Capítulo 2. SOBRE LA ESCRITURA, EL PUDOR Y LAS PRESENCIAS SUTILES

Empecé el camino con la idea de registrar mis experiencias en un cuaderno. Desde el primer día me afané en la tarea de relatar las experiencias, las sensaciones y los aprendizajes que realizaba en el camino con el mayor detalle posible. Una tarea que requería de una a dos horas diarias de dedicación y que solía hacer por las tardes, una vez acabada la jornada del camino.

A menudo, sentado en un bar frente a un café, centrado en el relato escrito de mi día en el camino, peregrinos curiosos me preguntaban por lo que hacía. Peregrinos compañeros de camino como Joan, Xavi y Olga se habían interesado también y muchas veces lo habíamos comentado caminando.

  • –       La escritura es un remedio contra el olvido, -les decía-. Lo que estamos haciendo es muy especial para mi y quiero conservar un recuerdo escrito. Me gustaría poder rememorar algún día las situaciones que estoy viviendo.
    –       ¿Pero, lo vas a publicar? –Me preguntó Xavi- ¿Cuándo?
    –       La verdad es que no lo sé. Pienso y espero que algún día lo podré hacer –le respondí.

En aquel momento escribir el diario del camino, que yo titulé con el pedante rótulo de “Diario de un ser humano” era para mi un entretenimiento y pensaba también, aunque de una manera no muy precisa, que algo podría hacer con él.

Y, efectivamente, algo hice. Poco después de acabar el camino escribí un articulito pequeño que publiqué en un libro. Lo titulé Virtudes pedagógicas del Camino de Santiago. El artículo constaba de dos partes. En la primera presentaba algunas reflexiones elaboradas a partir de la vivencia del camino y en la segunda recogía, a modo de pequeñas capsulas, unos cuantos fragmentos  del diario que reforzaban o ilustraban aquellas reflexiones. La primera parte de aquel artículo, revisada, es lo que he añadido como anexo al final de este relato de mi camino.

Si me hubiera planteado publicar el diario hace 15 años, probablemente lo hubiera hecho tal y como estaba escrito en aquel momento. Hubiera intentado perfilar mejor a las personas y personajes con los que tuve la fortuna y el placer de caminar y conocer. Con los recuerdos del camino más frescos hubiera enriquecido sin duda las descripciones de los ambientes y contextos y quizás el relato hubiera ganado en profundidad.

Hoy me doy cuenta de que el tiempo ha borrado caras que ni siquiera a través de la escritura soy capaz de recuperar. Reescribiendo este diario me he vuelto a encontrar con muchas de las sensaciones y momentos que viví en aquellos días, pero también he perdido muchos rostros. Ahora me pregunto por todos ellos y me gustaría saber dónde están y qué hacen. Y, también, si el camino fue tan importante para ellos como lo fue para mi. Me gustaría saber, asimismo, si les ha quedado un recuerdo tan vivo y tan profundo del mismo como a mi.

La distancia tiene, sin embargo, otras ventajas. Nunca me hubiera atrevido a explicar algunas de las cosas que me sucedieron en el camino. Más que por miedo a nada por simple pudor. Me hubiera dado seguramente vergüenza lo que hubieran podido pensar de mi al leerlas. Algunas de ellas, no recogidas en el diario que originalmente escribí, me he atrevido ahora a incluirlas.

La edad y el tiempo han hecho que hoy tenga menos pudor del que tenía cuando escribía el diario, haciendo el camino, quince años atrás. Hubo una experiencia en especial que no consigné y que, sin embargo, ha dejado en mi una huella honda que nunca he conseguido olvidar. Los primeros meses después de hacer el camino compartí muchas anécdotas de situaciones y experiencias que tuve en el camino en tertulias y sobremesas con grupos de amigos. Algunas muy duras para mi, como la ascensión a Mianos; otras divertidas, como la de los perros en el bosque al salir de Estella; y algunas más místicas como la del templo de Eunate o los ritos de renacimiento al final del camino. Pero nunca me atreví a explicarle a nadie una de las más inquietantes y sorprendentes.

No soy capaz de situar exactamente cuál fue el cementerio en el que empezó. Sé que fue al principio del camino, en las primeras etapas. He intentado buscar entre mis recuerdos y aunque tengo la imagen del momento grabada a la perfección, no consigo ubicar con exactitud la población en la que me sucedió lo que voy a explicar. Mis cálculos más aproximados la sitúan en el primer tramo aragonés del camino, en alguna población pequeña que crucé en la cuarta o quizá quinta etapa del camino.

Sucedió pasando junto a un cementerio a las afueras de alguna población. Siempre hemos intentado mantener a nuestros muertos apartados del lugar donde habitamos los vivos; cerca de nosotros pero apartados, no sea que nuestros respectivos mundos interfieran.

