitales tienen caídas, pozos, ascensiones, mesetas y montañas. La propia vida nunca es una línea plana para quien la vive. Los altibajos son consustanciales a la vida y quizá sean precisamente esas oscilaciones vitales, siempre nuevas, siempre sorpresivas e inesperadas las que nos impulsen o nos fuercen a seguir hacia delante.

A veces las caídas son sólo resbalones o deslizamientos y nos levantamos para continuar con nuestras vidas sin demasiados problemas. En otras ocasiones nuestras caídas conducen a pozos vitales que podemos percibir como insondables simas. Salir de estos últimos puede requerir grandes dosis de energía, de determinación y de paciencia. Pero todos compartimos, seamos o no conscientes de ello, el camino; el estar en un camino. Nuestras trayectorias vitales son caminos.

El problema suele venir, en la mayoría de los casos, no tanto de la propia conciencia de estar en el camino como, sobre todo, de encontrar las motivaciones o las razones que den sentido a aquella conciencia y nos proyecten hacia delante. La pregunta importante para formularnos a nosotros mismos no es tanto ¿quién soy, o porqué estoy aquí? Cuánto ¿porqué he de caminar y para qué?

Podría decirse que, en aquellos momentos, yo estaba en una meseta y más que necesitar saber hacia donde tirar lo que ansiaba eran razones para hacerlo. Más que motivos, lo que necesitaba era tener ilusiones. Me hallaba con fuerzas y con ganas de iniciar ascensiones a montañas; de asumir o enfrentar retos. El camino podía ser para mi eso, una ascensión; un cambio en mi vida; el inicio de algo nuevo; una experimentación; una aventura. Necesitaba abrirme al mundo; encontrar nuevos sentidos; aprender a mirar de manera diferente; reencantar mi existencia.

Un compañero, con el que compartía clases de yoga, me habló del camino y de cómo una experiencia como aquella podía cambiarle a uno la vida. Su relato del camino fue el click que puso en marcha la maquinaria. Lo vi claro: el camino podía ser la respuesta a mi pregunta no formulada.

No puedo ubicar exactamente en el tiempo la decisión de hacer el camino, pero es muy probable que la tomara en febrero o marzo de aquel año 1996. Lo que sí tengo claro es la determinación que sentía: ese sería mi regalo para el cambio de década. Iniciaría mi camino el día que cumpliera 40 años.

Recuerdo que, una vez decidido, tampoco pensé mucho más en ello. Era algo que deseaba, que me había propuesto hacer y que, cuando llegara el momento, haría. Tampoco le di más importancia a lo que todos sin excepción me decían: ¡¡El camino hay que prepararlo!! Lo que yo pensaba, en realidad, era que el camino había que hacerlo y eso yo ya lo tenía decidido.

Una vez acabado el camino he de confesar que siempre he sido una persona muy afortunada puesto que iniciar una aventura como aquella sin ninguna preparación es una imprudencia. Si a esto añadimos que el primer día de camino estrené el material que llevaba –incluidas las botas-, de lo que estamos hablando es ya de algo más: es de inconsciencia y de temeridad. Como he dicho, sólo puedo atribuir a mi buena fortuna el haber podido acabar el camino sin problemas físicos verdaderamente serios.

A comienzos de aquel mes de julio y después de algunas lecturas y consultas con amigos, me proveí del equipo que pensaba que iba a necesitar: unas botas; una cantimplora; una mochila; unos calcetines gruesos; tres camisetas; un jersey; unos pantalones largos con unas cremalleras que los hacían cortos; un saco de dormir; una esterilla; unas chancletas, como descansos para cuando me quitara las botas; y un chubasquero. También compré vaselina y bálsamo del tigre. La primera porque me habían dicho que era conveniente untarse bien los pies cada día antes de ponerse los calcetines. Se supone que ayuda a suavizar la fricción de la piel con el tejido del calcetín y evita la aparición de ampollas. El segundo porque, al parecer, tiene múltiples utilidades. Desde frotarse con él ligeramente en las sienes, cuando se tiene dolor de cabeza, hasta friccionar los músculos doloridos por la tensión. Me dijeron que era un útil muy versátil y así resultó ser en mi camino.

También compré una guía del camino -que después resultaría fundamental- tanto para hacer el camino sin perderse demasiado, como para saber algunas cosas de los lugares por los que iba a pasar.

Personas que habían hecho el camino que conocía, me decían que era importante llevar una vara; que resultaba una herramienta muy útil. Siempre me han gustado las varas y cuando voy a pasear por el campo o por el bosque, lo primero que hago es buscar un palo, lo más recto posible, y lo utilizo como apoyo; me hace compañía y me da seguridad. En casa tenía un par de varas que guardaba de algunos paseos por el campo. Elegí una, como de un metro de altura, que estaba muy seca y que, a pesar de estar un poco arqueada, era dura y muy ligera.

Mi idea era trasladarme desde Barcelona, donde tengo mi residencia habitual, a Logroño; pasar allí un par de días ultimando los preparativos y viajar a Somport, desde donde iniciaría el llamado Camino aragonés. La elección de esta ruta, en vez de la que comienza en Roncesvalles –el llamado Camino francés-, fue más intuitiva que pensada. Simplemente, ese era el camino que iba a hacer.

Creo que es en el viaje hacia La Rioja cuando empiezo a ser realmente consciente de lo que estoy a punto de comenzar. Y es entonces cuando me planteo cómo voy a hacer mi camino. Hoy diría que aquella fue mi preparación psicológica para el camino. Sentía que tenía que hacer un camino “limpio”. El pasado era eso: pasado y, como tal, formaba ya parte de mi historia. Eso no significaba ni renunciar a él ni olvidarlo, quería decir solamente que estaba pasado.

Mi camino iba a ser una mirada hacia delante; pero una mirada atenta, consciente y abierta. No renunciaría a nada de lo que me ofreciera el camino e intentaría vivirlo todo de la mejor manera posible. Esto significaba, así mismo, que sería respetuoso con el medio ambiente y con todo lo que me encontrara en el camino.

En Logroño añadí tres elementos significativos a mi camino. Importantes por diferentes razones: el primero por su valor sentimental; el segundo por su utilidad; y el tercero, por último, porqué, aparte de ayudarme a resolver muchos problemas prácticos, estuvo muy presente en buena parte de las cosas que hice a todo lo largo del camino.

El primero era un antiguo pañuelo que había sido de mi padre, fallecido dos años antes. Quería llevar a mi padre conmigo en el camino: llevaría el pañuelo colgado al cuello. El segundo una pequeña farmaciola con algunas cosas básicas: tiritas; aguja e hilo para las ampollas; Optalidones para el dolor de cabeza; y Almax para la acidez de estómago. El tercer elemento fue una navaja suiza multiusos que compré allí mismo, en Logroño.

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2 Respuestas a “Capítulo 3. PENSAR EN HACER EL CAMINO

  1. El leer asi por capítulos me sabe a poco

  2. ¡¡El camino hay que prepararlo!! Lo que yo pensaba, en realidad, era que el camino había que hacerlo y eso yo ya lo tenía decidido. (te lo tomaste en serio) este relato, me transporta al Señor de los anillos” otro camino.
    Xavier, hijo mio¡¡¡ plantéatelo, esto va ganando y a la vez enganchando.
    Necesito massssssssssss.

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