Capítulo 1. CUANDO EL CAMINO QUEDA LEJOS

Han pasado 15 años desde que hice el camino de Santiago. Recorrí 1.000 kilómetros andando a lo largo de cuarenta días seguidos. La verdad es que dicho así parece algo difícilmente imaginable: ¿Cómo es posible hacer mil kilómetros caminando? La distancia resulta demasiado grande para lo pequeño que es cada paso. Y, sin embargo, los hice. Paso a paso, kilómetro a kilómetro desgrané el tiempo y el espacio para construir y cumplir un sueño: el de llegar hasta el fin de la tierra; hasta Finisterre.

Hice el camino, pero no puedo decir que lo acabara al llegar al océano Atlántico. Hoy, quince años después, me sigo sintiendo en el camino. Uno siempre está, sea consciente o no de ello, en el camino. Si miro hacia atrás, a mi pasado; si busco momentos importantes, hitos que marcar en mi vida, el Camino es, sin la menor duda, uno de ellos.

En realidad, no sé si puedo decir que ser peregrino en el camino de Santiago me cambió; que modificó, de alguna manera, mi forma de ser o de estar en la vida. Si efectivamente lo hizo, soy incapaz de decir, exactamente, de qué manera y en qué forma. Pero de lo que sí estoy seguro es de que algo muy importante me sucedió en aquellos días y en aquellas horas de caminar y caminar. Y, también, que lo que soy hoy y la forma que tengo de enfocar la vida tienen, probablemente, mucho que ver con las experiencias que viví en aquellos días de camino.

Durante varios años, después de haber hecho el camino, soñaba, a menudo -de una manera muy vívida- que volvía a levantarme por la mañana, solo, silencioso en el albergue. Con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertar a los demás peregrinos, recogía mis cosas y salía al fresco de la mañana. Fue una sensación que experimenté cuarenta días seguidos. Cuarenta amaneceres distintos en cuarenta lugares diferentes. Cuarenta momentos plagados de olores, de luces, de colores y de sensaciones experimentadas con una intensidad y un placer difícilmente explicables.

Aquella luna blanca y redonda, perfecta en el azul de la madrugada y el amarillo oscuro de los campos de trigo recogido. Iniciaba la etapa que me llevaría a Belorado; un lugar con un nombre precioso del que nunca hubiera sabido de no ser por el camino. Atrás quedaban, durmiendo en el albergue, los compañeros de viaje que hice el día anterior. Seguramente se extrañarían de que yo hubiera partido solo, sin ellos, después de una tarde y una cena tan intensamente compartidas; de que no los hubiera esperado para continuar juntos. Pero no importaba. Más tarde nos volveríamos a encontrar y de nuevo podríamos compartir. El Camino está lleno de encuentros, de pérdidas y de reencuentros.

Aquel era mi camino, mi elección, mis pies, mis pasos y esa sensación tremenda de estar abierto al mundo y al destino. De aquellos días me han quedado grabadas muchas situaciones, sentimientos y sensaciones. Más que momentos concretos del camino conservo retazos de estados de ánimo, hebras de impresiones y sentimientos; perlas de la memoria que atesoro con cariño y con cuidado.

Hice el camino de Santiago en el verano del año 1996. Mi camino fue un camino del siglo pasado, de un milenio ya acabado. Pero el camino se mantiene, a pesar de todo, más allá de los siglos y ahora también de los milenios. El camino que yo hice y del que voy a hablar en este libro tiene seguramente muy poco que ver con las maneras de hacerlo en la actualidad. Sin embargo, a pesar de los cambios que el tiempo ha procurado, estoy seguro de que el camino sigue siendo una experiencia única y singular para buena parte de las personas que deciden hacerlo.

A través de Internet he podido comprobar la cantidad y diversidad de informaciones que existen sobre el camino y sobre cómo hacerlo. Montones de páginas web que informan acerca de las distintas etapas y de las formas de prepararse para el peregrinaje. He navegado por numerosos blogs y redes sociales en los que se discute acerca del camino o en los que se explica cómo se desarrolla el día a día del peregrino.

He podido ver, también, la cantidad de servicios que empresarios avezados ofrecen a las personas que desean hacer un camino cómodo y sin demasiados esfuerzos. Hay empresas, por ejemplo, que llevan “la carga” –la mochila- del peregrino de etapa a etapa para que este pueda hacer el recorrido sin pesos. En un mundo tan mercantilizado como el que vivimos existen servicios y propuestas, -eso sí, de pago- para cualquier tipo de necesidad y el camino no es una excepción. El camino, como la vida, está lleno de situaciones de necesidad o de momentos que pueden ser percibidos como tales por el caminante. Tener a mano la posibilidad de darles respuesta de manera fácil es, sin duda, una opción a la hora de hacer el camino.