Recuerdo caminar al lado de una pared alta de un color rosado. Al llegar aproximadamente a la mitad de la misma, paso frente a una reja de finas barras de hierro negro coronada por un arco de medio punto con radios también de hierro negro. Era la puerta que daba acceso a un cementerio. Ni siquiera me paré a mirar al pasar. Di una ojeada que me permitió ver diferentes pisos de nichos sobrepuestos y, sin darle más importancia, seguí caminando. Pero algo sucedió en ese momento. Sentí que estaba recibiendo alguna cosa; noté algo a mis espaldas. Fui consciente de una demanda, de una solicitud que algo o alguien me estaba haciendo.

Luego, después de haber acabado el camino, lo he recordado muchas veces pensando en porqué me pasaría eso a mi. Siempre he creído que, si lo que pienso y siento que viví y experimenté en aquel momento, lo viví y experimenté realmente fue por la actitud con la que yo hacía el camino. Quizá es una simple racionalización, pero es así como lo pienso y como lo siento. Yo hacía el camino abierto a todo, a cualquier cosa que me pudiera suceder. El ansia de abrirme a nuevos rumbos, a nuevas experiencias, a nuevas ideas y nuevas sensaciones me preparaba, justamente, para que aquellas novedades hallaran mis puertas abiertas y pudieran poseerme. Y creo que eso fue lo que sucedió.

Lo que sentí fue como una gran presencia diciéndome:

  • –       ¡Llévanos contigo! ¡Necesitamos ir contigo, llévanos, por favor! ¿Te importaría que viajáramos contigo? ¿Quieres hacerlo?

Lo normal hubiera sido o bien asustarme y apretar el paso o, simplemente, no hacer caso diciéndome a mi mismo que tenía una imaginación bastante fantasiosa. Sin embargo, no sucedió ni una cosa ni la otra. La sensación que recuerdo fue la de que la solicitud iba acompañada de una gran paz interior; de una gran calma. No sentía ningún tipo de presión o coerción y, desde luego, no sentía –cosa bastante extraña en mi – ningún miedo.

Mi respuesta fue clara y contundente:

  • –       Os llevaré, ¡Podéis venir conmigo!

Lo que sentí –no sé explicarlo de otra manera- fue como si una presencia muy sutil se posara sobre mi, sobre mi espalda. Una presencia que no pesaba, que era inmaterial, pero que yo podía sentir. Continué caminando como si no pasara nada porque, en realidad, nada había pasado.

Sin embargo, a partir de ese momento, me sorprendí a mi mismo haciendo algo no pensado, no planificado y sí, por el contrario, muy extraño. A lo largo de camino pasé por muchos cementerios. Yo he sido una persona bastante miedosa toda mi vida, incapaz de pasar junto a un cementerio sin mirar de reojo hacia atrás por encima del hombro. Lo curioso es que, desde ese momento, cada vez que pasaba junto a un cementerio me invadía una sensación de familiaridad y esa sensación me llevaba a pensar, a sentir y a proyectar:

  • –       Sigo el camino. Si queréis venir conmigo puedo llevaros.

No en todos los cementerios recibía respuesta. En muchos no sucedía nada, pero había otros en que la sensación que había experimentado en el primero se repetía. Nunca lo hizo con tanta fuerza y con tanta intensidad como en aquel, pero siempre percibía, de una manera más o menos sutil, que se añadían presencias, que se subían a mi espalda y viajaban conmigo.

Seguramente todo hubiera podido quedar como algo demasiado sutil o inexplicable como para prestarle atención. Quizás incluso me hubiera olvidado de esas sensaciones o, con el paso de los años, hubiese podido llegar a pensar que todo habían sido imaginaciones mías. Pero en los últimos días del camino me volví a ver enfrentado y nuevamente de una manera muy real, a esa situación. Lo que me ocurrió me convenció de que mis sensaciones fueron reales en todo momento.  No sé ni porqué ni cómo sucedió, pero lo que me ocurrió fue real o, al menos, yo así lo sentí y lo percibí.

Si no hubiera decidido escribir este libro ahora, quince años después, esta experiencia nunca hubiera visto la luz porque nunca me hubiera atrevido a explicarla. Pero, como digo, he perdido el pudor y no me importa explicar lo que viví o lo que sentí que viví. Para decidirme a contar esta historia ha sido clave el hecho de tener que escribir y revivir las últimas etapas del camino, las que no recogí en mi diario mientras lo hacía. Eso me ha llevado a volver a pensar en lo que viví y a volver a sentir las sensaciones que experimenté.

Fue el mismo camino, la dinámica de la vida en el camino la que me hizo dejar de escribir el diario en la etapa 28. Y aunque eso fue lo que sucedió y no sirve, por lo tanto, lamentarse, siempre me penó no haber recogido por escrito aquellos últimos días. También a eso busca dar respuesta este libro.

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Una respuesta a “Capítulo 2. SOBRE LA ESCRITURA, EL PUDOR Y LAS PRESENCIAS SUTILES

  1. Esto promete pero me quedo con ganas de seguir leyendo mas…

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