Se podría decir que, en los últimos años, el camino se ha “urbanizado”. La ingente afluencia de peregrinos ha hecho aparecer nuevos albergues e, incluso, ha normalizado, por así decirlo, trayectos concretos que la ortodoxia católica había intentado mantener al margen del Camino “oficial”: el camino religioso. El Camino, con mayúsculas, tenía que ser el religioso y el pagano, aún siendo un camino anterior en el tiempo y en la historia, o no existía o no contaba. Me refiero, sobre todo, al trayecto de Santiago a Finisterre. Hoy dicho trayecto está marcado con las familiares flechas amarillas; cosa que no sucedía cuando yo lo hice. Hace quince años, aquella parte del camino no estaba urbanizada; lo que significa que carecía de servicios  y que había que hacerla interpretando los mapas o preguntando a los aldeanos.

Una visión actualizada del camino, en las nuevas sociedades líquidas y reticulares en las que nos afanamos por aprender a vivir de la manera más digna posible, lo describiría como una red sociocultural multinodal. El camino como red de redes en la que los albergues y los hospitales son nodos y los hospitaleros, los libros de los albergues, las redes sociales electrónicas sobre el camino y los propios peregrinos y peregrinas ejercen de conectores.  Esto es algo de lo que he sido consciente al revisar el diario que escribí cuando hacía el camino. El camino es un crisol en el que los peregrinos ponen en juego y en relación sus respectivas culturas. El camino es una red en la que los peregrinos tejemos el día a día con nuestros encuentros y desencuentros. La materia prima de esa red son las emociones y una humanidad que nos desborda.

No me cabe duda, por último, que los teléfonos móviles, el Google maps, los GPS y la realidad aumentada pueden ser de una ayuda inestimable para no perderse durante las etapas, para disponer de más información sobre los lugares por los que se transita o, simplemente, para no estar desconectado de los amigos, de la familia o incluso del trabajo.

Parece evidente que el camino no se hace hoy como lo hice yo quince años atrás. ¿Por qué entonces un libro como este en el que se habla de una manera de hacer el camino que quizá ya no se corresponda demasiado con las maneras de hacer el camino en la actualidad?

La respuesta me parece obvia. Porque el camino sigue siendo el camino más allá de las condiciones específicas en las que cada peregrino lo realice. De la misma manera que la vida sigue siendo la vida o una persona sigue siendo una persona más allá de las condiciones concretas en las que una u otra puedan darse o encontrarse.

Todos los caminos valen, al igual que todas las personas o las vidas. Y no se puede decir que haya una manera mejor de hacerlos o de vivirlos. Los contextos y las formas que asumen nos pueden ayudar a explicarlas o a comprenderlas pero aquellos -el camino, la vida, las personas- tienen valor en sí mismos y por sí mismos. Por eso me he decidido a escribir este libro cuando mi camino queda ya tan lejos. Porque a pesar de la distancia y de la lejanía sigo estando y viviendo en el camino.

Quizá deba también explicarme para ayudar a contextualizar mi camino y entender porqué lo viví y experimenté como lo hice. Soy un profesor universitario de Pedagogía Social lo que, en síntesis, quiere decir que creo que todo en la vida es o puede ser objeto de aprendizaje; todo se puede aprender y todo está por aprender. Soy pragmático y esto significa que creo y sostengo que todos los aprendizajes se vehiculan a través de las propias experiencias y que, de la intensidad con que  dichas experiencias nos impactan, se deriva el grado de significación que adquieren dichos aprendizajes para nosotros. Las experiencias son el resultado de nuestra interacción con los ambientes físicos y socioculturales en los que nos hallamos inmersos. Desde mi punto de vista, una experiencia es una interacción situada en un contexto sociocultural, sea físico o virtual, en el que hay objetos o personas.

El camino fue para mi una experiencia singular y un aprendizaje constante, por eso me parecía necesario e interesante acabar este relato con una reflexión sobre los aprendizajes que a lo largo del camino me resultaron más enriquecedores e interesantes (el anexo al final del relato de mi viaje).

Creo que la experiencia del camino muestra –quizás mejor que otras experiencias o vivencias-que el aprendizaje es una dimensión continua en la que se mezclan, de manera difícilmente separable lo físico, lo poético, lo mágico, lo cognitivo, lo procedimental, lo sentimental, lo corporal, lo espiritual, lo sexual y todo el extenso abanico de dimensiones de la existencia humana que la ciencia y los científicos se han empeñado en distinguir y diferenciar con la simple e inocente idea de que para comprender hay que separar y diferenciar.

Al final, como pensaba cuando decidí escribirlo, el diario me ha permitido revivir el camino que hice ahora hace ya tantos años. He recordado y revivido sensaciones, personas y momentos. No siento nostalgia. Aquel viaje se acabó y mi camino continuó y continua todavía. Me siento afortunado por haber podido realizarlo.

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2 Respuestas a “Capítulo 1. CUANDO EL CAMINO QUEDA LEJOS

  1. Xavier acabo de descubrir el teu llibre! l’aniré llegint segurament, ja que segurament em farà recordar el meu Camino. De totes maneres, una de les coses que vaig aprendre és que el Camino no s’acaba a l’Atlàntic com bé dius… el Camino es la vida.

    Felicitats per la iniciativa!
    Toni

  2. Me alegro tanto que nuestros caminos se hayan cruzado. Y más aún, que se sigan encontrando. Gracias, gracias, gracias!

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